domingo, 23 de enero de 2011

Otro Paréntisis: Premio Único de Poesía del Concurso Nacional de Literatura Alianza Cibaeña

Otra vez en acción y agradecido a las personas que visitan Residencia de los testamentos traicionados (RTT), a aquellos que por alguna razón dejan sus comentarios y a los que echan tan solo un vistazo, les estoy profundamente agradecido, porque este intento de desarrollar el potencial imaginario que guarda mi sique es de mis lectores, para ustedes escribo.
El 15 de diciembre pasado recibí una llamada del Presidente de la Alianza Cibaeña Jhonny Guerrero, solisitando mi presencia en la entrega de premios anuales que hace la institución. Lo menos que tenía pensado era esa llamada, ya que por razones ajenas a mi persona el Concurso se había pospuesto hacía un año. Me tomó por sorpresa y de inmediato pido a Jhonny Guerrero que me hablara si yo había sido galardonado con el premio, este se negó darme informaciones que eran confidenciales, yo insistía porque no podía asistir al evento en la Ciudad de Santiago de los Caballeros por mi trabajo, tenía que sacar permiso con antelación.  En la noche recibo otra llamada de mi amiga Daniela Cruz. Era el ganador del premio Único de Poesía con la obra La otra residencia y otros poemas al espejo, no me trajo ninguna sorpresa, ya esto lo intuía. Mi alegría no vino por el premio en metal, sino por el atrevimiento del libro seleccionado por el jurado (Fernando Cabrera, Carmen Comprés y Julio Adames), que recoje un tema poco concurrido en la literatura de Rep. Dom. Amén de cual fue el día que tuve la oportunidad de ir a recoger los 50 mil pesos a la oficina del trabajo de Jhonny en el Banco Central ext. Santiago.
Este es el triunfo de mi pasión por la literatura, es el triunfo de mis lectores. Aquí les entrego el libro completo en esta entrada para que lo disfruten...

Augusto Bueno
23 de Enero del 2011
Mao, Valverde, Rep. Dom.

El gran masturbador: Salvador Dalí




La otra Residencia y otros 
poemas al espejo





A Ella que supo mirar a través de los espejos


"A moi. L'histoire d'une de mes folies. Depuis longtemps je me vantais de posséde tous les paysages possibles, et trouvais dérisoires les célébrités de la peinture et de la poésie moderne." 
Arthur Rimbaud





Invocación del huésped
Acabaría en la estancia llena de vehículos y prisa. Canto la amargura del espíritu, aquella dicha renacida en los espejos de las tiendas, los cosméticos; dejé espacio para la nueva vida —había perdido la preciada libertad de poseer por horas mis escapes— y estaba en toda la geografía del huerto y un día inmortal di un giro hacia la apatía de rejas y cerraduras.
Perturbé las noches, y en las mañanas acababa por perderme en las plazas repletas de asesinos para encerrar el abandono y echar a los perros cuando escapaba a buscar las vírgenes desnudas, altas de envidias sobre sus senos y era un pozo murmurado en el asalto del huésped.

Poema noctámbulo
Olía a alcohol desde temprano vestido de negro y verde. No era necesario siquiera ser el cadáver de la noche metida en los requiebros —amé todas las horas pagas por adelantado— e hice preámbulo para elevarme a los más íntimos rincones y el vuelo me sabía a pan tostado. Enfermé entonces de luz y mariposa mientras olía a alcohol y dopaje.

Bajo el astro de los mitos
Hay lagartos y luciérnagas soñando en todo el camino, elfos desgarrándome la sangre. Propongo verte en las retinas humeantes pero no encuentro el recinto húmedo de raíces. Ando a quemarropa vertiendo el páncreas entre los restos sodomitas y el sol; un puñado de ninfas he tomado de la fuente para arrojárselas a las doncellas muertas de gozo y en todo el camino hay ángeles amándome sinceros, adorables y hermosos.

Antepasado de los espejos  
En la luz ensanchada el cieno duele en mi rostro. Tocaré la estirpe incierta sin temor al verme allí en los edificios. Bajo la tormenta hay caballos cubriendo mi pecho blando, perturbación de los sueños, y nos vemos desquiciados rompiéndonos las lenguas. Beberé un sorbo de licor del corazón; acaso ese azar rabia construye las estalactitas. A todo instante devoramos la mañana, peces, monolitos, sangre. Ayer dijimos y hoy silentes contemplamos los espejos. 

La figura en el espejo
Tal vez no sea ineludible tener que trepar por el pecho de aquella imagen de dios. Abrir la compuerta del paraíso y entraremos en júbilo a beber la miel, Adán por Adán, Eva por Eva con las manos elaboradas por expertos. He visto un dios del Caribe embriagarse de lenguas e islas luminarias, a un ángel redescubriéndose en paredes y a un personaje hermoso riendo de sí mismo. Aquel olor de pureza febril a medio día llega en olas. La noche no puede ocultar nuestra revelación de seres arrepentidos y nos entregamos al vicio, plenos, de ver por esta vez en las aguas el goce de mis retinas.

Esta pesadez de hombre
Allí estoy en el tumulto sorprendiendo a cada momento la oscura iluminación de la dicha —acaso estaré enfermo mientras todo se mueve hacia aquel torrente terrible y solemne. Las voces son cuchillos encestados en mis huesos; nunca he visto a tantas gentes disfrutar de mi piel, muerden la fruta de mi torso, me inhalan desde las venas esta pesadez de hombre —temo abrirme en el día, en las tinieblas. La brisa tibia encuentra mi rostro, me envuelve, así poseo membranas y toco palabras de uranio. Mis amigos rechazan el loco correr de este desasosiego y sólo allí en el tumulto tengo la necesidad de ser el tímida mujer de los suburbios.

