lunes, 8 de febrero de 2010

Poemas de Valerio Holguín, Yorgos, Odysseus Elytis y Pessoa

FernandoValerio Holguín

autorretrato a los treintiséis

sospecho que he padecido durante mucho tiempo estos sueños rojos y fríos. como un ventrílocuo escucho mi propia voz que me habla desde fuera y me humilla los huesos

sospecho que me he desangrado, fumando en silencio bajo esta luz estridente. sospecho que te he amado a sangre fría en los atardeceres malva de Bloomington, Málaga o Santo Domingo, poco importa

¿por qué no habré entonces -como un aprendiz ebrio- balbuceado algunas palabras de las que hacen brotar la sangre?

me temo que sea demasiado tarde: el mes próximo cumplo treintiséis años y el encierro comienza ya a pulirme los huesos

es todo cuanto tengo que declarar


Amantes

hay un Tiempo que apenas nos pertenece   un Tiempo que habitamos en la fuga   contra el graznido del cuervo y su ala triste un   Tiempo que nos define en el reverso de la sospecha y de la fiesta innombrable

este Tiempo nuestro se piensa a sí mismo   y nos consume como un fuego, en la espera vertiginosa   en arreboles de encuentros y desafíos   donde la palabra importa menos que la mirada en la carne que se sabe amada

no esperemos a que nos tiendan una celada contra el alto muro de la noche enemiga y entonces sea demasiado tarde   no dejemos que las máscaras nos impidan alcanzar la montaña y su amplio cielo   no permitamos que nos arrebaten este Tiempo hecho de agua cotidiana y ternura   que plagiamos en la prisa

porque este Tiempo huye con nosotros hacia la carne   hacia el vértigo en la fuga   hacia un torrente de sangre en las sienes   para que al fin pueda ser nuestra la dicha de sabernos en la eternidad de un instante


autorretrato a los cuarenta

deseo declarar las incontables, sucesivas muertes de mis cuarenta años y la redundancia de lunas y palmeras que pueblan mis días y atardeceres frente a Sans Soucí

quiero contar -y el tiempo se me hace voz en la garganta- las imnúmeras peripecias, desvaríos de los días trocados en miedo y de las noches como arrecifes frente al mar quiero aclarar la disonancia del arrepentimiento en las palabras y el aire tibio de estas algas milenarias

quisiera hablar -y no puedo- de las horas en que mustios lloran mis huesos arrimados a un almendro quisiera contar -y no tengo el valor- los años transformados en ficción los árboles violentos de pájaros y hojas muertas amenazando los límites del sueño podría decirte -y sé que miento- que he adjurado de la fascinación por los rincones oscuros de sangre

quisiera decir heliotropo y ascienden del sueño a la memoria como los cielos de septiembre las anémonas furiosas que tanto odié se parece tanto al infierno, la memoria de estos días traslúcidos, insondables, que quisiera -de pronto- ponerme a hablar de la dicha y no tengo -he perdido- tu boca, oh muérdago celeste

quisiera, tendría que aceptar simple y diáfano el dolor que traspasa los días como una bala en el paladar de este cielo inmenso del Caribe


santo domingo, bloomington

esta noche
escribo
y me he pensado caminando
las calles vacías de una ciudad
(santo domingo, bloomington, qué importa)

me he pensado ciego
caminando
y no he tenido ni tiempo ni fuerzas
para sonreír
o responder al saludo de un amigo

me he pensado a mí mismo
mientras camino
y no encuentro una salida
a estas calles repetidas
que vuelven con los años
y riman como una mala prosa

he perdido tanta sangre en estas calles
que apenas puede mi voz
nombrar la fiesta sangrienta
en que dejé mi sed

he cambiado tanto en la espera
y soy el mismo
tan vulnerable
y otro
y tantos

me he pensado tanto
que apenas pueden mis piernas sostener estas calles
(santo domingo, bloomington, qué importa)













