miércoles, 9 de junio de 2010

Poetas de las miserias (entrega #9)

Abnegaciones

Fragmentaciones en acuarela


1

Ayer recibí el telegrama. Había fallecido a la una de la madrugada, en septiembre, un viejo y añorado amigo de la infancia, el que veía desde siempre sumergido en su ancianidad, con sus hendiduras en el rostro, lleno de tiempo inmemorables, con sus historias de trovador incansable, décimas que cantaba con júbilo, con pasión y la más grata sensación de reír por sus travesuras de muchacho grande cuando jugábamos a las canicas. Cuando residía con mis padres el viejito nos visitaba y decía que casi estaba entrando en su siglo de edad, que no duraría mucho para ver mis obras publicadas. Con uno de mis textos gané un premio en poesía y allí plasmaría varias de mis aficiones a ritmo de versos en prosa. Uno que otro día se los leí con grandes expectativas y lo vi llorar al pobre viejo de emociones, también lloraría la inevitable noticia de su muerte. Aquellas sensaciones que invadían su corazón casi sin latidos florecían en sus ojos medio apagados, lagrimaba sus amores y sus no pertenencias, silente con humildad, quizá diciéndome, mira, puedo llorar pese a mi enfermedad, a pesar de la pobreza, de los límites que nos marcan de un lado o de otro para enfrentar las vicisitudes de la vida. No sé si aprendí lo de poeta con esta persona. A cada momento lo escuchaba hablar en rimas, con leyendas de ciguapas, brujas, galipotes y zánganos, con los luaces y las hunsis ofreciendo sangre de gallina negra, sacrificio de aves cuervos para llorarse en su tumba vendida a los hechiceros vudús, para vomitar la oscuridad en su estado de iluminación. Mamá dice que lo mató una botella compuesta con raíces medicinales, legado nuestro dejado por los aborígenes que poblaron la isla, que había adquirido con un brujo. Yo digo que era su tiempo, a la gente le llega aunque se afane en durar y prepararse de antemano para sobrevivir los embates climatológicos. El informe lo recibiría cuando estaba jugando con Azul, manía que me ha quedado por observar al viejo jugando con la gata de mi madre, acostado en mi cama con un libro en una de mis manos, tratando de concentrar la lectura, pero Azul llegó runruneando, maullando, y tuve que extender la mano desocupada al borde del lecho, acariciar su pelaje egipcio y él daba volteretas en la alfombra, plegando sus orejas hacia tras, lanzándome zarpazos y mordisqueándome el dorso y los dedos a modo de ternuras. Cuando cogí el teléfono, y oí la voz de mi madre dejé de mover mi mano, el libro cayó al piso y Azul salió huyendo para esconderse tras el armario. Siempre el viejo fue un niño sombrío, silencioso al cumplir el verdadero anhelo de sus últimas. Una vez me invitó junto a un grupo de niños a buscar mangos a la orilla del río, pero como las frutas se encontraban en un terreno custodiado por un señor llamado María el prieto, teníamos que llevar, siempre que íbamos a esa finca, ofrendas que consistían en café, azúcar y cigarros de andullo. Estaba en la copa de uno de esos árboles y sin saber me desprendí porque había pisado una rama seca. Al caer de aquella altura veía en retrospectiva cada sección de las ramas, de todo los tamaños, sentía con mi delgado cuerpo rompía también a aquellas escuálidas que se hallaban en la trayectoria de mi caída, menos las de gran grosor, y esas ramas gruesas con las finas amortiguaron mi peso para ser más soportable al contacto con el suelo arenario. El viejo se asustó bastante para tirar un grito de desesperación, no tardó ni un minuto cuando ya estaba a mi lado, mirándome con sus pequeñas retinas claras, con temblor en sus labios finos, deseando articular algún sonido de auxilio o de ayuda. No podía levantarme, el dolor era insoportable en uno de mis brazos, y más con los raspones en todo mi cuerpo que se iban formando en lagunas de sangre. Tardé cerca de unos cuatro meses en sanar mis heridas, el viejo siempre me visitaba risueño y afable, llevaba dulces de leche de cabra, pan dulce y refresco de bejuco indio. Me acariciaba el pelo y entonces le obligaba a que me contara una fábula de cuando vivió en los tiempos de la tiranía. Lo de la obligación era porque él se negaba a hacerlo, pero yo con mi terquedad y mis rabietas de niño consentido le hacía ceder su obstinación de viejo