Vértigo
El sol está enfermo, arde sobre mi rostro. Espanto la esperanza a través de este nebular, pero lamo el día preparado por blancas manos, por negras manos delicadas.
¡Qué frescura sombría y amorosa desciende!
El trapecio es un haz de anónimos cánceres, vértigo de obscenas aves, relojes ingrávidos, meciéndonos livianos por dentro las sales siniestras e inclinado a la mar de un espacio onírico entrelazo mis huesos en retrospección.
El pan femenino disuelve mi boca, licor fomento de vértebras aéreas, hito de islas dejadas a la suerte. Él cambiará a negro, cambiará de estación a la fiesta del alba donde los amantes perfumados removerán los miedos de verse ante sus propias hazañas.

Lagrimar espejos a contraluz 
Todo era espejos, espejos cuarteados: estaba consciente de mi locura, mezcla de roperos y fragancias desvirtuándose en el techo. Berrendo amanecía, amanecía llorando libros, escritorios, máquinas de humo y maderas embalsamadas traspasando mis membranas de sueño. Todo en mi cabeza resplandecía en tormentos diurnos y apetecibles; venían, venían azarosos arcángeles a tocar mi hombro marchito. No soportaba la imagen entristecida y en un molusco de oscilaciones temibles toda mi rabia ascendía, especie de caracola pastosa al no trepar bocarriba mi llanto. Esta imagen, aquellas imágenes fruncidas del espejo era Babel llovida en soplos pésimos de mi boca agria y la saliva extendía alas de sabores indefinidos, y frustré la oscuridad adonde vine a coger mis entrañas para dotarlas de voz y luminosidad. Todo era espejos, espejos rotos: estaba consciente de mi locura distorsionándose en las pinturas de lombrices y sombras blancas. Lloraba de amanecer, lloraban mis manos, mi sexo, mi amante y la vida también lloraba de locura y celaje en mi rostro.

Reinvención de la escritura
No aguanté la reinvención de los testamentos y los centauros. Son pesadillas que no se retienen ancladas en la carne o como si fueran palabras clavadas al fuego, simples metales ardiendo, escurriéndose por el agua.
Este arrebato destroza mis venas, pedazo de mi pecho desde que no existía, desde que nosotros con movimientos de Hermes y de Apolo pretendíamos envolver en barro la escritura. No bastará una poesía para crear las imágenes de esta revolución que subsiste. No importa que nos hierva la sangre o que nos humedezca lo suficiente el deseo de agonizar en lo intenso de esta resolución férrea y titánica del temor al desenfreno, a ese hermetismo seductor de los brazos.
Por qué debo sufrirte, tampoco lo sé, pero tacto la constante vuelta de la reinvención de de la escritura —justo es asesinar la lengua—, y no pierdo, gano, triunfo mismamente cuando te miro y te pones transparente. Un deseo maldito penetra en los tentáculos de mi corazón metafísico y aunque el placer no colme la agonía de la fruta, me viene de pronto los golpes de mi pecho que habitan mi frente.

 Poco importa abandonarse
Ningún deseo acompaña mi delirio. Tengo largos insomnios de columnas y poco importa la convicción. Resulta agradable elaborar los cuerpos desnudos de vírgenes echándose en mi ojo brotado, deletrear cada segmento de sus oscuras formas. A veces encuentro la plenitud de precipitarme en muchedumbre de cosas uniformes a mi flaqueza —qué puede animarme a vencer el vacío—, en levedad me atrevo mutar y ser un vuelo de alas sin alas y me escurro por huecos erguidos en los astros. Demiurgo y cruel escribo el perfume de los miembros deshechos con gratitud —leve—; y debajo otorgo mi fe a este palpitar y me permito violento convertir los cielos en esperanzas.

 Lloverá nosotros
Lloverá quiebres y estereotipos sobre estalactitas. Bajo la sombra nuestros dedos serán unos y auténticos, comeremos manjares de la grandeza, nos embriagaremos de licor en las calles, entraremos triunfantes a las migajas y la morada permanecerá ligera y amorfa. Un gemido de lenguas derretidas, dos cuerpos correspondiéndose, elevándose, cayendo en mordeduras de átomos, encontrándose y naciendo en aleación de sueño, en obras de sueño y nosotros.

Hoy todas las cosas se multiplican
Hoy todas las cosas se multiplican, el canto por encima de los estruendos de los pájaros desmenuzando las arcillas, los astros que trituran las pócimas de la ambición precoz de las mariposas y los espejos, el vuelo siempre cansado de las serpientes gorjeando el extraño tormento de la ciudad, los cuerpos mutilados que son carbones y brasas sobreviviendo a la soberbia de los perros, el rastro de los aullidos y lamentos buscando asilos en ecos de rocas, en la escritura de nuestros padres tocando a la puerta de sus córneas en la levedad de los caminos desiertos y mojados por la ira y el odio de la noche en ruinas. Hoy todas las cosas se multiplican.