Yorgos Seferis

Santorín

Asómate si puedes sobre el mar oscuro, olvidado
del eco de una flauta sobre los pies descalzos
que pisan tu sueño de la otra vida, la sumergida.
Escribe, si puedes, en tu última concha
el día, el nombre, el lugar
y tírala al mar para que se hunda.
Nos hemos hallado desnudos sobre la roca esponjosa
mirando las islas emergidas,
mirando las rojas islas que se hunden
en su sueño, en nuestro sueño.
Aquí estamos desnudos sosteniendo
la balanza que se inclina al lado
de la injusticia.
Tendones de fuerza, voluntad sin sombra, amor calculado,
al sol del mediodía figuras que maduran,
carrera del destino con el golpe de la mano joven
en la espalda:
en el lugar que se dispersó, que no resiste,
en el lugar que era alguna vez nuestro,
se hunden las islas, ceniza y herrumbre.
Altares en ruinas
y los amigos olvidados,
hojas de la palmera en la basura.
Deja, si puedes, tus manos que viajen
aquí en el cambio del tiempo en el barco
que se acercó al horizonte.
Cuando el dado golpeó la losa,
cuando la lanza golpeó la coraza,
cuando el ojo conoció al extranjero
y se secó el amor
en las almas horadadas.
Cuando miras a tu alrededor y hallas
los pies segados,
las manos muertas,
los ojos tenebrosos.
Cuando no te queda ya ni buscar
la muerte que escoges para ti,
oyendo un grito,
aún el grito del lobo,
como tu propiedad.
Deja, si puedes, tus manos que viajen,
despégalas del tiempo infiel
y húndete:
se hunde el que transporta las grandes piedras.

"Aquí terminan las obras del mar
las obras del amor."


ROSA DEL DESIERTO

Rosa del desierto, encontrar querías con que herirnos, más, como el secreto que va a liberarse, te inclinabas y era hermosa la orden que aceptaste dar y era la sonrisa como una espada alerta. El ascenso de tu cielo animaba el universo, de tu espina se arrancaba el designio del camino, nuestro impulso se insinuaba desnudo a poseerte, era fácil el mundo, un simple latido.


DEJA YA DE RONDAR EL MAR

Deja ya de rondar el mar y los pellejos de las olas empujando los navíos, bajo el cielo estamos nosotros los peces y los árboles son las algas.


DIJISTE HACE AÑOS

Dijiste hace años: En el fondo soy un asunto de luz. Y ahora todavía al apoyarte en la ancha espalda del sueño, aun cuando te hunden en el pecho aletargado del pronto, buscas rincones donde el negro se ha gastado y no resiste, buscas a tientas la daga destinada a perforar tu corazón y abrirlo a la luz.


EL PAPEL BLANCO DURO ESPEJO

El papel blanco duro espejo sólo devuelve eso que fuiste. El papel blanco habla con tu voz, tu propia voz, no aquélla que te gusta, tu música en la vida esa que derrochaste. Puede que no vuelvas a ganar si lo deseas, si te clavas a esa cosa indiferente que te lanza atrás ahí dónde empezaste. Viajaste, muchas lunas viste, muchos soles, tocaste muertos y vivos, sentiste el dolor del bravo mozo y el gemido de la mujer, la amargura del niño inmaduro, cuanto has sentido se derrumba sin sustento si a este vacío no te fías. Quizás ahí encuentres cuanto creíste perdido, el brote de la juventud, el justo naufragio de la edad. Tu vida en cuanto diste, este vacío es cuanto diste, el blanco papel.


Odysseus Elytis

DEL EGEO

El eros, el archipiélago y la proa de sus espumas y las gaviotas de sus sueños en su más alto mástil el marinero ondea una canción. El eros, su canción y los horizontes de su viaje y el eco de su nostalgia en su más mojada roca la prometida espera un barco. El eros, su barco y la despreocupación por sus nortes y el foque de su esperanza en su más ligero oleaje una isla mece la llegada.


LOS PEQUEÑOS ÉPSILON (fragmento)

