viernes, 4 de diciembre de 2009

Un jueves cualquiera



(Presentación del libro Jueves (poesía) de Juan Gelabert)

Todo transcurre un jueves de poesía. El tiempo marca el compás melancólico en cada segmentación, un violín que parece ser el día marcado, la partitura y la tragedia que es esta especie mofada por una sociedad convencional y que no soporta la realidad del nuevo sexo.

Desde siempre estos seres súcubos, sodomitas, hermafroditas, travestis, lesbianas, homosexuales, como le quieran llamar, han existido. Nuestra sociedad alienada por una caterva de asociaciones minimalistas, bagajes donde el macho macho perpetúa el ritmo, no soporta que una persona común y corriente suceda o se acometa en su esencia. Por esto, los andróginos han gozado de la clandestinidad, reservando el empoderamiento de su maleable realidad de sueños. Algunos y algunas, que no aguantan y salen y gritan: soy y seré a pesar del rechazo, de las humillaciones y de los señalamientos ofensivos del mezquino acontecer que ni sabe dónde diablos está parado.

El nuevo sexo, que en estos tiempo ha conquistado a fuerza de siglos y de muertes, un lugar en los escenarios, rinde homenaje al arte, a la poesía, y aunque no ha sido un tema explotado con sinceridad por la tradición literaria de nuestro país (Rep. Dom.), hay artistas que se atreven a mostrar sus experiencias míticas y espirituales, transformando su realidad, su entorno, porque está contra lo mismo de siempre, en esa rutina diaria que vive la supuesta humanidad normal. Por eso el artista toma al Jueves, que es el día del travestismo y lo fabula en una historia llevada a la poesía que ocurre en ese mismo Jueves en diferentes instantes, en distintas verdades de vidas que nos trastornan y nos dicen: cuánto sufre este maravilloso y bello ser humano, y la poesía, esa que nos muestra una historia es casi inusual en la tradición poética de nuestros ancestros inmediatos, una tragedia que poco a poco va mutando casi en una epopeya citadina.

Por ahora no comentaré de la musicalidad del poemario, quizá deba enfocarme más en el ritmo interno de los versos, ya sea en versolibrismo o prosa poética, pero no, aunque importe la musicalidad, el tratamiento de esta presentación es dirigida al tema que trata el autor, del dolor, el sufrimiento de este personaje símbolo de una sociedad marginada, vilipendiada y torturada a base de siquismo hasta llegar al homicidio, al suicidio, a la estructura en sí de Jueves, no en los seis fragmentos, sino en la estructura poética-escritural que se ha apoyado el escritor. Como algo fuera de contexto, hay insertados poemas en prosa, partituras de música, tal vez proponiendo al lector de que hay una ruptura, una anomalía, un juego que nos sumerge y nos emerge en otro acontecer diario y vemos que el poemario inicia con una advertencia, abriendo un telón de teatro para mostrar, con el árbol edénico, de donde hipotéticamente toda la maldad se origina y ese origen es un final también antes de concluir el texto, porque a través de la muerte, quizá el personaje se ha liberado de su condición humana y no de su condición invertida por convicción de fe. Hay lamentos nostálgicos, susurros que enloquecen al personaje por ser —como ya se dijo— una especie oprimida, el otro sexo que no cuenta, y la añoranza por ser libre, ese sueño que se tropieza con la amarga y púdica realidad que vemos en revistas y periódicos de todos los días. Como tragedia al fin, la tiranía social cobra una víctima y todo es opacidad, casi una oscuridad en la trastienda de los centros comerciales, en las imágenes de un joven ahuecado por las explosiones, en los bares, en cada baile rito de los barrios enfermos que nos iluminan; en esa verdad que nos alimenta y nos dice que la alienación ha jugado un papel importante para que unos patricios sometan a torturas, desde cierta distancia, al personaje. Y él tirado en la acera, ve moverse por espacios encontrados en cada pestañeo, y reflexiona, piensa en su vida, en su familia, que no lo saben pero que tal vez se sospechan de su identidad de polvo y venida, en recuerdos que no serán ya más recuerdos, sino un jueves de cualquier semana. Observa los patricios reírse de su desgracia, que se vanaglorian porque uno del otro sexo ha muerto y es un poema, un acto, porque la poesía es eso, un acto que se acomete, y en cada muerte del íncubo, representa su vida, sus trastornos, temores que lo hastían y lo maltratan sin piedad porque ya no hay justicia que atestigüe. Sin embargo, en un suspiro de muerte, en un boquear de hipos, sintiendo que la grandeza se avecina, una belleza fugaz que lo muerde, va siendo perseguido por ángeles sin sexos en laberintos indefinidos; y entonces hay una luz, una mísera luz de misericordia que lo introduce en el diario vivir del barrio, una espera que se prolonga en el abandono herido por la música, por fantasmas que asedian y roban del closet la peluca, la cajita de maquillaje, las uñas postizas, las zapatillas de tacones, los atuendos de mujer.