Espejos de la noche
La madrugada despierta congelándome la mirada y los ángeles asaltan con dagas de fuego, me atraviesan sin restricciones, saturan las grietas de mis dedos. El azufre combate el perfil de los espejos y entonces la muerte duele en el salto del gato que abre la posibilidad de mermar el desdoblamiento. La pared humedece el lagarteo de ese animal y se detiene en las bocas de aquellos hombres sudando desgarradas penumbras, otras gentes memorizan el peso que por la calle fluye en la licencia de un trazo progresivo. He visto llorar a los ángeles mientras el ruido da tumbos y la noche insondable, tan inerte.

Olas del acaso
Son bufidos viendo la congestión necesaria en las travesías. Antes transcurro en el límite que romperá las olas, y ponerme un traje de sombras es liberar a esta bestia difusa.
Cuántos medicamentos se me han metido por los ojos untados de aceite y perfumes para que no me partan la voz —los enjambres lucen insuficientes en la sala de espera del Caribbean Cinemas— y fumo, bebo, me dopo de multitudes y aún así la satisfacción no está en los reclinatorios, ni en un vaso de coca cola, ni en el sino del vuelo de mis quehaceres oblicuos en el acaso de las olas del filme.

Ángeles
No mueren ángeles de sal y la ciudad siempre arde en mis desorbitadas retinas. Si murieran la humanidad lloraría revestimientos gastados en los orines de los otros heraldos que salen a cantar la triste apatía de los goznes. Qué imperfección de betún nos urge. Un río de sombra-luz marchita el jardín del infierno que se mide por la perturbación y el sosiego, un azar fraudulento en la lengua, perra floración azul de la lluvia en el desierto de páncreas e hígados rotos corriendo anchamente en las pesadillas.

Quebrantamiento de la vida
Hay vino y bebo hasta pedir la última copa. Sé de ella en mi regazo calentándose la bella manera de sus manos dentro de mis sienes dulces y oscuras en su boca. Limpio los muslos que la vida derrama. Amo las criaturas. Ay, frustración del mal y la bienaventuranza, hoy deseo música de almas insospechadas.
Nuestro árbol está agotado, juntemos nuestras lenguas y emigremos hacia la desgracia.
Penetro en el infortunio, en los salitrales vientres de mis lágrimas; y junto las yagas a mi reciedumbre, normas que huyen a morir en los recipientes y las antorchas crepitan dichosas en mis costillas condenadas a tierra y permito que mis nervios se cubran arrebatados en el nombre de la vida.

Plegaria descendente
Hay habitaciones volcadas a mis espaldas y asesino el azar en el ahorcamiento de un minuto en la vista dilatada de los Dioses. Debo apresurar el atardecer, con esto puedo entender la rutina que nutre el concierto de los relámpagos aferrados en la noche.
Aprendo a violar las imágenes en la te ve a las tres a eme comiendo palomitas de maíz, tejo telarañas en la desmemoria de la lluvia, prendo llamitas a santos dilapidados. Me narcotizo al robar aves del patio vecino y libero sin torpeza a mi dios para matarlo una vez más cuando piense emerger de mis plegarias.
Ahora grito con mis manos vacías en la cabeza de enrarecimiento, halándome el corazón gastado a puñetazos y vestido de silencio he perdido y bajo tierra culpo a la maestranza por mostrarme las marionetas que ni en el infierno dejan de indicarme cómo armar los epitafios del cementerio.

Metafísica de la ciudad
Solo me embriago en una silla antipostmoderna y atrapo, atrapo las huellas de seres antropológicos y las desmiembro así en la bruma de la metrópoli. Ahora comprendo el por qué los tramos están repletos de humanidad entre la trama de una palabra escribiendo urbanidad con la inexistencia dorada del sueño, y el abismo de las notas coincide en los asientos esponjosos de los habitantes que traducen la consumación de fruiciones en las calles. Corro al altar, miro menos, estoy allá y las memorias son inventos del azar inesperado en suicidios. Un vuelo detenido a razón en la embriaguez de los rastros y agarro, agarro los rastros tan pronto el transcurrir de la urbe en el viento se desploma. Todavía no entiendo por qué la ausencia en los valles y los fenómenos que desembocan niquelados en cornisas de los edificios, en la improvisación del sino homicidado.

El problema no está en la escritura de los espejos
Caigo de azul donde he de ser fábula, y con todas las sales tatuadas ahora voy perdiéndome en el cauce de los espejos destazando mis pezuñas. Masticaré el despojo del acaso y la muerte no me acogerá en su vientre. Olvido el torero perverso, evoco la caída de los ángeles en todas las arterias, absortos en hermafroditas, resueltos a vencerlo todo en el amanecer del tormento. El problema no se reduce a la escritura del fuego cayendo en las callejuelas. Mojo a los depravados códigos de este bello flujo antípoda; raras veces entran a escoger de los estantes la sonrisa polvo de la sombra, y destronándose tiernos cogen las inhumanas carnes tiradas en las cunetas de los parques y mañana el azufre dará los saltos a quemarropa en todos los amantes involuntarios. El problema no está en la escritura de este ardor sacudiéndome en las aguas.

Celajes en mi sangre
El llanto va muriendo en aves, en crestas de olas y zambullo mi cuerpo en peces coloreados en el atardecer. Una nueva tendencia alumbra aquellas aves hechas de espumas, cantan en las sábanas, en la lunar risa de la ciudad. Creo en la sangre, en la virginidad de los posesos y la vida duele cuando se abren las puertas. El rumor gime en toda esta agua de lóbrega forma y nado prematuro hacia los tejados de los vagabundos que penetran en el olor intrigante de mis dentelladas. Sin apuros los aborígenes de esta hermosa ciudad se tienden bajo las maquinarias de sombras amarillas; subo en inocencia y poso en el viento pescando los peces coloreados a lo lejos y son canciones de gente asesinadas en mis glóbulos antes de consumirse en aquellas aves.

