miércoles, 4 de marzo de 2009

Poemas II

al írseme cerrando los ojos
qué pobres habrán enfrentado el azarbuscó la mirada y comprendió el engaño mismo de ésos que gritan cuando pierden las flores deseadascejijunto era el número de las lilas en el estanque de los hermafroditas —las bocas eran todas muecas como si la enfermedad de los nervios había hecho asomo de canto sublime—recolecto las migajas del agua y la avaricia penetra en algo filoso, frío y duro en mis manos —el cauce púrpura de las flores se eleva, caigo de bruces ante el espanto de los espectadores, juraba que me habían arrancado la piel al írseme cerrando los ojos


la noche que jamás existió

la calle san luis no existe: no existen las tiendas ni sus maniquíes, los autos han dejado de florecer en los parques y las acerasintento otra vez caminar por esta sonrisa aérea: no existen las gentes a ritmo de restaurantes y cafetines, se pierden en las lámparasvoy andando en la inexistencia de esta hermosa historia, no existen las palabras ni la luz y las huellas dejan de existir traviesas en el aire, en este irse desvaneciendo en la existencia escurrida en carteles, en un río arañando los cristalesla calle san luis no existe: estos huesos, mis ojos, los sueños tampoco existen ni la lluvia ni el invierno, no existe la verdad ni la muerte, solo existe un fruto gestándose en los edificios y los semáforos y las lesbianas y los maricones reunidos en mac donald´s sonríen. tampoco el cielo existe en aves, no existe esta voz de relámpago, jamás la libertad ni el miedo ni esta mano escribiendo light en la school center de whitman, ni el canto ni la música han existido, solo existe un algo de no sé qué yéndose a dar abrazos prematuros en esta noche que nunca existió


acantilado de las flores
en la cima ardía fresco el ojo, abierto sin distancia a mis manos. lleno de oscuridad blanca viajo en azul de los vivos y muertos perceptibles en la voracidad de llagas verticales —etéreas a sol— epifanía dulce de perversos demonios sumidos en la llama líquida de un pájaro murciélagamente sublime (quién ha robado mi infancia onírica {tengo la osadía de vivirme más tiempo hurgando en la corriente del arroyo})en las nubes danzo tibio —astro— de nieve y fuego corrompido a son de campana; el cielo sube fogoso, tántrico al pobre corazón de la tierra a son de ladridos emancipadosbenévolo maldigo aquellos días: desde mi primera travesía llueve en el acantilado de las flores y una polilla betúnea acariciará a esas flores, al revoltijo amarillo tirado en el fondo o en la orilla del arroyoperplejo y sin complicación levantaré los brazos, vendrán a mí a son de trompetas, violines y gritos íncubos: duele, solo he oído en el vacío negro del ojo abierto y permeable sin distancia a mis manosla sábana llora de blancura, son exprimidas como la luz y su jugo sabe a sombras; duele, es infinito como pólvoras estrellas regresando a mí a son de tambores, relámpagos y aullidos íntimosduele, escucho a lo lejos y el ojo abierto como una rústica flor de carne y condensación traga el sexo de simulacro


en un café arte o casa de los artistas
sentarme aquí y pedir un café, pensarme mientras los visitantes toman fotos cuando paso a preguntar a un afeminado muchacho sobre el subir por las escaleras de una muchacha de pelo revoltoso y del placer estético cortando las pupilas de cada uno de ellos ellas o ellas ellos a las seis pe eme—creo ver mi figura dilatarse en el cristal, el humo del cigarrillo envuelve mis dedos escurriéndose en toques de narices o el pasar de manos por el pelo o el rostroposeo un temor no defraudado en los seres que confían en las obras de arte expuestas meticulosamente en las salasahora en los pasillos existen los residuos de las palabras, pero tengo pese a esta vorágine mental un profundo temor enorme por no defraudar a mis amantes es este cuarto devorador de imágenes


aquello en aquello
son delgados suspiros aplastando las sienes —los resbalosos brotares de babas— no cabe esta voz en la ciudad, no camina un hombre en los valles sino el restriego burdo de la bilis en la acera, absurdo de identidad en el aireni siquiera hablarte de aquello en aquello y me duele la espalda, las tristes olas en crestas uniformes, del rumor tibio, de tus delicadas manos en mi frente, no bastó la fogosa lluvia para asesinar mi tedio en mar de muertos y comprenderías por qué aves poblaron la plaza azul de la catedralno todos los peces viven en el ojo rayado de la fuente, nunca dije de eva y lorraine cuando cubrían sus genitales de postres en las oficinas y en los cines, ni de ricardo el doctor y su amante de turno, no, no dije de la doble vida de alberto cuando por las noches se vestía de mujer y se hacía llamar natasha, oh sagrado travesti, e iba a parar a algún bar para emborracharse y morir para nacer otra vez, ni dije de esas buenas amigas y amigos de cafés, de juergas y de universidad cuando me contaban detalle por detalle sus aventuras invertidas, ni de armando el maquinista al besar en las frías madrugadas a su compañero gritando a todas luces el semen; no, no dije de aquel pecado imberbe en las habitaciones, de la envidia porque de pronto era una ciudad soñada en la sangre de los transeúntes


lloverá luz
lloverá luz sobre el jardín, bajo la sombra nuestros dedos serán unos y auténticos, comeremos frutas del corazón, nos embriagaremos de licor en las calles, entraremos triunfantes al paraíso y la morada permanecerá etérea—un gemido de lenguas derretidas. dos cuerpos correspondiéndose, elevándose, cayendo como hojas de otoño, encontrándose y naciendo como frutas de sueño, como frutas de sueño y luz

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