martes, 20 de julio de 2010

Poetas de las miserias (entrada #13)

Postales

1

Desde la terraza se pronuncia, majestuosa, con mil luces de noche. La vista casi no alcanza para ver la cúspide en esta posición y toda de hierro cuidadosamente en mantenimiento continuo es como si los años no la tocaran. Las personas por siglos han construido monumentos para honrar su orgullo o simplemente edifican para ostentar las maravillas de la tecnología de la época. Si vemos bien, esta obra representa el poder masculino como el obelisco dedicado a la Restauración. Se ven algunos transeúntes y autos inertes aunque en el momento de captar la foto irían en movimiento, estos adornos fríos y secos monopolizan la visión de la realidad en un sueño. Es un estado de economía vender postales bajo este monolito cuando uno extraña a alguien y para que este alguien sepa que hemos paseado bajo esta mole de hierro con sus restaurantes y sus cafés. Y si se nos antoja subir hasta su último piso veríamos gran parte de la metrópoli con sus barrios iluminados, el río, los jardines, los museos, sus templos, pero esto no es lo fascinante de la ocasión sino ver hacia abajo a uno trescientos metros como la gente va y viene iguales a hormigas. En el día la torre cambia su aspecto, se ve distinta, un esqueleto sin vida porque en las noches ese esqueleto cobra vida por las luces, un robot con sus cuatro plataformas, erguida en tela de araña en metal, abriendo sus manos invisibles a los turistas locales y extranjeros. Curioso es imaginar y observar el tiempo de las guerras, de cómo este extraordinario obelisco pudo sobrevivir a ellas, pero supongo que su arquitectura pudo soportar tales embates por ser un símbolo de cultura o de poder de los invasores. Resguardaron intacta su estructura para mostrarle al mundo que ellos eran adoradores de la belleza, de la perfección y las costumbres de los pueblos conquistados.


2

La toma ha sido aérea, a pleno día de verano. Hay una imagen de hormigón en el centro de la plaza, una casucha o castillo, en sus laterales se distingue entradas y en el centro de esta edificación hay un arco gigantesco, lo digo por la proporción de la toma de la fotografía, podemos sospechar que en las fachadas le han esculpido figuras remotas, escrituras en latín o en una lengua muerta. En su circunferencia existe un amplio lagarto negro, lleva automóviles casi intangibles, puntitos de blanco como si fuesen brotes de lotos o peces saltando en un río negro. Esta parte de la urbe da la percepción de ser, desde esta distancia, un octópodo al que se le distinguen ocho brazos negros, anchos bulevares con infinidad de humos nocivos, una tarántula extendiendo sus patas hasta lo perenne. Los edificios, las casas, dígase la organización de las manzanas aparentan ser triángulos isósceles, equiláteros, pirámides, etc., y acaban sus puntas próximas al círculo que forma la revuelta. Desde esta toma veraniega las edificaciones son totalmente blancas, de un blanco hueso y en ciertos ángulos las sombras proyectadas por las construcciones dan la perspectiva de querer sumergirse ante estas portentosas ramificaciones. Lo trascendental de la toma es que no se diferencia el poniente del crepúsculo, ni el norte o el sur, tal vez esta sensación de ausencia con las orientaciones provenga quizá porque la foto pudo ser tomada en la mañana o en la tarde.


3

En las uñas lleva puntos blancos y esta imagen proviene del siquismo. Duda de la desesperación, histeria formulada en el rostro cubierto por sus manos caucásicas. El pulóver es la parte mágica del atuendo, diríase que la noche se ensancha desde la portada del libro. La punta de la nariz aflora y contrasta con los dedos meñiques, siente que la cabeza se le caerá al borde de la Edición Bolsillo de Siruela, el labio inferior nombra la cicatriz de un accidente, quizás los taumaturgos devienen en la resequedad impuesta por la artista plástica. Las líneas de sus hombros son las yuxtaposiciones de los tonos grises fondos de la portada infecta de sesos y mente, y ni siquiera la pesadumbre del retrato mantiene la placidez que debiera de poseer cuando descansa su cara en las palmas de las manos. Cinco dedos permanecen inmóviles en su frente, reposan adecuadamente instituyendo más abajo huecos efímeros o pedazos de noches cubriendo las partes que debemos de imaginar que allí estarán sus ojos, las cejas están ausentes y prolongan la piel en las estrías. El pelo revive la prehistoria del encantamiento, el invierno, la nevada plural de la experiencia. El personaje desfallece, se hunde en la catástrofe de su dolor, de su pesadumbre imberbe, un renacimiento sicopatológico. La pose ridiculiza el no puede ser que me esté pasando esto a mí, porque la sombra de su cabellera anciana esconde prematuramente una de sus orejas. La imagen no podrá oírse y ni mucho se verá tras la objetividad al mostrar el cese de la respiración, al menos deberíamos pensar qué diablos piensa el hombre en esta posición tan humillante.