A plena mañana
El decurso se abre en negros relámpagos, embadurna la distancia, quiebra y musita estrías en el frontispicio de los cuerpos retorcidos a plena mañana y con mi boca desencajada, con la risa puesta en el portal de los vivos llueve lengua, piernas, brazos, cabezas, vísceras, sangre y las cruces astilladas vomitan la tierra guarnecida. Desdoblado y corrompido he tenido la suerte maligna de murciélagos, de látigos rompiendo en pedazos la voz y el nacimiento de las bestias deformes. No soy humano, soy breves soplos de dioses malditos e intrépidos que van uniéndose en sales, imprecisos en la imperfección de la incertidumbre.

Secreciones
Me oprimen el pecho de babas sobre las casuchas de los barrios, de las urbanizaciones y los centros comerciales en un aguijón asesino de alas, de miramientos y el rodar indecible de la agonía del bestiario. Era paciente la insolación de las lenguas rasgadas cuando el cansancio en vida se empeña dormir la siesta y el insomnio difunde el salado olor a luz. Vendrá suave la tempestad a descansar en mis sesgos de babas. Me escurro por las brechas, babear de anfibios hacia las fachadas del suburbio. Ya no entiendo si gritar o reír, ni siquiera morir ni nacer sino huir para soportar los embates de las babosas

Opacidad de los espejos
Qué demonio de eternidad pinta los bloques de las residencias en una tarde de invierno y mientras más se aleja el tumulto autóctono de este cruel destierro un camino angosto clarifica la carne de visiones atrincheradas. Sí, tragan del bullicio las movidas hojas por la otredad del marasmo, se precipitan en muchedumbres y buscan en las tiernas adolescentes lo absurdo del retorno inmarcesible de Sísifo.
—Escucho en el boulevard el silbido de los aurigas marchando y riendo tras el azul.

Reverberaciones
Anido en el dormitar de Safo, inmenso —y cuelgo de un aeroplano encontrando la autoconsagración o desesperándome en la húmeda caverna del lamento incendiado por voces fantasmas.
Ellos inhalan, se elevan, ven a dios comer panecillos, piden e indiferente la misericordia voltea el rostro. En la aquiescencia el fuego los consume, poseyéndolos hasta los intestinos y retorciéndose llenos de epilepsia gritan, gritan así tomando rumbos desconocidos entre las piedras.
No vida, vacío andando sobre las entrañas de dígitos y carbunclos que se alzan, se encumbran posesos de la resonancia e invaden los recintos en olas de caníbales enfermos. El viento modula el enajenar de la melodía. Una sombra chilla en la lejanía, no hay musgos para amontonar las deformaciones escapándose en la ruta de los pájaros y habito columpiándome en toda la alteza en el duermevela de Safo, inmenso.
  
Aquello en aquello
Son delgados suspiros aplastándome las sienes —sílabas que brotan resbalosas—; no cabe esta voz en la ciudad, no camina un hombre en los valles sino el restriego burdo de la bilis en la acera, inadmisible identidad en el aire. Ni siquiera tantear aquello en aquello, y me duele la espalda, las tristes olas en crestas uniformes del rumor tibio, de tus delicadas manos en mi frente. No bastó la fogosa lluvia para asesinar la monotonía de los cadáveres en los arquetipos y comprendí en aquel tiempo el por qué las aves poblaron la plaza azul de la catedral.  No todos los peces viven en el ojo subrayado de la fuente, nunca dije de Leda y Matilda cuando cubrían sus senos de postres en las oficinas y en los cines, ni de Ricardo y su amante de turno; no, no dije de la doble vida de Alberto cuando por las noches se vestía de enfermero y se hacía llamar Azrael o Israel, e iba a parar a algún bar para emborracharse y morir para nacer otra vez, ni dije de esas buenas amigas y amigos de cafés y de juergas cuando argumentaban detalles por detalles sus aventuras recién elaboradas en los desmadres, ni de Fausto, el artífice, al besar en frías madrugadas a la figura en el espejo gritando a toda lumbre la vida; no, no dije de aquel pecado imberbe en las habitaciones, de la envidia porque de pronto era toda una ciudad soñada en la sangre de los transeúntes.    

Cansancio del aire
Colectivo en la mejilla de la columna barroca, a veces en papel de sangre repitiendo cansancio del aire a tiempo en los balbuceos de un loco al comer basura corrompida o en el vacío conglomerado de la mancha amarilla del cuerpo estático, dando sombra al primer beso de golpe y sepultado en la necesidad de la desdicha de encontrar el comienzo en el final del fondo espeso y diáfano de la vida.

Imprevisto
El día pinchó la venida de los gusanos en ropas diluidas en la intemperie. La leonada noche cubrió espumas y en la ida miraban confusos, confusas con las almas en maleables huecos. Les asaltó el hambre, no comieron, el sueño y jamás despertaron.

Reflejos anónimos
Todavía hay ojos de cánceres y calas que suelen sacudirse lavados por anónimos. Pregunto sobre esta rauda raza dialéctica, para qué la angustia maldita de los complementos si tenemos que soportar la sumisión del paleolítico como si uno no fuera a matarse de increencia y donde veo podrirme hay cientos de carteles. Así contaré mis muertos con los ojos repletos de heraldos que suelen desaparecer en las calles.

