miércoles, 16 de septiembre de 2009

Canibalismo



Decidimos abandonar el complejo muy temprano en la mañana antes de la clausura por varias razones. Sofía había cometido el lamentable hecho de ver al hombre a los ojos mientras yo conversaba con su compañera como una especie de complicidad por debajo de las ropas. En el trayecto de regreso a la ciudad, en el auto, comentábamos de las incidencias de los escritores apostados allí: unos leyeron historias parecidas a la macabra resolución de asesinar y comerse sus víctimas; otros, poetas al fin, sin necesidad les cantaron a la niebla y a la luz. Pero en un recitar de aquellos aedas fui persuadido por un extraño presentimiento. Sofía no se quitaba al tipo de la boca, pasaron algunos meses y continuaba con la perorata de los movimientos excepcionales del tipo en su acto de performance. Cuando a una mujer le coge con algo es mejor dejarla porque si intentamos detenerla en seco nos da la espalda, se porta o se vuelve fría y calculadora —bueno, así es su naturaleza—, huraña y ni siquiera podemos notificarle sobre su dejadez con sus compromisos de mujer. Pues bien, Sofía comenzó a portarse de esa manera hasta darme cuenta de todo.

El hombre, que luego me enteré de su nombre, se hacía llamar Claudio y la tipa que le acompañaba aquella vez no era más que su dama de compañía en ese momento. Llegamos a nuestra casa sumamente cansados, por lo menos yo estaba completamente abrumado y me metí a la cama sin darme un baño renovador de ánimo. Sofía quedó en la sala, puso por pretexto que debía hacer los alimentos que llevaríamos para nuestros respectivos trabajos, ordenar algunos utensilios de cocina, sacudir el polvo de los muebles porque permanecer tres días fuera, y más en donde residíamos, la casa se llenaba de polvo. Después dijo que se plantaría bajo la ducha.

Desperté en sobresalto y Sofía no estaba junto a mí. Miré el reloj despertador y era preocupantemente raro que se hallara en los quehaceres rutinarios del hogar a esas horas. Titubeé si me levantaba o no, aún rastros de sueños preexistían anegados en mi conciencia; pero lo hice, caminé hasta la sala en movimientos felinos para no hacer ruidos y sorprenderla in fraganti en la labor que hacía. La vi pegada delante del ordenador, muy entusiasmada, entreveía su rostro risible, mordisqueándose los labios, lo deducía por los ademanes de cabeza y la forma de cómo posicionaba las manos y de cómo movía sus dedos cuando tecleaba para escribir.

Dime, qué haces a estas horas pegada de la pantalla, pregunté molesto desde cierta distancia.

Sofía ni volteó el rostro sino que trató de incorporarse del susto que se había llevado. Trataba con diligencia salir de la página wed que navegaba. Detrás de todo eso pude notar un nerviosismo casi imperceptible para que no me diera cuenta en dónde estaba metida y cuando contestó lo que dijo podía leerse entre líneas lo tan nerviosa que se encontraba.

Ah, eres tú. Sólo revisaba mi email.

Pero no le puse mucha atención al asunto. Pensé que aquel asombro le resultó tan desprevenido por llegar así tan sigilosamente y tal vez era por los tres días fuera de casa.

Vamos, ven, métete a la cama para que descanses. Faltan unas horas para el amanecer y tenemos que ir a trabajar. Es que tú no te fastidia en hacer críticas y artículos. Deberías tomar el trabajo tuyo con más tranquilidad, acabé opinando con el tono de voz más condescendiente.

Tienes razón. Total, mañana continuaré, dijo apagando el aparato, pero con una distinción de tiempo.

En las siguientes semanas no noté nada particular en Sofía. Pero luego que nos separamos ella misma me lo confesó porque necesitaba estar en paz consigo misma y sentir su alma en transparencia. Las mujeres poseen la fascinación de mantener a cualquier precio la estabilidad en todo. En el evento de los artistas, en un momento dado, ella esperó que yo me entretuviera con algunos de los escritores para entablar conversación con Claudio, e intercambiaron impresiones de lugar, de que si éste o aquel artista eran mejores que un Juan de los palotes o un fulano de tal, hasta se dieron sus números telefónicos y sus correos electrónicos.

