martes, 14 de septiembre de 2010

Poetas de las Miserias (Entrada #15)

Soluciones paranormales

1

Soy un ave creciendo. Y a veces caigo rendido, desnudo, enjaulado en estas cuatros paredes que me son ajenas a distancia. Alguien, todos los domingos, viene a visitarme, dice que aguante, que un día de estos ya no seré ave que pretende volar desde la azotea, pero mis esfuerzos van un poco más allá cuando me toma fotos en esta posición tan ridícula como normal: Permanezco en cuclillas, ahora mis manos se aferran a mis tobillos, soy un rollo de papel escrito de poesía, no, un ave con miedo, herida sin su plumaje. El médico indicó eso, saltar desde la azotea, dijo que ya no importa que no hable, porque en los actos está la esencia y si me arrojo desde esta distancia es como si hablara lo que me consume.


2

Aparto un latido en el fondo al volver. Ayer decía de la blancura de estas paredes, y penetran lánguidas por mis retinas huecas. Allá vemos como el ser humano se arrastra por migajas, un hambre eclipsada, fresca, mórbida resurrección en campanarios y penumbras. Está amaneciendo desde esta ventana que soy; puedo verme en la San Luis pasear y reír con Gina a causa de los maniquíes en las vidrieras de las tiendas. Siempre lo mismo con los chinos, los indígenas peruanos y ecuatorianos, llegan y se toman las tiendas para uñas y cosméticos de fantasía. Bordeo al alba sin la luz de la noche tibia como un jinete sobrio de misterio. Nunca nos reiniciamos. Pero otra vida cuesta en una mirada y así podemos hablar de siquiatría y banderas a media asta. Un legado a nuestro hijos que no posee precio. Cada noche, cuando vienen las damas vestidas de verde y rosa bloqueo mi mente y viajo a regiones impenetrables por seres autóctonos, no me agrada que introduzcan el fino metal en mi brazo. Antes sentía que un trozo de mi alma era extirpado mediante el tubo de metal, y ese líquido rojo era como la revolución Rusa desnuda con sus disparates. Pero ya puedo perdonar a las damas de verde y rosa aunque no sea justo conmigo mismo, ni me acuerdo. Es una satisfacción de vanguardia bloquear la mente para evadir la vida y lanzarme al vacío de la inmediatez.


3

Apenas soy alguien que consigue ser atrevimiento al reproducir una mariposa muerta en la resinas de los árboles. Se me ocurre destruir esta imagen y capturar el momento en que ella, la mariposa, sin saber su origen vuela entre las fibras resinosas de estas paredes blancas. Una pequeña mancha, se lo he dicho al conserje, en la pared norte dice que la historia es el resultado de la vida inventada. No da lo mismo crear un cielo terrestre donde pisemos con los pies un mundo lleno de promiscuidad, de asesinatos, suicidios, dioses corruptos y de gentes francamente estúpidas, que una tierra celeste donde se juega a un destino cruel. ¿Qué historia deseamos? ¿La historia no la hacen los hombres? ¿Se hace a sí misma? Miro como el sol deja su rastro y la mariposa vuela a reencontrarse con su compañera. No tenemos culpas de ser predecesores de una historia alada y refinada. Un pueblo que olvida su historia está condenado por necesidad a volver a repetirla y ni siquiera entenderemos de ella en nuestras propias narices, y no tan sólo eso, sino que la historia regresa en eventos, con distintos actores y protagonismos de seres incongruentes. Porque cientos de carteles, afiches, pancartas y letreros van por las calles en protesta de la gran marcha pacífica.

Unos dicen: derroten al enemigo.

Mujeres asesinadas gritan unánimes: disfruten vivir.

Los hombres y mujeres van deprisa llevando algo más pesado que sus cuerpos. Migran deseosos pretendiendo ver el pelo azul de las sirenas.

Adónde se dirigen, le pregunto a una mujer que come galletas sin descanso como una autómata.

Adónde se dirigen, pregunto nueva vez.

La revolución de la multitud es la clave para encontrar la cura, contesta un hombre viejo y joven a la vez.

