miércoles, 23 de septiembre de 2009

De otros y otras al borde de la lengua

Para los amantes de la poesía.
Primera parte


El Anticristo puede nacer de la misma piedad,
del excesivo amor por Dios o por la verdad,
así como el hereje nace del santo
y el endemoniado del vidente.

Umberto Eco




Rostro entre la gente


Entonces descubrí las estrellas enredadas a mi piel,
desfallecidas y quebrantadas por el amarillo en patas de bufones riendo.
No alados astros precipitados a sus cuerpos oscuros
mi carne mordían y las rastreras palabras afiladas.



Rutinarias


Cada cierto azar el sosiego reaparece en los vehículos y los rostros de los infantes.
Esas voces chamuscadas en delirios nombraban los espejos y el asfalto;
por cada caída levanté la fruta desperdiciada en el gusano —sus larvas furibundas.
No tiento mi corazón en la risa de los transeúntes,
no digo o no permito los deseos abstraerse de sí mismos en el ala del insecto inmundo de los posesos.
Un día los carteles y las llantas pronunciarán el nombre oculto.



La multitud en la plaza


Quizás allí estén el sino y el frecuente mito en un trozo de metal
preso para erguir la sinergia.




A tiempo


Ellos dejaron de existir en las cuadrículas,
pasmaron los colores de las formas y el peso del concreto y los terrenos mitificaron los rieles y el tranvía.
Me permito repetirme en asociaciones integrales —en incógnitas rudas bajo el influjo claro de la noche:
esos acertijos innúmeros azotan mi cara,
la afean en hendiduras sofisticadas, en réplicas
(no son múltiplos ni representaciones).




Academismo


Encima de ese animal cosmos el mito fundación de espejos y quiebres en las latitudes encuentro; sí, encuentro los ojos que miran al intersticio de la atemporalidad despeñándose en huesos.
Animal de siempre preestablecido en los pliegues,
y las ramas me barren la lengua tanto tiempo y no acaba.



Santería de los acuarios


Cada partícula encierra el átomo de los peces y las cucarachas adheridas a las paredes del agua.
Cada sol enlutece retinas y sangre desnudándose en los vitrales cóncavos de una andada tenebrosidad.
Uno no tiene solución,
dejo el aire si pregunto a dónde van las rémoras de espumas.
Miro mi risible pecho anudarse en el me veo ahí sin reparos y sin la debida razón de justificar el trance.



Amplificadores


Y todo llega en confusión,
astros desgarrándose en caballitos del diablo,
en langostas devorando a su paso por las calles de la ciudad infernal los sueños naciendo despiertos o durmiéndose despabilados en el laberinto.
¡Quién vive por la mansa geometría de los ruidos!,
¡por mordeduras de negras lluvias!
Debo partir por renuncia a la indigestión del caos.




Asma tendida al asecho


He partido a ver a las enfermas en un hospital adornado a rayas,
penitenciario de dioses opulentos excrementando las sabanas muertas.
Paso la vista por el abismo de las garras que inyectan los antropoides cuerpos de las larvas detenidas y ciegas en la luz y la farsa sombra.
El humo se extiende convexo en el alfabeto cilíndrico de las luciérnagas dotando el viento de putrefactas alas.
Niego esta luz oscura en las flores y los huesos postrados en estrellas,
niego la tímida sonrisa —burla eficaz de las enfermeras y las mendigas.




La turista de Praga


Tanta rabia alimenta mis extremidades de lagarto,
esta vista de cuervo azul me miente en la simbología de los ejes tiritando en los faroles y en la pantalla de la te ve prefigurándose paterna y fiera.
Va por el barrio en simulación de perros,
en cada esquina para a beber sombras de puertas y ventanas en sueños no rotos de alquimia.
Un velo atraviesa su bajo vientre en períodos nulos y excéntricos de palabras insuficientes —el Dodge avanza de su paz animalismo—
Por qué el dolor (este blasfemar de rabia),
de verla metida en esa caja gris me sostiene un pez en su pecera de bombos uniformes.