cascarrabias. Ahora que lo pienso, el viejo siempre se hacía de rogar cada vez que le pedía que me contara una leyenda para darle más veracidad al hecho que contaba. A lo mejor estas imágenes van danzando en su muerte de decimero, en su maldita muerte de hombre sin nada, en su muerte al lagrimar el poema de las canicas y los retratos a blanco y negro de toda una familia, de las verdolagas tristes llevadas a su amada en su tiempo de joven aventurero (el era eso, un aventurero de lo imaginario), en los hijos dejados sin reconocer en las madrugadas y en los patios de los vecinos. El viejo murió sin nadie, solo en el hospital, hinchado e inmenso por las raíces medicinales, cubierto por la nada, un sin sentido malogrado en la especie humana porque aparentamos ser llenos de cosas y al final no nos queda absolutamente nada, sólo el vacío de no saber para dónde diablos nos dirigimos. Quisiera verlo por esta vez, pero la distancia hace hueco, hace de este fastidioso sabor de ausencia la pesadez de no poder verlo metido en el féretro vinoso o grisáceo, y el sentimentalismo se mezcla con otra cosa distinta, porque por un extremo de mi apretado corazón hay una leve alegría de no ver su rostro de viejo dormido siempre. Es mejor así, quizás menos sufriré su defunción de chivo, cerdo y vecero. Pese al signo de aventura que llevaba en su frente, también era un asesino nato, cargaba a su cintura un puñal de acero a doble filo, con empuñadura de colores y el puñal aparentaba ser una cruz plateada olvidada por las inquisiciones y los templarios. En todo el pueblo lo llamaban a matar los animales que adornarían las mesas en las fiestas navideñas o en los velatorios de algún fenecido. Las veces que lo vi atravesarle el corazón a los cerdos y a los chivos que criaban en mi casa, lo hacía por una rendija de las habitaciones que daban al patio, tapaba mis oídos, no toleraba escuchar los gritos de muerte de los sacrificadas bestias, después el siempre viejo enganchaba, ayudado por mi padre, mi hermano mayor y otros tipos que venían a ver el sacrificio y la ágil destreza del viejo al apuñalar el pecho de los animales, al cuerpo sin vida y procedía a quitar el cuero, a raspar con agua hirviente los gruesos pelos de los puercos, luego colocaba una ponchera debajo antes de abrirle el vientre para retener la sangre casi negra, la tripas y otros órganos vitales del interior. Era hermoso observar como caían todos estos componentes destilando aún el vapor de la vida, como el viejo sin repugnancias agarraba los miembros con sus manos repletas de sangre caliente que poco a poco se iría enfriando, coagulándose. Aún me pregunto cómo diantre él se espantaba de un pronto al contacto de un objeto en sus costados. Aún retengo los momentos cuando alguien lo punzaba, y era sabido que al viejo no se le podía topar por ahí, el espanto profería ser horrible y no había quien se detuviera después de cometer el hecho porque el viejo sacaba su plateado puñal, corría tras el individuo un tramo largo de camino, quizá para asustar al molestoso o lanzaba con gran ímpetu lo que llevara en la mano, por eso nadie se quedaba cerca al momento de realizar el hecho. Aquello era de risas, ver como corrían uno delante y otro detrás, pero lo ejecutaba en serio, no como creía la gente que sólo era un juego de muchachos locos por perder las cabezas. Nunca le dio alcance a nadie, decía a gritos que si atrapaba a alguien lo asesinaría como a un perro. Y como le había dado varias trompadas a los tipos que se aventuraban a punzarle de muy cerca, otros inventaron puncharlo con un palo de varios metros por temor. Ahora quién podrá molestar su quietud de santo, nadie mirará sus grandes orejas de Buda, su blanco pelo chorreado en su frente estriada, su amplia risa de infante cómico con sus decimas perdidas por los vientos, nadie verá su encorvado cuerpo después de reír por los mitos y los sueños a medio existir. Decía a manera de chanza, mira Aparicio, yo he luchado por mis pesadillas, por las utopías o sueños locos de juventud. Nunca sueñes, muchacho, eso es cosa de grandes necios, soñar no es cosa buena, pero si algún día quisieras soñar con tus sueños no sueñes con lo imposible, sueña con tu realidad circundante, es eso que tenemos que hacer y entonces veremos por fin los sueños cumplirse en verdades.