Las amarguras que el tiempo arroja dentro de mí las sustrae de mis poemas. Me he llenado de arrugas, para permanecer terso ahí donde nadie me recordará. Una rosa que se vuelve poesía te puede destrozar mucho más que un puñetazo que no se vuelve poesía. Millares de palabras se marchitan en los libros rojos, cuando una simple muchacha dispara. Al parecer, incluso para derrocar gobiernos -qué triunfo- se necesita la buena calidad. En la tristeza de la interminable mediocridad que nos ahoga por todos lados, me consuela que en algún lugar, en alguna habitación pequeña, algunos obstinados luchan por eliminar el desgaste. Con pleno conocimiento de que un día este planeta se congelará o se incendiará junto con sus logros. Ellos, otro tipo de héroes, son los que harán quedar bien a la alguna vez humanidad. Extraño: en nombre del humanismo, desde siempre los pueblos han dado dos pasos adelante y los poetas dos pasos atrás. No nos engañemos. No te haces vegetariano comiendo cordero pintado de verde. Que reduzcas un poema a su sentido esencial no tiene ningún sentido. Una cámara fotográfica oculta en la mala poesía nos condena a volver a ver aquello que hemos visto muchas veces -y a no ver aquello que nunca hemos visto. Seguramente la capacidad de observación es un gran defecto para el poeta que, al final, acaba tomando las nubes por nubes. Muchas mentiras esperan en fila para ocupar el lugar de la verdad. Al menos mintamos correctamente. Muchos en la poesía, porque resulta que son feos, proclaman que Dios hizo feo al mundo. Algunos incluso llegan más lejos: porque alguna vez estuvieron en peligro de ahogarse, insisten en que el mar no es azul. No percibes la magia con la interpretación de la magia, mucho menos con la descripción de la interpretación de la magia. O cantas, o callas. No dices: esto que hago es canto. Eso faltaba. Si los pájaros pensaran nos arrojarían piedras -perdón, quise decir excrementos. En nuestros tiempos se admira más al diamante que se vuelve carbón que al carbón que se vuelve diamante. La sensación del fracaso continúa siendo el buen conductor de las emociones en una mayoría a la que, queriéndolo o no, este complejo la domina toda su vida. Joven, recuerda: no te haces esclavo cuando te somete sólo quien tiene el poder -sino también quien lucha en su contra. Olor de los Textos: a madera húmeda en el fuego, o a hojas podridas, o a habitación vacía. Y más: a piedra ardiente en el sol, a establo, a cabello sin lavar de una mujer hermosa. ¡Pobre Guerlain! Cuidado con la emoción. Si es hechicera, no deja de ser embustera. De la misma manera en que a veces una palabra (no necesariamente bonita o rara) se vuelve el pretexto para crear todo un verso, de tal modo que esa palabra pueda encontrar su lugar preciso y resplandezca, ese verso, a su vez, por la misma razón, se vuelve a veces pretexto para crear todo un poema, cuyo contenido, si nació de dos o tres sílabas humildes, como sentido está tan alejado de ellas como un hombre completo del placer de un instante, que se volvió la razón de que existiera. Toda gran música, en el fondo, es un menosprecio de la muerte. Lo Uno y lo Absoluto que concibe nuestra mente es lo mucho y lo relativo de los demás, llevados a la claridad de la unidad. La distancia de la ``nada'' a lo ``mínimo'' es mucho más grande que la de lo ``mínimo'' a lo ``mucho''. Grecia es el país dorado de la Poquedad que inutiliza el valor del número; pero también el país negro de lo Desigual, donde ningún destino se corta a la medida dada del inicio. En la vida, que aciertes a algunas codornices significa: las mataste. En el arte: las resucitaste. El arte, aun cuando se dirige hacia la muerte, la sube; no cae dentro de ella. Y es por eso que cuanto más se agota la vida, tanto más la obra flota con la cabeza de fuera. Sólo que, a veces, algunos no perciben el espejo y se rompen la cara. Si hay algo que teme el artista consciente es que sabe que los cadáveres de las malas obras son peores que los del hombre. Es cómico, pero las palabras que te ayudan a vivir al otro le ayudan a matarte.


EL MONOGRAMA

Es temprano todavía en este mundo, me oyes
No han sido domesticado los monstruos, me oyes
mi sangre perdida y el aguzado, me oyes
puñal
que corre como carnero por los cielos
y quiebra las ramas de las estrellas, me oyes
Soy yo, me oyes
Te amo, me oyes
te tengo y te llevo y te visto
con el blanco traje nupcial de Ofelia, me oyes
Dónde me dejas, adónde vas y quién, me oyes
te toma de la mano por encima de los diluvios
enormes lianas y lava de volcanes
Llegará el día, me oyes
en que nos entierren y miles de años después, me oyes
nos convertirán en rocas brillantes, me oyes
para que sobre ellas luzca la crueldad, me oyes
humana
y en cinco mil añicos nos arrojará, me oyes
a las aguas uno-a-uno, me oyes
Mis amargos guijarros cuento, me oyes
y es el tiempo una gran iglesia, me oyes
donde a veces en las imágenes, me oyes
de los santos
surgen lágrimas verdaderas, me oyes
y las campanas abren en lo alto, me oyes
un hondo pasaje que permita mi paso
Aguardan los ángeles con cirios y fúnebres salmos
no voy a ninguna parte, me oyes
o ninguno o los dos juntos, me oyes
Esta flor de la tormenta y, me oyes
del amor
de una vez para siempre la cortamos, me oyes
y no habrá de florecer de otra manera, me oyes
en otra tierra, en otra estrella, me oyes
No existe el suelo, no existe el mismo aire, me oyes
que tocábamos, me oyes.
y ningún jardinero tuvo la dicha en otros tiempos
después de tanto invierno y tantos vientos fríos, me oyes
Que nazca una flor, sólo nosotros, me oyes

levantamos toda una isla, me oyes
con grutas y cabos y acantilados florecidos
Oye, oye
quién habla a las aguas y quién llora - ¿oyes?
Quién busca al otro, quién grita - ¿oyes?
Soy yo que grito, soy yo que lloro, me oyes
Te amo, te amo, me oyes.