A Diana, que sonríe al mirarme


Los antiguos le llamaban diosa de caza,
llamo abundancia de bosques reciclados en parques y avenidas vacías,
clamo su venida por los edificios yertos y puntiagudos.
El vino hizo la fiesta de la conquista en las frutas del prototipo;
pequeña azul ave en veranos e inviernos fraudes, he visto la risa tan cerca de los incisivos y no tengo otra opción sino traspasarte a cuchillo —a razas y a perfumes de sangre limpia.
Y si digo en su nombre la blasfemia de amor,
de este amor minimalista e impuro, me abandonaría a la voz del cliché,
al caminar vuelo de ninfa posesa por figuras astrónomas,
al revés de las sombras femeninas en quienes confiamos.
Por eso me reconstruyo en los pulmones de los anfibios,
de ti diosa temiendo el asalto quizás del huésped.




En decadencia


Siempre nos llaman a reflexionar en las hojas del otoño,
en el santo día de la herida y el vinagre.
Si reflexionara no estaría mintiéndome en el amarillo al pastar las hojas.
Descubro cada sueño en cada diente cariado [en fisuras y quiebres]
y la psicología pertenece a los monjes o a la santa inquisición de las vírgenes rastreras.
Dudo del sustantivo —de los pro-nom-bres alargándose al comer los restos.
Esta semana nos pensaremos Uno mientras fumo el terrorismo y Palestina,
por quien dio la vida por la vida,
por un puñado de gentes como tú y yo: bárbaros Alejandro y temibles Safo quedándose en la acera a ver si pasa lo jamás perdido.




Violación del espejo


Descubro azul marino —me deslizo— en carnes molidas, un solo guiñar de río estremeciéndose de ti olvido en lenguas sin salivas.
Reptar de moho repleto en las lisonjas de las invertebrales columnas.
Son moluscos hoy escribo —solo naufragar en la triste miel de la ausencia.
Ya no obtengo el perdón por verme analogía o redención en los techos ondulándose en la retrospección sin retorno.
Son astillas de calcio hoy escribiré —nada por esta triste presencia,
perdono pese al destroce y los enclaves.




Héroes derretibles


Las silvestres aristas y los vuelos son el follaje y la piel del alabastro;
se pierde en los helechos tan redimidos en la estrecha luminaria pacífica de fatales secretos de melancolías.
Un rito pasado por agua y fuego enalteciéndose desde los humillados glaciares recién momificados en rimas y fábulas de iceberg.
Un cayado ebrio,
posibilidad de nada en la voz monolítica al volver el viento y la niebla,
asma del vicio,
color hueso de los fonemas.



Arte ego gótico


Me deshago de los agujeros rellenos de ranas,
horrible desgarro de piel y manos contraproducentes trazadas en chirridos quemables,
chisporreteo o mugido de ratas cubriendo la pálida fisonomía muerta de los campanarios.
Son cadáveres amontonados —desconcierto del postre rancio de la morgue y los manicomios.



Nigromancia de los deudores


Roto el despojo, por la abertura se asoma en anarquía la fotografía roída.
Penetro por la cubierta en lluvia (zumbar de aves mamíferas) para derretir los muebles y las calvas cabezas de cuerpos sin cabezas:
extraña manifestación de sedimentos y confluencias de sangrados a ritmo de panteísmo y locomoción.
Las serpientes aúllan y los gatos croan al oscurecerse el mediodía.
Entonces el conjuro existe entre los cuadrúpedos y las mariposas,
así me desprendo a filo contra los nubarrones.




Muerte en San Luis


A medida que la noche se traga el ojo las alas paralizan el asco.
El vómito estéril de la monótona simetría adapta el temple de los filmes y los periódicos;
sólo una vez computo el pavor del escombro en mi torso ya metáfora del delirio,
ignorancia del plato y la servidumbre del hilo en el esoterismo macabro del despreciable por no tomar la luz del histrión ni a Edipo.
Quien toma hacha y lutos de vino muestra —y a media la noche parte el residuo de los soberbios que salen a pescar el polvo cortante de los ciegos y el exterminio.

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