4

Las arrugas de las sábanas son olas y espumas agitándose sin batirse, la mujer o la adolescente fue puesta ahí para estudiar sus simetrías. Sosiega su desnudez, es gustosa su detención como si después de una larga faena descasara su cuerpo estropeado, y ella ida, fuera de sí, lejos de este mudo injusto y repleto de crueldad. Se sumergiera en su ser o en la oscuridad pasmosa al concluir el orgasmo. Mantiene la boca fruncida mientras uno de sus brazos esta acomodado en su bello rostro, tapando sus ojos para no contemplar la insoportabilidad de la realidad. El otro brazo forma la silueta de una uve, casi se rozan sus manos media cerradas. Brotes precarios de bellos en sus axilas despiden un aroma a adelfas húmedas, y el recto cuello empolvado de blanco, su mentón pronunciado, con una leve inclinación, revelan el orgullo de esta virgen empoderada de la quimera. En el marco superior la breve iluminación denuncia la esbeltez de su cuerpo atlético, notándosele uno de sus hombros bien definido. Hay un ligero hundimiento en el lecho a causa del peso. Como sus bustos son relativamente pequeños, sus aureolas y sus pezones quisieran ser planetas colonizados por amantes incorpóreos, de paso, y las manos de esos amantes improvisados le han levantado un poco el dorso por la espalda infringiéndole un estado de superioridad o de ser una chica que presume de top model made in quéséyo. Su abdomen yace plano y desde ahí la posición muta con una sutil tendencia de caderas hacia el lado izquierdo, curvas frescas y seductoras, estableciendo así que parte de sus glúteos conjuntamente con una de sus piernas sean de proporciones mayores, perspectiva de ángulo; sus ingles promueven el deseo y la provocación, sus piernas arqueadas delicadamente conforman una uve mayor, el bajo vientre en ramificaciones de bello púbico sombrean la herida vertical, vértigo de sexo, sudoración maleable del marasmo, constricción mórbida del espejismo. La pierna izquierda en forma de otra uve cruza por debajo de la otra a manera de un enganche, y desde este doblamiento de rodillas la pierna derecha se descuelga del lecho mostrando unos pies delgados, y con delicadeza un cuatro se desprende de la figura adolescente que permanece inmóvil esperando quizá a uno de sus amantes para orgasmar.


5

Desde este sesgo el bebé pollo ladeará su cabecita amarillenta en expectativa de un llamado absurdo, buscando a través de la invisibilidad más allá del marco el cantar de los gallos de peleas encerrados en sus rejones o el creo de las mamás gallinas escarbando la tierra. Esta actitud de alardear los sacrificios de los gusanos y su propia muerte futura como alimentación de la humanidad. Es cruel observar al bebé pollo en este jardín edénico casi extinguiéndose al instante de capturar la imagen, pero esto no es lo dulce y nostálgico del tema sino de la posición en fila india que mantienen los otros animales junto al indefenso pollito. La inmovilidad de ellos subsiste en un estado permanente de amistad, digo, eso es lo que vemos a simple vista en la postal. Un bebé gato exclusivamente está al lado del amarillo pollito, que mira indiferente también hacia donde mira el ave. El animal felino es de la estirpe nacida en Egipto, de un gris plateado con sus patitas blancas, un tanto separadas, como si un nerviosismo o un susto lo mantuviera en alerta para salir corriendo y salvar el mito de sus siete vidas. El lindo gatito aplasta las hojas verdes del paraíso, y a su diestra un bebé perro lame su lomo con tristeza y dulzura. La marca del cachorro o la cachorra es indefinida por patentar en su fisonomía semblantes de bulldog, de chihuahua, de pequinés, de lobo, de viratanque, de pastor, de chau-chau, de labrador, de… y afortunadamente sentado nace cerca de su barriga una margarita, la imagen es la ternura de la amistad pese a sus diferencias. Asimismo, pero al lado del bebé pollo, hay una rata agachada, deseando no ser vista por los entrometidos que se asoman a tomar una foto de algo tan innatural. Alrededor de todos estos animales bebés una gran serpiente negra se eleva, de la especie, por su intención, de las constrictoras y los miras desde arriba con su lengua viperina oliendo o gustando el ambiente, descifrando lo térmico de los cuerpos o puede ser que su propósito sea custodiar el orden de los bebés o ver la docilidad de la inocencia en un paraíso pisoteado por la humanidad.


6

Como lo blanco enaltece el fondo para formular la navidad en los trazos de un árbol, un navío en una mar blanca, un cielo blanco en la noche, estrellas azules, la luna con lo símil de un ojillo intangible a manera de pac man deforme, un sol negro y puntiagudo al sometimiento de una plataforma marrón, una casa sin la pared frontal acaparando dentro astros negros, azules, amarillos… un humano o la figurita de una casi imagen de una persona extendiendo sus brazos dándome la bienvenida a un universo totalmente incongruente, o indicando la naturaleza muerta de los trazos inocentes. La navidad posee manzanas adánicas y el grosor del tronco descansa en una te (T) invertida. El navío despliega sus velas doradas en un viento blanco, su travesía nos conduce a atracar en un muelle desconocido y desierto, sólo adornado de alabastros verdeamarillos en el mismo cielo blanco en noche. Las velas rozan el prado frente a la casa fusionado al cielo, la simiente de la edificación permanece ajustada a la tierra blanca o al cielo de blanco, está en levedad, es una especie de casa voladora, una nave interestelar o un ovnis que nos llevará a otros espacios. Una de las estrellas existe empalmada al techo de la casa por un cordón umbilical, los alabastros cantando emigran a una región remota del blanco cielo, mutan en golondrinas y otras avecillas en un eterno vuelo. Volvamos a los trazos, porque a pesar de su utilidad ellos trastornan las rectas y este descuido malintencionado es la apreciación de la belleza de la pintura, no los elementos o símbolos que en conjunto forman la obra bajo una noche blanca.

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