 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Fernando Pessoa
 
Poema XXIX

No soy igual en lo que digo y escribo.
Cambio, pero no cambio mucho.
El color de las flores no es el mismo bajo el sol
que cuando una nube pasa
o cuando entra la noche
y las flores son color de sombra.
Pero quien mira ve bien que son las mismas flores.
Por eso cuando parezco no estar de acuerdo conmigo
fijaros bien en mí:
si estaba vuelto para la derecha
me volví ahora para la izquierda,
pero soy siempre yo, asentado sobre los mismos pies.
El mismo siempre, gracias al cielo y a la tierra
y a mis ojos y oídos atentos
y a mi clara sencillez de alma.

Del heterónimo Alberto Caeiro


El guardador de rebaños

Desde la ventana más alta de mi casa,
con un pañuelo blanco digo adiós
a mis versos, que viajan hacia la humanidad.
Y no estoy alegre ni triste.
Ése es el destino de los versos.

Los escribí y debo enseñárselos a todos
porque no puedo hacer lo contrario,
como la flor no puede esconder el color,
ni el río ocultar que corre,
ni el árbol ocultar que da frutos.

He aquí que ya van lejos, como si fuesen en la diligencia,
y yo siento pena sin querer,
igual que un dolor en el cuerpo.

¿Quién sabe quién los leerá?
¿Quién sabe a qué manos irán?

Flor, me cogió el destino para los ojos.
Árbol, me arrancaron los frutos para las bocas.

Río, el destino de mi agua era no quedarse en mí.
Me resigno y me siento casi alegre,
casi tan alegre como quien se cansa de estar triste.

¡Idos, idos de mí!
Pasa el árbol y se queda disperso por la Naturaleza.
Se marchita la flor y su polvo dura siempre.
Corre el río y entra en el mar y su agua es siempre la
que fue suya.

Paso y me quedo, como el Universo.

Del heterónimo Alberto Caeiro


Si, después que yo muera, se quisiera escribir mi biografía...

Si, después que yo muera, se quisiera escribir mi biografía,
Nada sería más simple.
Exactamente poseo dos fechas -la de mi nacimiento y
                                                                                   la de muerte.
Entre una y otra todos los días me
pertenecen.
Soy fácil de describir.
He vivido como un loco.
He amado a las cosas sin ningún sentimentalismo.
Nunca tuve un deseo que no pudiera colmar, pues nunca anduve ciego.
Incluso escuchar para mí fué nada más que un complemento del ver.
Comprendí que las cosas son reales y totalmente diferentes una de otra:
Lo comprendí con los ojos, jamás con el pensamiento.
Comprenderlo con el pensamiento hubiera sido encontrarlas
todas iguales.

Un día me sentí dormido como un niño.
Cerré los ojos y dormí.
Y, a propósito, yo era el único poeta de la Naturaleza.


Si muero pronto

Si muero pronto,
sin poder publicar ningún libro,
sin ver la cara que tienen mis versos en letras de molde,
ruego, si se afligen a causa de esto,
que no se aflijan.
Si ocurre, era lo justo.

Aunque nadie imprima mis versos,
si fueron bellos, tendrán hermosura.
Y si son bellos, serán publicados:
las raíces viven soterradas
pero las flores al aire libre y a la vista.
Así tiene que ser y nadie ha de impedirlo.
Si muero pronto, oigan esto:
no fui sino un niño que jugaba.
Fui idólatra como el sol y el agua,
una religión que sólo los hombres ignoran.
Fui feliz porque no pedía nada
ni nada busqué.
Y no encontré nada
salvo que la palabra explicación no explica nada.

Mi deseo fue estar al sol o bajo la lluvia.
Al sol cuando había sol,
cuando llovía bajo la lluvia
(y nunca de otro modo),
sentir calor y frío y viento
y no ir más lejos.

Quise una vez, pensé que me amarían.
No me quisieron.
La única razón del desamor:
así tenía que ser.

Me consolé en el sol y en la lluvia.

Me senté otra vez a la puerta de mi casa.
El campo, al fin de cuentas, no es tan verde
para los que son amados como para los que no lo son:
sentir es distraerse.

Del heterónimo Alberto Caeiros
Versión de Octavio Paz

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