2

Mi amo está muy triste, no ha querido probar alimento. La muerte del domingo lo va sumergiendo en sustancias no conocidas por mi amo. Aun sigo preguntándome el por qué Azul y no Patricio. Si fuera Patricio estaría más convencido del nombre y no de Azul. Nada me relaciona con ese nombre de pintura o una obra plástica destinada a adornar un rincón del apartamento o el Louvre. Mi amo sólo toma café y se larga unos que otros cigarros importados de Cuba, dice que le calman, digo, lo oigo, se lo menciona a su mujercita de pelo extraño, que a mí no me cae muy bien la gorda esa. Ahora se dirige al baño, a hacer qué, debería ser como yo, me aplasto donde se me antoja para defecar y aliviar el estomago y que la gorda de su concubina las recoja con guantes y detergentes. La muy extraña de pelo enredado se da la de muy limpia, dice que yo tengo que hacer mis cosas fuera del apartamento, mi amo no le hace caso, sino que, se ríe y la abraza. A veces cuando mi amo actúa de esta manera siento hundirme y deseo morderlo, porque ya no me da caricias ni me deja estar en su cama acorchada después que llegó esa mujer con su aparato mágico. Me dice, como si yo entendiera, pero comprendo, que me vaya al sillón de la sala, no puedo ver desnudos ni mucho menos el acto de la cópula. Mi amo aun cree que soy un gato cachorro, poseo mi edad de gato y no hay justificación para que me saque del cuarto. Con mi elasticidad me escurro y contemplo la orgía con mi audición, permanecen horas encerrados y supuestamente para que yo no me aburra el amo enciende el televisor, pone dibujos animados que son hartos patéticos pero que entretienen. Ha salido del baño agarrándose de la cabeza, voy hacia él y le doy dos vueltas en una de sus piernas, digo, quiero decirle que lo quiero y que estoy con el en buenas y malas situaciones, también, según mi amo interpreta, puedo tener hambre y me da de comer conservas enlatadas para gatos, de salmón, ese es mi sabor preferido. Si echa de otro casi dejo el complemento y salgo por una de las ventanas y husmeo los zafacones, asecho las ratas y zas, no atrapo ni una alimaña. Creo que no nací para cazar ratones, sino para acompañar a mi amo. Cuando mi amo se va para el trabajo y se le olvida prepararme la conserva, ando por los rincones y cucarachas que me topo, cucarachas que devoro, son tan torpes pero me dan dolor de barriga y siento vomitar a pesar de mis esfuerzos de cazador. El amo me ha cogido, o sea, con sus manos me ha levantado del piso, me lleva entre sus brazos, acaricia mi lomo, runruneo, le miro el rostro y sonríe como siempre. Esta complacido, a cagado dos grandes mojones. Sufre de estreñimiento, cólicos perpetuos atrasados desde su posición de escritorio. Mi amo se sienta en su sillón de pana color vino, me ha traído a ver las noticias, nunca ve noticias en español, siempre pone las noticias alemanas, francesas y orientales, dice que así puede ver y desentrañar mejor lo que va pasando en el mundo. Yo lo araño con suavidad para no lastimarlo y como por arte del demonio mi amo comprende y entonces cambia el canal y pone una telenovela mexicana o brasileña rodada en New York o Miami, porque ya no son filmadas en localidades originales sino en puro bagaje reciclado. Aun me lleno de sorpresa por tanta compresión que existe entre mi amo y yo, se diría que mi amo también sabe el idioma de los gatos.