Comencé a sospechar que algo andaba mal en nuestra relación. No le puse mucho caso, sino que frecuentaba su oficina con sorpresas y regalos miserables en cada una de las fechas conmemorativas, es decir, había días específicos que eran motivos de celebración, y en esos días nos pasó algo increíble para querernos como lo hacíamos. Según los comentarios éramos una pareja ideal. En las visitas ella daba a entender indiferencia y apatía como que no le importaba lo nuestro con sus actos crueles, porque de buenas a primeras se ausentaba los fines de semanas fuera de la ciudad por cuestiones de labor, y yo, tan ingenuo, siempre le creí —y esa ingenuidad persiste, aún le creo a fe ciega, eso sólo lo hace el amor— como un buen payaso de circo que hace reír a los espectadores hasta por aventarse un pedo.

A veces cuando me telefoneaba a la casa que me había mudado en las afueras de la ciudad —seguimos siendo amigos por pertenecer a la misma generación de escritores— escuchaba su pastosa voz con oído clínico queriendo encontrar evidencias al referirse a su nuevo amigo Claudio, de las veces que lo visitó y de lo fantástico que se portaba con ella. Llegaron a salir en varias ocasiones, tanto que se influenció en eso del performance, porque cuando nos encontrábamos en la puesta en circulación de algún libro, en conferencias, en recitales y conciertos de jazz y blues en el teatro no dejaba de actuar como si estuviera frente a un público que sólo la observaba a ella, dueña del escenario con los grotescos movimientos que hay que hacer para ser mimo sin pintarse la cara de blanco hueso. Pero como el diablo está siempre atento a cualquier acontecimiento, Sofía y yo volvimos con algunas diferencias: me había jurado que nada que ver con Claudio, le creí, y que estaríamos cada uno en sus casas sin compromiso alguno, como dicen por ahí, amigos con derechos, de modo que sólo era acostarnos cuando se nos antojara hacer aquello por horas y satisfechos nos podíamos marchar sin remordimientos.

Sofía continuó con la amistad de Claudio, se telefoneaban dos o tres veces a la semana hasta que un día le saqué el sí para juntarnos un fin de mes en la casa de su amigo. Llegamos como a las nueve a eme y Claudio nos salió al encuentro con su amplia sonrisa de teatrero maldito, oscuro, digo, vestía ropas como poeta de la acción con algo experimental: traía pantalones cortos con sandalias y una camisa, todo de negro. No nos dio tiempo ni de desmontarnos cuando se nos echó encima señalándome en donde debía de aparcar mi ford rojo. Claudio vivía solo y nos acomodó una habitación como si fuera para príncipes de una dinastía o una lejana comedia de terror del siglo XV. Todo el cuarto se sentía húmedo, el ambiente viciado por un olor a muerte, a deseo, a locura, y pensé que quizás allí se realizaban actos impuros y descabellados como lo que somos en realidad: bestias con conciencias.

Nos sirvió el desayuno con sumo cuidado. Claudio hacía irritables modales presuntuosos dedicados al placer y a la adoración. A Sofía tales cosas le hacían reír sin parar. Perduramos largas horas sentados como imbéciles mirando el rostro regordete de nuestro anfitrión, oyendo sus historias de mal gusto, de la planificación que poseía con un viaje al extranjero, creo que a París y de los proyectos artísticos que elaboraría cuando regresara de sus vacaciones de trabajo. Lo cierto es que lamentaba estar junto a ellos, no me hallaba nada a gusto y maldije en mis adentros el por qué le insistí a Sofía que visitáramos a su amigo. Pero era muy tarde para retractarme, no volvía atrás cuando planeaba algo serio y más como aquello. A las dos nos cansamos de oírnos y decidimos ducharnos. Habíamos dicho salir un rato a algún bar de la zona antigua de la ciudad, pero al estar solo con Sofía le dije algo que cambiaría el destino o el rumbo de nuestras vidas.

Estás loco o qué, dijo ella desde la ducha.

Al menos seremos éso, no, sacar el poquito de sangre caribe que nos queda a flote, opiné detrás de la cortina de vidrio oscuro.

No te entiendo. Me estás asustando, dijo con algún fastidio.