La vasija de la ciudad
La suerte está echada en la calles, los hombres y mujeres ya no son. Cojo una vasija y orino en sus bordes —fumo un tragaluz a la brisa, todo se desmiembra en el no principio. Las mariposas beben de mi cuerpo, cuervos bermejos con sus humanos gritos atomizan un cuchillo de vértebra y plomo. La multitud se vierte en la vasija, sigo orinando las migajas. Los espumarajos en regocijo se destruyen construyendo mimos y escenarios, los orificios se contraen de ocasos mientras fumo y las mariposas beben de mi cuerpo.

En un café arte o casa de los artistas
Sentarme aquí y pedir un café, pensarme mientras los visitantes toman fotos cuando paso a preguntar sobre el subir por las escaleras de una muchacha de pelo revoltoso y del placer estético cortando las pupilas de cada uno de ellos o ellas a las seis pe eme.
Creo ver mi figura dilatarse en el cristal, el humo del cigarrillo envuelve mis dedos escurriéndose en protuberancias o al pasarme las manos por el pelo o el rostro. Poseo un temor no defraudado en los seres que confían en las obras de arte expuestas con minuciosidad en las salas. Ahora en los pasillos existen los residuos de las palabras, pero tengo pese a esta vorágine un profundo temor enorme por no defraudar a mis amantes es este cuarto devorador de imágenes.
 
Sonrisa de agua
Aún existe la loca andando desnuda, muy abiertos sus ojos lúdicos, el sexo estropeado por las luces clandestinas. Ríe de agua en los pezones, le queda poco tiempo para irse a pescar estrellas en la brevedad de la lluvia junto a la humana ciudad. Palmotea a ciegas escribiendo en el muro caricias de Sade y Masoch; de repente sonríe larga al comprender que no envejece, que el reloj de su cuerpo poco importa sostenerlo en los dedos, sino a la misma niña de sus alucinaciones.  
 
Despellejar espejos
Mañana vi despellejar la vida: el cuchillo resplandece, corta, apuñala y escapa hacia fuera, hacia dentro, toca, obra y hiere la sombra, toma y tuerce la desnudez de Narciso que revienta en un trozo de río desierto. El espíritu mana hirviente, actividad centrada en la herida. Promulgo y salgo huyendo hacia el anochecer cuando la humanidad quiso ser.
  
Acuarela
La canción es un aplauso apetecido entre los rostros. Hablo de mitos e inscripciones, de hombres y mujeres siempre reproduciéndose en la vastedad de sus ojos, tan importunos en frascos repletos de fetos y peces, de lagartos y anfibios; quise amanerar la brisa partiendo los coños azules, bebía árboles y perros mudos, extremidades llevadas en los pelos de los aborígenes y los caníbales vagabundos y en las delicadas bocas de ninfas borrachas. Amanecía perpetuo y llano matando el ocio, pero la melodía golpeaba sin voz la acuosa carne desgarrada de mi vista. Nadie resiste esta bienvenida sonriendo maliciosa hasta que la acuarela como canción se raya en nuestros pechos desfigurados.

Resurreccionar la vida 
Jugar a perderme entre los males preciosos, a simular mientras flaquean mis piernas y los temores amenazan partirme en dos. Mi alma nunca ha vagado por encima del bien, jamás ha producido el estallido de los nacimientos; debo despojarme de mi identidad terrestre: soy divinidad, alcanzo tocar a los ángeles y juego al desquite, a ser libre para ver mi cuerpo sonreír alegre de apatía dulce y hermosa, jugar por fin a ser el asesino de mi propia muerte.

A las siete exactamente
Aquí se adornan los pájaros y se posan a picotear el cielo fingimiento espejos. Aquí frente a mí ellas están besándose a chorros inclementes en lésbicas anatomías, mordiéndose los bajos vientres y las sales. Detrás de mí existen los mantras y los mitómanos escurriéndose en la lluvia de enero y otros días idénticos, escuchando asimétricos la levedad de la música y comiendo tostadas gringas. Aquí flotan las cabezas a las siete exactamente de esta noche tibia, en éste o aquel sonrojado enloquecimiento. Aquí los sueños son senos de mujeres machos a las triste siete de esta noche desdoblada en mis manos, aquí son ellos tan ocultos en el celaje de los espejos.

En mi rostro existen prototipos
Eso me pido una mañana: voy hacia el mirador y el quebrantamiento de la fotografía. Río tan impreciso que el manicomio acogerá mi risa de tragedia. Las nubes asientan el cielo, son lóbulos muertos. Traigo la mirada vacía y espléndida para formar la vivacidad de la lengua. Los edificios incrustados en mis ojos florecen en pesadillas, pigmeos recién perforados por corolas de tierra. Estallo incierto, diseminado por sombras y aplastado en la escritura mi rostro amanece dormido y despierto en estas manos cubiertas de sangre y vino.

Remanentes de una comedia
Vi a los bribones vistiéndose para la función de los machos cabríos, para ir a beberse de golpe el brindis en la ceremonia del seudónimo. En azoteas estaban los enfermos presintiendo como se deshacían sus pechos.
Hartos de comer en mis venas era colectiva la ceremonia. Agarrados de dos en dos pasaron a decir palabras prohibidas, se desnudaron y cantaron a tientas en las geografías sus deseos.
Marcharon hacia el albergue henchidos de esperanzas, el populacho hizo fiesta —como les llamaban los sectarios—, sembraron raíces en las aceras y cantaron… en honor a ellos, ritmos dulces, violentos, despiadados e hicieron de aquellas canciones himnos mientras todo anda apacible en las avenidas.

