jueves, 27 de mayo de 2010

Poetas de las miserias (entrega #7)


Antes y después de la partida

1

Estoy en la oficina. Por necesidad vine a la mesa de siempre para vernos reír de amor. La gente aquí anda desentendida, como sin verme. No doy ni la más mínima presencia. Estoy ausente. Estoy cubierto por la invisibilidad de los fenómenos visuales. El mozo ha preguntado por ti, dice que cuando vendrás a sentarte a tomar café, hace mucho que no vienes. No respondo. Es mejor callar aunque a uno le sobra de golpe decir a un desconocido lo perturbable, sí, decirle a gritos que embriagarse no justifica la ausencia. Muero a veces por contarle a alguien de nosotros, pero no me atrevo, sé que si te enteras de las cosas se pondrán peor y por eso callo. Callar duele, duele indeciblemente. Las pilseners burbujean la imagen de cómo agarras la jarra y te la llevas a la boca, hago lo mismo. Varío cuando el tipo viene y cuenta traer una jarra para ti. Grito que no espero a nadie. Tú estás muy distante, a escasos kilómetros convirtiéndose en distancias de constelaciones, le digo pero no entiende absolutamente la metáfora. Sonríe y también sonrió para seguirle. Entramos en una especie de casino sin luces, allá, al fondo, entreveo una máquina tragamonedas y nos confabulamos. Meto el cambio de las doce y como los electrodos, las bujías y a cada jugada sale tu rostro de árabe, decidida a consumar cualquier desgracia. Pero quizá el sueño anda por la espuma de la jarra derramándose. Salgo de la oficina y el sol de la tarde es el de la una, casi me deja ciego. Camino las calles nuestras aunque nos imaginemos que mañana ya no lo serán pero son nuestras calles a pesar del desconcierto del futuro, eso es lo de menos. Alguien llama, es a mí, el mozo ha corrido para darme alcance, no pagué la cuenta por nosotros.


2

Si incomodo es por grotesco y apático. Sabes, he estado durmiendo bien, no tengo insomnios desde que te vi el viernes, pero a base de barbitúricos. Hay algo extraño o un tono de preocupación, sueño lo terrible y lo arrítmico y esto lo transformo en nubes verdes. Acaso tú no has sentido que algo te engulle sin vomitarte. A mí por ejemplo me pasa todo el tiempo, y con reiteración, cada vez que voy a los cafés a despejarme del tumulto de las luces. Cuando subo a un transporte a veces me coge con imitar a un mono o a un lagarto tomando el sol en invierno. Esto me fascina, las gente murmuran que la locura me ha entrado, claro, el temor es espeluznante, creen que soy un mendigo sin la menor importancia. No, estos actos se los debo a la magnifica sugestión de mi corazón enfermo, de mi patética formación de poeta. Ayer vi de lejos el cementerio, sufrí inimaginablemente, y no es que le tenga temor a la muerte, no (negar duele como un golpe bajo), sino que pude vislumbrarte metida en un féretro azul, riendo por mis costumbres de ingenio malsano.


3

Cuánto extraño a Azul en su desdoblamiento de perra y gato. Ella corría de un lado para otro y sus juegos me alentaban a continuar las disertaciones del amor. Y esas disertaciones ahora preguntan el por qué de los maleables juramentos y transparencias convenidas en la rabia. Debimos convencer a los fantasmas en las corridas de este animal de sueño para no perder ni un momento. Tengo la horrible experiencia de los destinados a acabarse en un santiamén, por los proyectos y las formas, por la publicidad en las revistas electrónicas e impresa en papel periódico. Esto queda sostenido en el examen de los duendes y sus sangres. La verdad es que ningún libro puede calmar mi desasosiego ahora que la vida distorsiona la aspiración de seguir el viaje. Es la peregrinación de vida. Ya la muerte aburre y me despojé de ella. No pretendo matarme, maldigo esos ratos que pensé asesinar mi vida por miserias, por lo poco que he aprendido en esta sombría distancia de luces enfermas. En indiscutibles ocasiones veo a la perra ladrar por otros canes cuando en las calles van con sus acompañantes, alegres, y creo ser ese señor o la señora paseando a su Azul nuestra. Pero ya no importa, es otra vaina la que me sumerge por las cloacas de esta ciudad indefinida. Una a una las imágenes de los desconciertos van minándome los sesos. He entendido que no se puede viajar con el sueño de otra persona, que realmente debo seguir la travesía con mis propias fabulaciones y utopías.