No deberías, Sofía. Tú mejor que nadie sabes que pretendo encontrar lo sublime a costa de lo que sea, repliqué.

Diablos… crees que con eso serás un Rimbaud o un dios. No, no y no. No seré cómplice de algo tan nefasto, contestó abriendo la cortina de vidrio rodante del baño.

Ya veo que tú me crees cualquier burrada. Solo lo he referido a modo de juego cariño, dije echándome a reír.

Guardé silencio, era lo mejor que podía hacer para no armar una pelea con Sofía, veía que se estaba incomodando. Después que ella salió me introduje a la ducha, así tal vez se aclararían mis pensamientos, dejar de lado lo que presumía ejecutar y disfrutar esos días como un artista serio y circunspecto. Sofía me observaba de un modo extraño al mudarnos de ropas porque lo silente nos agarró la lengua a ambos, sólo nos dábamos miraditas con cierto temor, ella sabía que yo era capaz de consumar cualquier desgracia. Casi al salir del cuarto le comuniqué que no iría a ninguna parte, que —le di un beso— le dijera al gordo de Claudio, si quería, que nos plantáramos en la casa a tomar vino, puse de subterfugio que mi espalda procuraba reventar del dolor. Noté dudas en el bello rostro de Sofía pero accedió.

Claudio encendió su laptop para poner música alternativa y mientras degustábamos del vino y del placer de los blues y el jazz a él le sobrevino la magnífica idea de fumar unos cigarrillos de marihuana, nos invitó y tomamos la resolución de acompañarlo. Él los guardaba como medicina. Por varias ocasiones Sofía dijo que Claudio frecuentaba a un psicoanalista y este le había recomendado la droga para controlar los nervios y la sensación de desesperación que lo asediaban por las noches mientras dormía. Lo de las perturbaciones dije en esas charlas con ella que quizás le llegaban a través de un hecho muy arraigado en su subconsciente, no podía recordarlo y por eso recurría a la marihuana para aliviar su pena de niño. Y ahora que lo pienso con detenimiento reflexivo el amigo de Sofía acumulaba en sus modales, en su vocecita de ave serpiente (esto era por el énfasis que ponía en la pluralidad de las palabras y aún con reiteración en la ese) el signo de la homosexualidad y eso me daba cierta calma. Los tres fumamos lo suficiente como para perder la noción del tiempo y abandonarnos a los más bajos instintos. Claudio se lanzó al piso. Sofía tarareaba una de las canciones en inglés, si la memoria no me falla era un viejo video clip de Nina Simone con su gran trasero grasoso andando acompasadamente de un lado para otro del escenario. Yo me incorporé del asiento, recuerdo que dije ir a la cocina a tomar agua, Claudio quiso ofrecerse, pero como sabía llegar me las arreglé para que se quedara tirado donde estaba rascándose la barba que le cubría el rostro de cerdo. Cuando bebía miré un esplendido juego de cuchillos ordenados de menor a mayor en la meseta, tomé uno de gran tamaño. Al aproximarme a ellos lo ejercía con precaución, un animal al asecho de su presa y dentro de mí fluía la maliciosidad, lo diabólico, el retorcimiento de un ser lleno de sadismo, sed de sangre y loco por comerse lo que sea, porque es algo habitual después que una persona se droga con marihuana que le entre un hambre atroz. Sofía daba señales de estar como media dormida por la droga y el vino. Claudio cabeceaba con síntomas de igual procedencia; pero yo permanecía agudamente despierto como si el diablo guiara mi alma. Entonces levanté el cuchillo con mis dos manos y lo dejé caer con todas mis fuerzas en el cuello de Claudio, cosa que no sintió porque ni se movió, sólo alcancé oír un leve gemido como un ahogo o el chillido de una rata comunicándole a las otras su viaje al exterior. Se iba a desplomar, lo detuve antes de que su cuerpo llegara por completo al piso. Sofía seguía completamente dormida. Agarré su pelo enmarañado de escritor de cuarta categoría y lo acomodé de espaldas contra una mesita que se hallaba en el centro de la sala, aún no le brotaba sangre por la herida, sino que le chorreaba un hilillo rojo por una de las comisuras de la boca. Cogí la empuñadura del arma y cuando pensé extraerla, me pasó por la mente cercenarle la cabeza. Mientras cortaba sosteniéndole el cabello había apoyado su cuerpo en el piso para mejor facilidad. La sangre era el Mar rojo rodando por todas partes. Sofía continuaba dormida, profundamente dormida, lo sabía por los ronquidos. Al acabar de escindirle la cabeza a Claudio la llevé a la cocina y la coloqué en el fregadero. Lavé mis manos. Volví donde Sofía y me dispuse a tomarla en mis brazos para llevarla a la habitación, quiso como despertar pero le susurré que sería preferible y favorable que durmiera cómodamente en el lecho y no en un sillón porque podía pescar tortícolis de cuello. Preguntó por su amigo y le dije que había salido a comprar más vino, la despertaría cuando él regresara. La dejé allí, y supe que seguiría durmiendo hasta el amanecer. No sentía el menor desasosiego por el hecho, era como si yo estaba habituado regularmente hacer aquello. En la sala la atmósfera se volvía pesada con ese olor particular de la sangre humana que iniciaba a coagularse. El líquido encarnado facilitó que arrastrara el cuerpo regordete de Claudio hasta la cocina. Pasé parte de la noche limpiando aquel desastre y en el desmembramiento del cuerpo, cortando y fileteando las carnes y de cuando en vez le tiraba un ojo a Sofía por temor a que se despertara. Así partes de un muslo y los freí al vapor. El corazón lo ingerí semicrudo. Satisfecho mi apetito me dediqué como todo un chef a prepararle a Sofía un bistec encebollado con algunas de las viandas del muslo que no pude comer. Ella tenía la costumbre de levantarse alrededor de las siete. Tomé una bandeja, adorné el manjar con café, un vaso de agua y lonjas de pan integral que había visto en la despensa al momento de buscar las cebollas y los condimentos. Aún se encontraba dormida, coloqué a un lado de la cama el desayuno, quería alardear. La desperté a besos y dándole caricias en sus grandes senos almendrados.