3

Mis ladridos se convierten en maúllos. Ladro y mi ama no escucha mis advertencias, no dice ni ¡wau!, siempre llega cansada del trabajo, se coloca frente a su computadora para armar modelos de plasmas y cosméticos y se olvida que existo. Esto a mi me ha dolido en sobremanera porque antes de su trabajo éramos tan fieles y ya la cosa anda por rumbo desconocido. Me gusta sólo cuando ella se conecta al internet y me pone delante de la pantalla para que mire a ese tipo raro, que conocí hace años cuando venía a estropear a mi ama con sus dedos colocados en su cosa de ahí debajo. Pero la condenada de mi ama le agradaba el tipo, mejor, los dedos que le frotaban la cosa de ahí debajo. Ya nadie casi viene a hacer esos malabares de injusticias, a veces la trae un tipo pero ni entra a la casa. La oigo decir que aun no es tiempo, pero que lo pensara mejor un día. Lo de la internet es algo tentativo, lo expresó porque el tipo siempre carga con un gatito muy hermoso y aunque miro en su expresión de gestos un temor de siglos, ya hemos socializado, hay un lenguaje universal de animales. Quizá le he tomado cariño al gatito, y cuando deseo decirle algo con ladridos gatos, el pobre se da un susto, pero el tipo lo calma y mi ama me acaricia la cabeza. Entonces el gatito da unos o tres zarpazos del otro lado y maúlla ladridos. Entonces estos gestos traducidos al buen español dan una palabra que es y era repetida por mi ama y el tipo raro detrás del aparato: te amo. Ella cuando llega de su trabajo montada en una guagua de doble cabina, siempre en la parte de atrás, nunca de copilota, voy a encontrarla y salto de alegría, gimoteo, me revuelco en la arena, corro de de un lado para otro y vuelvo a ella, pero cuando creo que sacará de su inmensa cartera un regalo para mí es pura bagatela, ni una galleta para perro, sólo ese tintineo de llaves para cerrar el portón de la casa. Estoy tan acostumbrada que lo que hago es por pura complacencia conmigo misma. Me fascina hacer lo que hago. Pero cuando pongo mis ojitos llorosos mi ama dice que soy una perra azul loca. Claro, loca de amor por el gatito azul de ahí detrás.


4

Domingo murió sin ver mis publicaciones, sin verlas porque no sabía leer. Las décimas que siempre cantaba se las aprendió por experiencia o quizá por oído. El artista siempre debe de agenciar sus textos, no importa que no haya promociones. Es mejor así. Puedo ser tristeza y morir cada centímetro en las traducciones que no tienen ni pie ni cabeza. Allá, cuando aun se gestaba en mí lo de artista, intentaba nadar en el río, buscar huevos de patos y gallinas, armar un tirapiedras e irme a un monte a asesinar cotorras y ciguas palmeras. Domingo siempre me alentaba a armar las pelegrinas sin números, decía, son mejor así porque no duermen. No podíamos aplastar los números sagrados. Doce era el número preferido del viejo Domingo. Jugaba a las quinielas, pedazos de papeles enumerados con doce cifras ilegibles. Era una comunicación de poesía numérica. Me viene del azar y de Azul. Marguerite llega de noche cuando mejor está mi inspiración y la corta como si fuera una viada de carne de buena res doméstica. No son sus abrazos que hieren a muerte mi inspiración sino también los fines de semanas cuando se pasa el día entero discutiendo sobre malas fotos que ha tirado por el inodoro. Yo le cuento entonces de Domingo y sus apreciaciones de atardecer en la finca de los de Moya. Marguerite no entiende ni papa a lo que me refiero, le digo, es decir, le cuento otra vez el cuento de los de Moya y ella dice que son disparates, que las traducciones al alemán y al español me tienen peor. Otra vez vuelvo a contarle el cuento de Domingo que llevaba gabardina en pleno verano y que se hacía el loco por las mujeres que se bañaban en el río. Entonces Marguerite mira a Azul y dice que el gato se caga por todo el apartamento, que debo donarlo en adopción a una veterinaria. Río y le abrazo, le susurro al oído que sin el gato no podría sobrevivir las últimas vacaciones cuando se marcho a Nigeria dejándome solo. Azul tenía muchos encuentros. Domingo también le gustaban los gatos. Miñango, miñango, miñango, lo escuchaba jugar con la gata de mi madre las veces que nos visitaba los domingos. Pero ya eso era razón de poeta y hombre destinado a morir sin nada. El poeta muere sin nada. Solo.

Metido en mi alcoba desmiento el afán de Azul por meterse conmigo a jugar al gato y al ratón. Mi mano hace a veces de ratón. Hoy no le dejo. Deja muchos pelos que decir. Las sábanas huelen a Azul, el sillón, la meseta de la cocina, la alfombra huelen a Azul. Un perfume Azul, una mar de gatos subida al cielo. Pero Domingo, ese Domingo con su gabardina en pleno verano tornaba los ojos que mutaban en canicas blancas, en acuosas esferas portadoras de imágenes que morían en cada sonrisa de niño. Concuerdo con sus dedos aferrados a las ramas de los árboles de la finca de los de Moya. Se lo paso a Marguerite, dice que esa clase de jugo es una pócima que mata a cualquiera. Que por nada beberá eso. Es cosa de cerrar los ojos y taparse la nariz, le digo. Pero como no desea beber ni café, me muestra unas fotografías de unos ancianos desnudos, besándose, acariciándose, tratando de hacer eso que no logran hacer pese a las insinuaciones de chupar y chupar. No levantan ni con las drogas estipuladas por la legalidad farmacéutica. Qué demonios buscará ella con ponerme delante esta clase de orgía sin consumar, pienso. Y le expreso, que si desea hacer eso que los viejos y las viejas tratan de realizar en sus fotos. Que ni loca, porque ella no es una vieja y que los instaló a posar de esa manera gracias a su empleo en el asilo. Hago gesto como si no me importara. Pero veo en esa crueldad de Marguerite al viejo Domingo de los miñangos, miñangos, miñangos al jugar con la gata de mi madre cuando iba a visitarnos los domingos y los días feriados.