He temblado en el anochecer
He temblado en el anochecer y despierto en el bien de los deseos de la muchedumbre. Ellos y ellas reptan en el acaso, en los ramajes oscuros y ralos, en hombros, manos e ingles, en las piernas rígidas y perfumadas. Pulmones llenos, vacíos, azules. Aire sin aire, henchido, rojo y los albuminoides en totalidad salvaje ascienden por un bien, ¡qué descarne de luz y ventrílocuos!, bucle dramático y diacrónico de olas tragándose una a una las ramificaciones. El sol caía y los mutantes nacían temblando en la melodía eyaculada.
 
Convencido cerca de mi infancia
Todo el camino saludo las poses entretiempo; aplaudo, canto la fábula, tomo mi cuerpo aerodinámico y lo lanzo al abismo de  esta ciudad que traga mi sangre. Estoy alegre y veo que las cornisas secas retoman el verdor, pero esta alegría enfurece a los pillos que nunca entienden ni comprenden por qué el mundo se me mete por la boca. Me he visto infante murmurar los vestigios del hombre recluido a la sombra de la amante. Amo festejando dulces miradas, lucho por la convicción ontológica de un último verso paleolítico, amo alegre el milagro de sí ante el agreste paisaje de rejas. La humanidad no me reconoce hombre y doy la vida por aquella miserable tierra hondonada de islas y esqueletos, convencido cerca de mi infancia. La otra mitad sabe de la amante, de la dicha entregada y abandonada al bien de la estoica figura danzante en pernoctaciones y soy rubor travieso al darme cuenta que la vasta alegría floreciente en mis labios amarga a los pillos que nunca entienden ni comprenden por qué el mundo se me mete por la boca.

Precipicios de espejos
En la cima ardía fresco el ojo, abierto sin distancia a mis manos. Lleno de oscuridad blanca viajo en los vivos, en los muertos perceptibles en la voracidad de llagas verticales —etéreas a sol—, epifanía dulce de perversos demonios sumidos en la llama líquida de un murciélago sublime. ¡Quién ha robado mi infancia onírica! Tengo la osadía de vivirme más tiempo hurgando en la corriente del arroyo. En las nubes danzo tibio —astro— de humedad y fuego corrompido a son de campanas; la inlunación sube fogosa, histriónica al pobre corazón de la tierra a son de ladridos emancipados. Benévolo maldigo aquellos días: desde mi primera travesía llueve en los precipicios y una palabra de brea acariciará esos bordes, el revoltijo amarillo tirado en el fondo o en la orilla del arroyo. Perplejo y sin complicación levantaré los brazos, vendrán a mí a son de trompetas violines y gritos íncubos: duele, sólo he oído en el vacío negro del ojo abierto y permeable sin distancia a mis manos. Las lenguas lagriman blancuras, son exprimidas en la verde luz y su jugo sabe a sombras: duele, es indefinición cinematográfica regresando a mí a son de tambores, relámpagos y aullidos íntimos: duele, escucho a lo lejos y el ojo abierto como una rústica mano neolítica me traga con simulacro.

Elevándome en el día
La tarde detenida del todo, en lo que ya no existe, es gigante y la ciudad deberá dormir en mis sesos. En la demencia hay pretextos alucinados elevándome en el día. Los parques y las citas a ciegas se dejan caer en las calles y en el crepúsculo los habitantes de esta ciudad inferna corren en busca de sus atuendos y habitará la incertidumbre en el instante que el ser humano logre la obra maestra.

Coincidencia de los espejos
Los idiomas espejos no concurren, encontramos lenguas espejos y se rompen en transparencias góticas. Todos abordamos trasatlánticos, aviones, trenes iluminados y un sólo dialecto permanece abierto: nos movemos gusanos en arquetipos y luego somos dinosaurios del sombrero, perros de alas extendidas e invernamos sedientos y gentes análogas ante sus figuras proyectadas de existencialismo, de números y presencias sonríen, hacen gestos, diálogo de la coincidencia de los espejos.
 
Poema a media luz para un poeta
El poeta era mudo a media luz. Todo su cuerpo florecía en retinas, en él concurrían el niño y la niña, rostro azul y risa irónica y todavía resplandece en mejillas blancas un dios de huesos poseído por lujurias y sombras y espejos. No poseía alas sino ojos: creía entender a hombres desnudos y a las vírgenes las amaba desnudas.
Tuvo hambre sin hambre: comer cerezas y aspas. Comprendió que sabían hermoso, con temor probó vino: bebe animales y embriagado todo es sabor a liquen, a algas de un dios de negrura y espejismo. Dormía junto a aguas y arcillas, despierta junto a dichas y muertes.
El poeta que no era más que una libélula envejece de humanidad, perverso e inocente, purificado, y a media luz llora su pena dulce. En el lecho mira su inmenso corazón desvanecerse en sábanas y la poeta que no es más que un soplo vive en su vuelo terrestre.