Unos cuantos se dispersan por la revelación a un extraño, ajeno a la gran marcha domestica. Unos muchachos de unos doce o trece años comienzan a dibujar la boca de la mujer masticando las galletas, proceso de precisión y serenidad. Ayer fui al estreno de un filme. Hoy concurro a la gran marcha y no le quito los ojos a la mujer ingiriendo las galletas. Oigo gritar a coro: la enfermedad del hombre es el hombre. Querrán decir: la enfermedad de la humanidad son los seres humanos. En fila india la multitud se dirige al punto magnético. Ahora observo a una pila de cuerpos en una zanja: los que desertaron murieron cuando la pesadilla pobló sus ojos.

Pregunto por tercera vez al viejo que ya es joven: de qué murieron ésos.

Me mira de arriba abajo, indiferente, como quien dice, y tú quien eres.

Pregunto una vez más y el viejo más joven aún, dice: les agarró el mal tiempo de “Este Tiempo”.

Es lamentable que la gran marcha no pueda llegar ni cumplir la penitencia, le digo.

Sólo nos queda llorar a ver si pasa un milagro y la humanidad sane de su propia existencia, contesta sonriendo.

Esa tarde después de ver la gran marcha entré a una librería a comprar una revista de arte. Había muchas gentes, el lugar estaba abarrotado de clientes por la cuarta edición de un “Best Seller”. Pedían a gritos y comencé a imitarlos. Grité fuerte, tan fuerte, cosa extraña, un joven que estaba apartado del grupo esperaba tal vez su turno en silencio contemplando el reperpero, dijo refiriéndose a mí: Qué busca.

Sicoloanalizarme, contesté aún voceando y le mentí. Luego pensé, un tipo como yo pensando en sicoanálisis, bah.

Ah, paciente de término, expresó con una sonrisilla en su boca. Miré su tupida barba marxista-leninista con posibilidad de extenderse a su memoria. Los enfermos en su fase no se enojan, continuó diciendo.

Pues en este caso sí, es costumbre. Así entienden con presteza, dije irritado.

A qué vino a este lugar, preguntó.

Me quedé en silencio. Corre por mis venas una imagen. El análisis se vuelve inestable. Percibió como un maestro el juego de la cibernética, pensé. Sonrió abiertamente dejando ver sus dientes blanquísimos. Observó en parsimonia el texto de dialéctica. Después, casi instantáneamente, inclinó su cabeza al techo opaco. Los conductos del ventilador y las aspas de los abanicos de techos murmuraban el Eterno Retorno de Nietzsche, pensé. Me vio con un rostro risible y dijo: “Es el hombre en cuanto no se diferencia de otros hombres” y salió de la librería sin volver su rostro peludo. Pude verlo a través del cristal que seguía riendo a plena calle.



4

Tantas cosas iluminan mis tentaciones con las promesas de un día terrible. Muy, muy terrorífico. Qué diablos importa si tachan a confesión mis encuentros, mis ficciones, mis armas… almas, mis débiles mirares, mis giros, mis diabluras y diosuras; mi desdobles enfermos donde hay contradicciones, analogías y sufrimientos. Qué poco deberé ceder a tantos escupitajos, a tanta brutalidad. Son ellos los extraños dolores en las noches eternas que avecinan la torpeza de unos cuantos. Son infelices y no lo comprenden, son miasmas y mucho menos hacedores de personas nuevas que salen de todos los escondites de la luz.

Seremos entonces aparentes de cosas… cosas llenas de horror y maleficios macabros, conexiones como pretextos en algo que no posee ni pie ni cabeza. Se enaltece la vociferación a los vientos malsanos de la no hilaridad de las imágenes, y no hay dicha, esa dicha eufórica de fragmenticidad al dar, quitar, crear, sonreír a locura sagrada, gustar, romper, rendirte, abandonarte o gastarte en las infinitas imágenes del yo.

Hesse quizá tenga un poco de clarividencia y éste que aquí trata de vaciarse sólo retiene la oscuridad, el bizantinismo o la extraña fórmula algebraica de la muerte. Pues el conocimiento que trata de dar a otro siempre es locura y el eco no es más que una sinfonía sonsa y purulenta.