4

Los versos de las obras adjuntas van dirigidos a nadie. A nadie porque nadie esta conmigo al formular cada preposición en nombre del océano que separa el duelo. La bandera yace a media asta, el torbellino ondea por el ADN de los monstruos dirigidos a los mendigos embriagados por el río o los monumentos, los soportes de un Pont des Arts o una Calle San Luis privada de la presencia nuestra conmemoran el natalicio de las creaciones injustas. El malestar dicta escribir debajo del agua, por arriba del agua y sus locomociones de canales infectos de mierda y seres injustamente sacrificados en nombre de la libertad y los derechos. Qué va, no hay cornisas que me amparen durante las lluvias ni en invierno, salvo el verano que muere en latitudes adversas a las vidrieras. Tiento el digital fonema de contornos lamiendo con su lengua de cocodrilo dandi el flujo innecesario de la voz colada. Qué pobre somos de pensamiento. Viste el estruendo de las felicitaciones, parecían juegos de infantes mordisqueando sus golosinas. Si extraño no es por nostalgia, sino por costumbre. Aquí la nostalgia se cobra con creces, nada más hay que ver a la gente en las plazas y los bulevares, andan perdidas, ajenas a todo. Vi hace un rato a una argelina o nigeriana experimentando ser una paloma, lo describo porque estaba arrullada en un banco, y lagrimaba. Y no sólo esta mujer siente nostalgia por su tierra, hay muchos que cuando les llega la extrañeza le parte el alma. A mí, no lo creo, puedo hacer una descripción de mis posesiones. Creo sentarme junto a esta mujer y llorar por horas, ver como la costumbre de allá se aleja convirtiendo mis rutinas idénticas a las palomas, es decir, me coge con fumar cigarrillos uno tras otro sin el menor cuidado. Creo repetirme entonces junto a las evocaciones de lugar, mirando las barcas atracando en los muelles inventados por la civilización. Nada resta, sólo tenemos las manos para esculpir las aspas de los fuelles o la respiración de un monolito enterrado en la desembocadura del río.


5

Conocí a Marguerite en un restaurante o tal vez en un bar, no sé, no recuerdo con exactitud, pero el nombre indicaba ser un comedero; y eso, había pensado asistir a un recitar de poesía. Cuando revisé mis bolsillos noté que había perdido la dirección del lugar y como estaba vestido para ir a algún lado, me dije que no perdía nada subir a un autobús y encontrar un espacio donde pasarla bien. Llegué a ese restaurante especie de bar. El lugar se encontraba abarrotado, era muy estrecho para albergar a tantas personas. Había como una especie de banda local interpretando canciones de rock. Marguerite estaba saltando junto a un grupo de jóvenes durante algunas de las canciones. Después de beber algunas cervezas me acerqué a ella porque, como siempre, —con sinceridad no entiendo— veo las luces de los otros, o intuyo esa energía vital que me atosiga el alma y prende en mí la parvedad de conocer los misterios de esa persona. Así que, sin perder la confianza, le hablé a gritos. Todo resultaba ser en lentos movimientos, aunque la sucesión del tiempo y el espacio continuaban su curso agitado, volteó su rostro áfrica, pero no puso el mayor asombro por mi atrevimiento. Seguía brincando, el sudor le chorreaba por su cuello de gacela, le grité de nuevo, no escuchó y agarré uno de sus hombros para sacarla del éxtasis. Dejó de saltar por un rato y dijo con acento extraño que qué diablos me pasaba. Dije querer conocerla y que en otra vida anterior a estas nosotros éramos lo que éramos: la unidad, un solo ser. Pero no quiso atender a mi llamado. Esperé la clausura del concierto en un rincón del recinto sin perderla de vista. Salí a empellones y la vi alejarse con sus amigos. Voceaba con respeto al grupo. Los vi charlar y esa lectura me dio a entender que era sobre mí. Cuando llegué uno de los hombres salió a mi encuentro, dije que sólo quería conocer a Marguerite y el tipo se echó a reír. Esto me irritó un poco, pero ahí quedó todo. Sonreía en brevedad y esto me calma todavía. Solo su risa calma mis rabias.

Sus acompañantes aceptaron mi presencia. Permanecí buen rato hablándole de mi extraña procedencia, de mis visiones, de lo que veía en ella. Me dijo que hacía tiempo que deseaba conocer a un tipo como yo. No le creí en el acto. Solo le facilité datos mínimos sobre mi vida. No cometería el mismo desliz de mi juventud a medias. Porque cuando conocía a una mujer le contaba los detalles más íntimos de mi desgraciada vida. Me fui con ellos a un café donde había un señor valetudinario comentando cosas anómalas, disparates que luego pude implementar en mí para arrancarme de mi tumefacto corazón a Gina., bueno, a ti misma. Has oído hablar de un tal Alejandro Jodorowsky, sí, el mismo que viste y calza, con su rostro de patriarca, con la energía exuberante saliéndosele por la vista, por las palabras. Cada mes iba con Marguerite y uno que otra de sus amigas a verlo y a oír sus disparates de viejo tótem, formulando historias que según él debíamos ejecutar como actos poéticos para liberarnos de lo que nos ataba, para liberarnos de nuestros miedos. Estas terapias de café, como ya dije, sirvieron para muchas cosas. No aguanté la curiosidad e hice cita con Jodorowsky en su casa para que me sanara el alma e implementara eso en mí, de lo que todos decían en el café, los actos de psicomagia. La duda de todo ello fue que tuve, así lo exigió, que contarle acerca de mi familia, de ti, de mis amigos, hacer una genealogía y ya ves el resultado.

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