La noche que nunca existió
La calle San Luis no existe: no existen las tiendas ni sus maniquíes, los autos han dejado de anochecer en los parques y las aceras. Intento otra vez caminar por esta sonrisa aérea: no existe la gente a ritmo de restaurantes y cafetines, se pierden en las lámparas. Voy paseando en la inexistencia de esta hermosa historia, no existen las palabras ni la luz y las huellas dejan de existir traviesas en el aire, en este irse desvaneciendo en la existencia escurrida en carteles, en un río arañando los cristales. La calle San Luis no existe: estos huesos, mis ojos, los sueños tampoco existen ni la lluvia ni el invierno, no existe la verdad ni la muerte, sólo existe un fruto gestándose en los edificios y los semáforos y los habitantes de esta ciudad reunidos en Mac Donald´s sonríen. Tampoco el cielo existe en aves, no existe esta voz de relámpago verde, jamás la libertad ni el miedo ni esta mano escribiendo light en la School Center de Whitman, ni el canto ni la música han existido, sólo existe un algo de no sé qué yéndose a dar abrazos prematuros en esta noche que nunca existió.

Al írseme cerrando los ojos
Qué pobres habrán enfermado de azar. Busqué la mirada y comprendí el engaño mismo de ésos que gritan cuando pierden los sueños y las vistas al mutar en dioses con alas. Se pluralizan cejijuntos y era el número de las maniobras en el estanque de los andróginos que buscaban desnudarse —las bocas son todas muecas como si el síndrome de Parkinson ha hecho asomo de canto sublime. Recolecto las migajas del agua y la avaricia penetra en algo filoso, frío y duro en mis manos. El cauce púrpura de la escenografía se eleva, caigo de bruces ante el espanto de los espectadores, juraba que me habían arrancado la piel al írseme cerrando los ojos.
  
Enterramiento de la luz
Son restos de mi cuerpo, no es del viento o de la tierra, son de vidrio y hueca carne, retratos vivos y mi existencia la doy en risas, en acto de agonía y aquella tumba son de humanos apenas, achaques residuos de luz que nacen todos los días en mi hígado, temblorosos de lluvia, con demencia tinieblas. La turbulencia prematura es la opacidad del bien. Esos tiernos metales del parque ahogados en legañas, tristes dibujos caídos y el reverdecer en todas las casas, en toda la dulzura son esqueletos bailarines apoyándose en el infierno. No dudo de los astros cayendo en mi rostro, allí de mañana no debo estar silente sino gritar las convocatorias en la epifanía de una tarde repleta de vértigos y estampidas. Son las tumbas tuertas encumbrándose en la alevosía de los rencores tan amarillos y tan blancos, dueñas de hombros sangrantes y de pechos destrozados en el creciente mal y el bien, levedad del viaje al despertar en oscuridades, desvaída lechosa, en aroma y licores anónimos que están prendidos en la oquedad de un demonio.  La luz en el parque mece el próximo augurio durmiendo juntos y no sé si sean de huesos o de sílabas, no sé si sean de cieno o muerte.

En brazos de la noche
Son catástrofes en la margen de la noche que aquellos temieron y temen la vida de los adyacentes —esconder de yesos y piedras en las axilas terribles.  Limpio la visión de las gentes y hay huecos en réplicas, un absurdo. Crezco excitado de centauros, en arrastres de eses prolongadas —deliro y la palpitación se levanta en los sauces y el nombre. Vuelve el sino a ser deletreable en las compuertas de un abismo despiadado. Fetal habito en brazos de la noche, derramo a fondo con la impresión de quien ha visto la matanza de una emigrante civilización que amenaza sus retinas.
  
La espera
Me aterra esta espera. Duele en los huesos de mis descendientes el sólo hecho, temo en ir y venir del intersticio cuando esto culmine. Qué será del miedo, no lo sé de cómo vaya a hacer poseído por espíritus malignos o por hondos cuchillos escribiendo un milagro en los vientos, y solo, debo esta espantosa agonía al silencio, a un silencio que me sale por todo el cuerpo ingrávido e incierto en todos los exteriores. Es apocalíptico verse allí como nada en la Nada, desmantelado y ser hueco, ni vidente, torpe. Pero algo también allí está esperándome  para purificarme y elevarme por encima de las estrellas.
 
Mito de la lluvia
Es tuyo el mito de la lluvia trepando la intuición del agua. Tu silueta inunda la luz y apenas moja tu mano. No, ahí no son tuyas las hojas que en ti se extienden: miembro suave y tibio en mi miembro mórbido y vehemente. He visto la ternura del odio, del amor y susurro el nombre, ese nombre poseído por la noche blanca, depuesto huérfano en el decurso de los males, pero ese pesimismo aún nos salva de esta horrible ensoñación, de ese mito fundado en el crepitar de tus dedos abiertos en el agua y nos retiene insomnes en la siniestra creación tan parecidos, tan diferentes buscándonos para el desencuentro en el atardecer, en la fuente miserable y torpe que guarecida en la margen nos destruye bajo el signo sublime de la poesía.
 
Demiurgo
Desde tu alado amanecer palpo esa frente estrecha, corrijo pliegues en el rostro tuyo no tuyo, invención terrena de humana sombra hecha de cartílagos y pulpos, débil y fluida, valiéndose de sepulcros y levita en pesadillas esta voz estrujada en mí y como un sino asmático no me comprendo hombre amargo y enfermo riéndose de la vida.
Bebo historias de bestias aladas que me hacen conocer el babear que repta hacia las estrellas, me alcoholizo de lenguas y satélites y esos satélites cubren mis sesos de ancestros, de melancolía, y desconsolada toda la leyenda cuenta los hechos en cosas que  irrumpen vencidas.
 