El vacío que ahora persiste lo encontramos en la permeabilidad de lo moderno, en esa ansia de mutar en otra cosa que no se sabe en qué demonios mutaremos, pero que el personaje sabe que ese vacío del ambiente se lo debemos a la postmodernidad, al tecnicismo, a la tecnócrata resolución del ciberespacio manipulado sin consciencia. Y como todo cobra vida en este mundo de resurrecciones inverosímiles, las palabras son entes y estos entes se mueven y se creen objetos animados, imágenes con poderes mitológicos, el personaje de esta leyenda huye porque todo hogar tiene una historia. ¿Pero huye a encontrar qué? El semen derramado en las toallas o las sábanas a media noche, en las cloacas o en la boca, a encontrar a su amado imaginario que lo espera al otro lado del sueño. Lo onírico viaja junto a sus pestañeos, junto a las imágenes mentales al ver la muerte tan cerca de sus retinas, porque en el surrealismo y en el hipertexto o lo contextual el autor nos arrastra a aguas turbias, nos refiere a lo que será después de, como en un filme o una escena de teatro. En cada emanación de sangre de sus huecos, el personaje la vislumbra como si todas las aguas de infinitos colores lo inundan, lo asfixian y no hay rapidez, sino lentitud que se revuelve en un lagarteo de llantos, en un carnaval sin sus mimos y sus tonalidades de siempre. Toda premuerte es por necesidad un insomnio. Toda vida es por acopio cotinidianidad. Y a pesar del pesimismo de este personaje, existe tras esta circunstancia la elevación del personaje, eso que los monigotes de la criticidad llaman trascendentalismo. Como la naturaleza se lo ha negado todo al travestido y a las lesbianas: por ejemplo, la vagina a una y al otro su falo, la condición de retener a un embrión en su vientre a uno, al otro su incapacidad de eyacular semen, la menstruación, el no lunar cada ciclo, a una las tetas, caderas anchas, glúteos pomposos y al otro ese cuerpo musculoso que representa la masculinidad, no se abstienen y buscan y encuentran soluciones plásticas, recomendaciones de órganos y padecen ser las fotografías de la nueva existencia. Porque ahí detrás de la ventana dialogamos con nuestras pocas verdades, con nuestro lado femenino o masculino, que nos convencen y nos hacen dudar desde la triste prehistoria hasta esta ciudad de norte que el travestis contempla desde arriba, desde que su espíritu comenzó a desprenderse de su carne ultrajada, una larga peregrinación de la historia, de la inocencia que trasporta al personaje a nuestros primeros padres edénicos y de tanto en tanto la memoria se le va desprendiendo, y siente tanto miedo que en silencio, sin boquear la muerte, aprieta el polvo que no es polvo, crucifixión del jueves, patricios que condenan y demandan el sexo porque ellos en el fondo son maricas tapados. No obstante, el yo poético condena a los poetas que cuchichean dopándose de travestidos, alguno estallan en carcajadas, otros sin razón, gritan en cueros las palabras, porque no aguantan el sabor púrpura en sus bocas, un golpe bajo de amaneramientos inacabados como si se percibiera un asecho presuntuoso, un malabarismo de péndulos y oscilaciones que alcanzan ver un acoso siniestro, un rapto aristócrata y de bufones que ríen sin saber reír, porque como afirma el poeta: nadie va a la muerte sin que se sueñe muerto. Y como un aluvión inhóspito todo se descubre, se pone a la vista de los transeúntes