Soy tristeza. Puedo ser el rabo de Azul. Ser la copia exacta de un poema en los movimientos detenidos de la cola de Azul. En la voz de Domingo superponiéndose. Porque si tirábamos las canicas de una distancia prudente nos venía en ganas comer frituras de culebras que los muchachos asesinaban en los samanes. Supersticiones de manteca y huesos roídos, alimentos para niños cogestionados, respiraciones de gatos a la brasa, ronquidos especulativos llevados a soñar el viento y las pócimas de los curanderos. Mentalidad preexistente. Durábamos horas muertas metidos en el río y los muchachos quizás inventaban barquitos de papel para ponerlos al aire amarrados de hilos de cocer, o en las aguas turbias que todos bebíamos sin la mínima preocupación de enfermar por las salmonellas, los protozoarios y otros parásitos. El cuento a Marguerite le vino a caer de golpe, sonría como la loca que es, y esta vez, era extraño, no se agarraba la punta de su pelo rasta. Es como si un golpe bajo me indocumentara las entrañas. Digo, un golpe bajo en los huevos. Y como poeta al fin que soy o me creo ser porque lo dicen las gentes, pongo a Marguerite bocabajo, le doy palabras por detrás y subimos a ver a Dios, les pedimos perdón y comemos maná.



5

Siento verlo como un ángel negro acurrucarse en mis patas delanteras a pesar de su pelaje amarillento. Puedo hablarle de ladridos gatos y sumergirnos a formar una familia de perrogatos. Adueñarnos de los circos y ser animales físicamente humanos. Hablar nuestro idioma universal sin quitarnos la ñ de gruñir, porque entonces sería grunir. Y si grunimos que será de la lengua porque el grunir es tan bajo y sonso que duele escuchar. Se lo digo a Azul gato. Y yo le repito que si formamos una familia tendría que ser de gatoperros, por telepatía, porque Azul perra esta allá, en el país tal vez de Alicia y sus gigantescos sombreros ajustados a los conos. Donde los artistas promueven el enanismo por resolución de campanas. Adquiero la visión y la veo ladrar a los perros que tratan de olerle la vulva, de olisquearle el pudor, pero ella me dice que no se deja, que me espera y que por eso no ha tenido cachorros. Azul gato con su elasticidad se mete en mi sesos, se escurre por mis orejas un tantos caídas por la vejez, mi edad de perra duplican su edad de gato. Cada especie reconoce su anuario. Tiene su almanaque para sustituir las suposiciones de los amos. Venimos por venir en trasmisión de pensamientos, nos dijimos nos amamos. Azul perra tiene un dolor en la mirada, siente que nos van a despojar de nuestras única cosa que de verdad nos pertenece, porque coño si su eñe sería un simple cono vacío. Mejor un culo lleno de mierda. Me fascina mirar su mirada por la internet, en la pantalla se ve tan relamida la perra, que esto, tal vez, fue lo que en serio me maniató a su amor de perra. Cuando soñamos el mismo sueño Azul gato sueña con atrapar una rata, yo le ayudo. Azul gato es siempre torpe, no entiende de cazar ratones, solo cucarachas que se meten en su camino. Así soñamos con ratones y cucarachas por días enteros. No tenemos más nada que hacer. Si no fuera por la espera eterna de nuestros amos, soñaríamos con casamientos y perrogatos. Otra clase de clasificación de especie surgiría. Azul perra me tiene loco a distancia. Vivo, aunque no se lo he comunicado a mi amo, por Azul perra. Vuelvo a decirle con insistencia que nuestros cachorros no serán perrogatos sino gatoperros. Accede a mi petición telepática. Sonríe y dice ir a dormir la siesta porque esto de telepatía la aburre aunque me ama.

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