El espíritu racional nunca alcanzará a ubicar la ínfima fisura que existe entre una imagen y otra. Pero le entiendo. El espíritu irónico e irracional sólo canta y canta… odia y odia… ama y ama… hasta la mierda o el rastro de una babosa.

Lo contrario de la luz es la luz. Esto reduce nuestra condición a la apariencia y en ves de volar estaríamos cavando nuestra tumba.

Qué diablo nos anima a ser tan enfermizos y malogrados. Maldita sea sombra y luz, maldita mi voz, maldito mi consuelo, maldita sea, sólo sientes y ya basta… basta de tantos purgantes estimados y aclaratorios. No ves la pelambre de mis retinas, en mi piel de betún el escozor de la santidad y la satanidad. Si no te has asomado mira las flores que no poseen los suficientes días para florecer en el desierto sombrío de la humanidad. Todo esto me mantiene insomne, delirante. Son escorpiones aguijoneándome. El veneno feliz y letal va ocupando y me quema amargo, dulce de estupor. Es la intriga de otro mundo que asalta las pesadillas: cuántos ahorcados, cuántos acuchillados, cuántos cadáveres. Pero me compadezco. El cielo me trepa por las manos y mi cuerpo sufre la contaminación. Rendirme sería el milagro, la conquista… de la ciudad frente al caos de las imágenes, de mi aniquilación perversa, tuya Magi, ante mis incoherencias danzarinas. Tuya mientras los pétalos escriban. Tuya, absolutamente tuya cuando mi semen contraiga la boca. Tuya, es tuya la victoria vasta. Victoria. Hermosa victoria escrita frente a esta tierra. ¡Basta! ¡Basta!

(Sinfonía del Acrópolis

“a los asesinos más infames, a los crueles animales del abismo: a Caín deudor de muerte. a Alejandro y a su Bicéfalo corcel bruñido en sombras. no tenemos origen.

a Anaximandro y a sus indefinidas lamentaciones. a Sócrates y a su eterno conócete a ti mismo. brutalidad. dónde está la verdad de la mentira.

a los héroes miserables que pacen en el tártaro de sus aptitudes. a los mendigos exterminadores de pecados. la ciencia es el ala sombría de un ruido unísono, vasto… a los estados y sus guerras… no podrá Occidente ni Oriente hacer un ídolo etéreo en el acuario. a los infelices poseedores de la calumnia, a estos, santos invertidos. el arte sobrevivirá a pesar del silencio.

a París, dolor fomentado en la entraña del sol. al guerrero de la luz y a sus huestes prenatales. a la revolución inexistente de mis quehaceres, a esta fatal y mal habida insurrección dominadora me elevo en una plegaria dudosa.

a mis hermanos y a su séquito de piratas inconformes. a las luchas intestinales de los mitos y la creencia, a la aniquilación de lo trivial y lo opulento, a la exaltación del infinito y su finitud. alabo en bendición el encuentro de los cielos petrificados en sal y helio. nacido de tremendas contiendas, al infierno, que vomita azufre de hielo y ojos presuntuosos deseando romper y unir.

a los esclavos libertos… a lo clandestino roto en las caricias de Magi y su amante infiel en las tormentas. alucinación, a-luci-nación. a los pájaros migratorios y a las ballenas: poesía metropolitana y a sus gallardías preñadas de cobijos y campanarios… a esa droga letal de la conciencia.

a ciento de brujas y Mefistófeles argentos agonizando. a la lluvia infernal de la semana que no deja ir más de ayer a los estadios del cautiverio… a mis delirios y enfermedades insomnes. quijotada cinética, ergomanía ineficaz.

a la numerología y a los circuitos de los montes. al veneno dulce, amargo y agrio. a los jinetes del odio y a las imágenes muertas del estanque. contienda brumosa, patología en un sorbo de ajenjo.

infantes de la vida tengan el sueño de las macabras riendas de la confusión… a esta estocada de mí arrebatada y alborozada, a este cáncer melancólico perdido entre los significantes y los epítetos; a ti, maravilloso ser, bestia de catacumbas, animal de tiro, perro odiado y mentiroso.