del barrio, de la ciudad, ya no le importa al personaje que lo marginen, que lo señalen como un fenómeno, el del otro sexo, sin temor. Como por gravedad, con esa intensidad que caracteriza todo el Jueves, y pese al agonizar del personaje, en su casi conclusivo desenlace, aunque el temor del travestis se perciba ante su declinación, la poesía que aquí pervive lo encumbra hasta hacerse símbolo de su mundo inconvencional, volviendo una y otra vez a su historicidad poética para darle, como ya predije, un sentido de epopeya trágica, porque el que muere por una convicción de fe es una hazaña poco identificada en la poética de hoy. El yo poético una veces expectante y otra ya individualizada como el personaje del Jueves cohabitan con armonía casi irreconocible, sino fuera por el desdoblamiento de primera en tercera persona del singular y el plural, a veces extraños giros en los versos y en la prosa poética que nos remiten a una segunda persona que omite y calla la simbología del travestis, en el universo que se mueve, en ese cabaret de figuras desdibujadas, templo o altar de los sacrificios, pero el sacrificio verdadero de nuestro anfibio subyace en la urbe que se despierta y como el travestido es un poeta del acto acometido en su trasportación espiritual porque ya no le teme a la multitud, a ese hijo del patricio bufón, que viola sin piedad lo más preciado que le han obsequiado, la vida; y se va convertido en una mujer en su vuelo, por las calles del barrio sin remordimientos, con ese olor a luz en su sexo retorcido, reptar por placeres indecibles o indecentes, esa aberración que recuerda al padre, a la madre, a sus hermanos, su habitación, el incesto, al cuarto de hotel que todos los días se va a encontrar con su amante, y se engalana mofándose de todos, como si en verdad presintiera que el poeta la abrazase en el banco de un parque para consolarla y le dice que desea emigrar, irse, huir a un mundo donde su procedencia no sea humillada, donde pueda sonreír a sus anchas, sin el marcado y perverso nombramiento del otro sexo con sus tetas de trapos. El poeta afirma que la forma camaleónica del anfibio es todo hombre y es toda mujer amamantando. Y retumba una voz, un llamado a la liberación, a un dejarse ir por un vagabundeo de mariposas y flores. Pobre, pobre resonancia de campanas que daba lengüetazos y lamía las entrepiernas de los muchachos apostados en las esquinas, y no se sabe si por odio o por celos alguien le salió al encuentro para cercenarle la cara con astros y esa sensación de morir no se entiende ni se comprende, sólo ella sabe que él es ella y que en sus pestañeos moribundos, en ese lapso de tiempo microscópico, ha dejado su vida, ha donado su miserable vida en interrupciones de luces clandestinas, y mientras la multitud comulgaba alrededor del cuerpo del travestis, yo continué el camino para verme en el espejo.

6 comentarios:

  1. Valiente texto y lectura del libro del profesor Gelabert, que ya me he leído con agrado. Esperando que tu grito inaugure, aunque sea tardíamente, una tradición literaria en la República Dominicana, que celebre lo idéntico y aún prohibido dentro de los sexos. Recibe mi abrazo. Ha sido un placer leer lo que escribes en este blog.

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  2. Gracias Edwin!!!
    La poesia es eso. hay que descubrir...

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