Hey, despierta Sofi, te traje el desayuno a la cama pá que no te quejes de mí, le susurré abrazándola.

Por qué tienen que despertar a una. Déjame dormir otro rato, quieres, después haremos cositas como a las que a ti te gustan, dijo desperezándose.

No cariño, mira lo que es.

Levantó la cabeza con su pelo hecho un lío y se acomodó para que le instalara el manjar en las piernas.

Todos los días uno no se halla con cosas como estas y hay que aprovecharlas, le dije.

Tomó un sorbo de agua, luego el café y después el cubierto y el cuchillo para cortar parte del bistec y preguntó:

Y Claudio, aún no se ha levantado.

Sí, hace rato y salió como un rayo. Dijo que no tardaría y que estábamos como en nuestra casa, respondí.

Echó un trozo en su boca, lo masticaba muy lentamente agarrándole el sabor al filete. Por dentro me moría de la risa y con mi mirada la incitaba a que siguiera comiendo.

Esta carne sabe raro, pero está rica, expresó entre risas y mirándome con lascivia. Yo la miraba excitado; sí, me excitaba enormemente verla comer como toda una damisela, de cómo sostenía con sus delgadas manos doradas los utensilios de comensales, de cómo movía su quijada, de cómo se lamía sus carnosos labios untados de grasa. Tanto era mi excitación que pensé por un instante que llegaría al orgasmo.

Y qué pasó anoche, no me acuerdo de nada, tú sabes que borro cuando me emborracho y con la hierba que fumamos… Sabes, somos unos locos, no debimos fumar eso, me dijo un poco decepcionada.

Ya qué importa, lo hecho, hecho está, contesté.

Y mientras tanto Sofía continuaba llenándose el estómago no pude aguantar la risa, ni la excitación que nublaba mis sentidos. Una mixtura de placeres invadió mi alma y reía sin parar y esa risa se transformaba en carcajadas sinistras, y eyaculé a chorros como si le orinara el rostro a Sofía, al plato de la carne que comía con ganas. Riendo frenéticamente y manteniendo agarrado mi pene con unas de mis manos así me desperté de aquella terrible pesadilla.

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