a Goliat, Gregorio, a Juan Pablo, a Prometeo, a Jasón, a Trujillo, a Aristófanes, a Odiseo, al paria, a Hitler, a Garfio, a Pedro, a los Nibelungos, a Francis, a Pericles, al muro del Berlín derribado, a Rodas, a Santo Domingo, a Eritrea, a Alejandría, a Abisinia, a Troya, a Ítaca y a Santiago, nombres que evoco a esta maldita hora. a las personas comunes que trabajan y concurren a las tiendas. a los astros, al universo… a los dioses. a ésos otros que del ocio se nutren fantasmagóricamente, a los abalorios del cieno y la bobería. a los espíritus maléficos del Apocalipsis. a los rituales en carruajes de plata y oro, a los de hierbas y maderas que se incinerarán en el fastidio. Yo he cruzado como un relámpago el mundo para observarme…”)


5

Hoy dejo estas paredes en blanco.



6

En última instancia la cobardía nace en una luz pasajera en la sangre. Debería estar muerto a estas alturas, pero algo insiste en ayudarme a crear el disfrute de cada ola repleta de olores, colores y mitos prefundados en la nostalgia del ser en el no ser. Si no fuera por Magi, operadora de la naciente noche, hoy tendría la soga al cuello. Quise ser otra cosa y por su preocupación bien plantada en mis adentros recapacité por la simple inspección de la verdad bordada en su risa. Esta adecuación entre el instinto y la soledad me hizo ver la luz atravesando la agonía rotunda. Por eso la medida aquí buscada no es la exactitud sino la verdad.

Pongámonos vendas en los ojos: lo que no observo es sagrado y lo que ves es el abismo y el límite. Definición profanada. El axioma no le daría a un pez sin cabeza en cuanto que las culpas se cargan con las miradas vacías. Entonces qué pregunta surge: haremos de muertos a tan grave circunstancia de la vida.

Como decía, las ironías mojan la punta del odio, muero de ganas por saber cómo es que el cirujano crea del grito la belleza superficial y en la epidermis de una flor el latido supremo de los seres de humanos de “Estos Tiempos”. Pues a mi lecho voy cada noche vencido. Artificio rejuvenecedor como si alguien encendiera la chispa de toda activad orgánica. Porque las historias de amor nacen de las cualidades equivalentes de dos personas. El deseo me sobra de cómo es que la multitud se aferra a algo tan desconocido.

Toda inquietud es principio de accidente: holográficamente enciendo un trozo de mi sangre. Observo como las partículas formar esferas. Esta sustancia parte del propósito surgido en las hojas trituradas por una vaca dormitando la siesta: masticar, engullir y devolución para luego repetir la hazaña: masticar lo devuelto la noche entera. Nadie puede eximir el nombre entre la razón y el pensamiento. Es verdad: mentimos cuando perseguimos un fin. Esto es análogo a la perfección primera, por ejemplo, aparentar ser vegetariano mientras soñar con riñones e hígados es el principio de todo término.

Adónde vamos a llegar de un siglo distinto a la esperanza. Siempre al acabarse el día hay una puerta donde entran los habladores con la alegría colgada en sus bocas porque la aglomeración humana mira en el cielo la germinación del hueco. Escucho un estruendo multitudinario detenido en la raíz de una caravana de perros y perras que han venido a enterrarse con los hocicos atados. Las escenas son elaboradas en sus cuencos repletos de vacío: hay miles de formas impregnadas en la patología y la ontología del mundo como masa referente de ideas. Sólo es cuestión de imaginación en un día de tormenta. Todo está oscuro y la luz eléctrica no reaparece. Es tan brumosa la realidad que el medio día es completamente una noche cualquiera y no podemos ver más allá de nuestras conciencias. A veces el viento húmedo nos hace estar pegajosos por tanto calor: en la tormenta la lluvia no existe y nuestras vidas es falsa. A medida que la quietud se vuelve perversa el día se hace claro y los movimientos lentos como en una película de terror donde el mal suspende a la víctima: la elasticidad es la norma establecida en lo semiverdadero. Entonces en los edificios el sol entra por las grietas. Nada es tan cierto como esto: hay un alivio de esperanza después de un día turbulento.

8 comentarios:

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