Blanda caracola
Aspiro ocres canciones eléctricas, ¿se detuvo el frío en definitiva? No. No canto apetecer el mezquino beso de los miserables, ni los números tibios, canto las canciones dispersas por ausencias y animalismos, por la mitad de los rostros que danzan en las ventanillas proyectadas en los edificios públicos, canto estas canciones para vivirme en sepas y enunciados, para creer en los limos de mi voz al pastar los merengues de Rasputín y Juan Luis. Mañana hubiese de vivir por la espera si conquisto parte de esta noche en los portales de los sueños como un apetecible mimo sin su rostro tintado de neblinas. Se detuvo el frío en la otra residencia de este sur platonismo o en la farsa licencia sintética de las calles, presencia de Odiseo pitando al perro del vecino orinándose en esferitas de plata, cantando este merengue apretado a mi blanda caracola. Redescubro el infante en la sal de los planetas heridos de tinieblas e igual no importa volver a la pianola de mis uñas trenzadas de revés. Esta canción en otredad parará a una distancia prudente y la gente dirá que el ruido de los altavoces enloquece, que morimos multiplicándonos en los conciertos de nadie, en las deformaciones. Busco en mis retinas el reflejo de mis pasos dirigiéndose a la plaza, canto el silencio mientras despierto sin lengua en el sueño.  
       
Alquimia del vino
De donde viniste el asombro enseñó a hombres y mujeres a ver la imperfecta desarmonía de las canciones y las danzas en un solo amanecido vuelo. Ellos y tú son bemoles y quebrantos poblando millares de astros. Quién eres alquimia extraña. Noviembre y su calor mudo se llevaron tus ojos tiernos de niña, de todo y nada —la noche se nubló incandescente, angelical, inquebrantable, de risas y sueños, de cantos y Baco inundando mi boca.
 
La otra Residencia
La vida muda se me hace, tan extraña, tan verdadera y aprendo a más vivir la vida. Sigo lanzándome a lo indecible de los rostros pasando con una incertidumbre cruel y patética —la cobardía se agudiza en la luz escapada de mis manos asesinas al encontrar la otra Residencia. Podré ser Rimbaud o Yelidá iniciándose en el himno prematuro de la noche, pero sin memoria de un Santo Domingo repleto de cuerpos descuartizados, lúgubres y de un hotel Escocia en sonambulismo e infectado de muerte. Pesadumbre, deletrear ángeles infernos cogiendo con esperanzas del árbol las caricias de frágiles serpientes eternizándose. Aún les sostienen las atroces penumbras de un Conde parido en lagartos y de gentes mendigas y lascivas. Sodoma era la anfitriona de un mundo agreste y ahuecado por la perversidad. Era el vino más amargo más dulce y los cigarrillos a medio quemar los fuimos tirando en las cloacas en donde los aullidos prenatales distorsionaban nuestra razón. Aquella historia triste tiene un comienzo entre la delgadez de la Esquizofrenia y mis sesos, en la teatral sinfonía de Shakespeare, el viento abismo y la Plaza España por si todo se rompía en las calles de tantos siglos inverosímiles. Todo entonces se calmaría en aquel cuarto de sangre y de susurros esclavizados. Son las tinieblas, son ángeles prendidos de las piernas endebles de un dios violento y maravilloso y daré el salto definitivo hacia un Santo Domingo iluminado por la lengua.

Qué tarde se nos ha hecho para echarnos a volar
El día aquel bajo la sombra busqué tu blanca sombra. Allí cubierta te dejé de mí suntuosa, emocionada, abrazando colinas de hormigas y alacranes, desnuda amplia, pequeña y este miedo de perderte me traga entero; y amaneciste aroma tuya a mi costado dando muerte y vida sin saberlo. Húmedo de todo en esta caverna era un octubre aureolado, impreso en nuestras mañas buscándose y así el día aquel coincidió bajo la sombra blanca como no nos pertenecen nuestros apellidos ni los nombres de Leda ni de Cisne, tan tercos y puros, tan golpes livianos de no sé qué, de celajes imprecisos mordiéndome la piel tuya dejada en mí por tu sexo en los despojos de diciembre.
Ser súcubo venido del cielo y el agua con la fiesta metida en la carne abrió el enloquecimiento. Cómo nos echamos no lo sé a volar por el crepúsculo y a casa de mis ancestros despertamos otros inocentes redescubriendo cosas. No te pido aquel rastro etéreo, ni mi vida posterior ausente de la blanca sombra del día aquel, sino la otra bajo tu sombra despedida por mi sombra y en la noche relativa a tus pasos me creí aeda y tan desgraciado busqué tu risa mía por encima de la palabra ola sin hache en mayúscula, y tal vez dos días después de los nacimientos quizás temblemos así en locura y qué tarde se nos ha hecho para echarnos a volar.

Queda la sensación de irme 
La madera roe los mares, espumas y olas. Los perpendiculares satélites son excusa de ternuras; alguien me ama por las remembranzas del teclado y los versos de Yelidá y Leda en un solo encumbrándose a distancia cerca por ellos y nosotros.
Dioses subyugándome a la enferma techumbre inacabada. Dos tercio de mis huesos padecen el ritmo, el desasosiego insomne del amor metido en el acaso presientes por los escasos temblores del alfabeto acoplado en los excusados, en esta burda historia y la canción penetra.
Queda la sensación de irme, ya no regresar a esta esclavitud sin sentido, perderse en la inmaleable voz y retornar con ella en mis glóbulos tentando el vacío del ahogo y las sales en suicidio. Ver los pasos parsimoniosos en la arena que las olas van borrando un noviembre en verano y el resuello de las espumas abrazándote a mí para darnos este inenarrable respiro que nos llama a soñar la triste apatía de la bombilla y el poema.



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2 comentarios:

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