lunes, 19 de abril de 2010

Poetas de las miserias (3era entrega)


5


El arsénico fue el polvo carnicero de los negros. Era una prisa nublada en el bullicio. Las voces unieron el relámpago en las retinas de aquella multitud agria y sudada. Busqué su rostro de muchacho sordo, mudo, apenado. Y nos encontramos en medio de toda la sangre tirada en la arena, recogida por la sequedad macilenta de los hongos venenosos. La isla almidonada está ahí, cuajada de marrón con sus ríos arenosos, partida a mitad, pisoteada por descalzos pies sin sentido. La vaca ha muerto al devorar la esperanza negra de entre las hierbas, quizá vino volando y tranquila posó en mis labios como una mariposa tierna y verde. Los bufidos han traspasado la frontera. Es como si desde Haití sus gentes llegan por millares. Surge un lacerante mugido torpe de carnicería y las lenguas se funden, crean un hormigueo babeante. Un singadero vidrioso de ojos que miran, son espejos apagados. Está prohibido escucho, pero me aferro al destazar del cuero junto a los frenéticos cuervos. Una vaca muerta en dolor y no deberá ser comida. Es una ofrenda a los dioses. Pruebo aún caliente el hígado dulce de las lilas. Todo es tan breve. Corto mi cabeza de buena res doméstica. ¡Ah!, secos los intestinos, lívida lengua perpetua, levanto en vilo mi propia quijada goteante en rojas sombras como triunfo y de golpe me desmiembro los cuernos que empiezan a amanecer en las blancas risas de los negros.

Pero mamá cuando era chica entregó lirios y lotos a su estampa de voz, formando rostros perdidos. No importó que ella castrara al chivo de mi hermana. Poco a poco a mamá le exprimieron el cerebro tan púrpura. La lluvia borró sus pasos en la blanca soledad de juguetes y aire. Henchida su mirada negó deseos aniquilados y dudosos. Papá cuando era un chico el sol le arrebató de su torso la verdad de verse increíble en las aguas. ¿Qué pensó al oír los peces desovando en los guijarros? No supo contestarme cuando la sombra derramó en el rostro de mi hermano la sangre de una mujer sin nombre. Entonces mamá con los testículos del macho cabrío lavó las puertas y ventanas de la casa para espantar a los muertos. Yo y mis hermanos nos alimentamos de los sueños, de mariposas y pastos. Vivimos en un mundo de brujería y de vacas. A mí, por cierto, me da por coleccionar gusanos en el cementerio de las garzas. A mis hermanos les dan por coger en silencio lagartos, culebras y escarabajos. Y por antipatía nos tragamos los miembros descuartizados de nuestro vecino de juegos. Pobre, pobre Caribe de rata enloquecida, nos dijo que sólo era un juego de caníbales. Mamá y papá no les importó criar lombrices en las sábanas. Fue la tos que les mató la sangre de personas come manos. Al verlos metidos en un girasol, mis hermanos y yo, pegamos los ojos en el techo resignados en secretos de alas. Reímos como larvas en sus podridos cuerpos y siendo infantes huimos a la ciudad para olvidarnos de todo y vivir.

Han robado algo de mi carne. No hay lugar a esta hora del día que soporte mi cuerpo. Hay cosas vivientes en la penumbra de mi voz, horror, demencia. El sopor melancólico de la vastedad me traga. Indolente saquea mi habitación de mujer. En la mañana habrá plenitud en las imágenes de piel y a veces las hierbas en conciertos nombran el ahorcamiento de las palabras que andan y se entregan. Soy la raza perdida, desierta y carnívora en el olor del fruto. Aquella lengua ahogada está floreciendo en la frialdad de mi pestilencia. En este cuarto de mujer el agua en luto recorre los retratos de las sombrías paredes, ranura a ranura, simulando este pedazo de tierra en duendes impúdicos e hipócritas. Quizá hoy me desmiembre en luz, en esa agonía retrasada que sostiene al fin la herencia de mis antepasados.


6

A la exposición individual de Mar fue mucha gente. Hasta de la capital vinieron. Hice fotos de los cuadros más espectaculares. A Aparicio le gustan las abstracciones. Aquellas pinturas que no dicen nada y sin embargo, lo dicen todo. Después que nos tomamos el brindis del evento, Mar con sus amigos y yo, nos dirigimos a un restaurante para festejar el éxito obtenido. Llegué a la casa dando tumbos, media borracha. Y aunque a Mar le entró con que debíamos ir a un motel, me negué. No deseaba joder. No entiendo por qué me agarra pensar en cosas raras cuando tengo un trago en la cabeza, a veces es cuando mejor pienso. Ya entre sábanas y corchas, en forma fetal, degustaba pensar en Aparicio y su poética. Porque sé que el talento no es algo que se decide ni nada parecido, eso está dentro de cada ser humano, para lo que sea o para lo que sirva, no importa. Es el caso de Aparicio, el artista, sea que esté contento con serlo o no, no hay manera de evitar esa sensación, lo es y se encuentra aunque no se lo proponga, lo da a saber con su mirada, con sus manos, con su manera de vivir y de ver el mundo; y vamos al caso de que escriba o pinte. Comoquiera, ahí hay un potencial en él y no lo digo porque sea un ser humano de los ex espacios encontrados, no, hay tanta gente que puede equivocarse y estoy segura que no soy la excepción. Siempre habrá intensidad, sinceridad, fuerza, lo cotidiano y siempre esa complejidad de imágenes, en el artista, malo o bueno, pero artista a fin de cuenta, y no es que valoro eso de mal artista, sino el esfuerzo, al ser humano como tal. Después de leer, ver o escuchar algo una se conecta, reflexiona, atando cosas y no es confusión o desconcierto, son otras imágenes que se van ensamblando en la memoria. Creo que eso no lo provoca un artista cualquiera o de los afamados, o esos que le llaman de tercera y cuarta categoría, los de la seudoliteratura, literatura light o paraliteratura, como sea que la cataloguen. Siempre le dije a Aparicio que sea, y que guardara fidelidad a sus instintos, y sí, a la razón, que en todo caso nos hará creer en la medida que se logre poner pasión y equilibrio a la creación. Pero, ¿no puede una persona tener su buena razón y no creer?, ¿un ser humano aferrado a los instintos es más creíble que el de la razón pura o viceversa? El artista (Aparicio) tiene que ser mejor cada día, porque ya ha comenzado a luchar desde el vientre de su madre por todo lo que hoy queremos y hemos aprendido a conservar. Sólo conservemos eso que nos hace ser quienes somos, en este pedazo de universo que amamos, que más que tierra y sistema solar, es un trozo de corazón y estamos aquí en medio de la nada, del cosmos, así corramos para llegar a los astros lejanos, nosotros esparcidos como horizontes. Porque es difícil imitar las descripciones, y por eso los símbolos inexplicables que explican o lo que no se puede decir con las palabras en un papel, es más fácil hacerlo en una conversación, quizá hasta discutirlo, por qué no. Voy a ser bien sincera, creo que nunca antes había hablado del artista, me parece que una vez dije algo, pero muy por encima, muy apasionada, sin distancia, sin imparcialidad, quizá muy subjetiva, no por el artista sino por la persona, la pareja, que no es necesariamente el artista y que no es el artista en todas sus facetas en todo caso. Aparicio, o lo que se asimila a lo artístico, es muy oscuro y trata de romper demasiado con la sintaxis, tanto que a veces duele, duele en el sentido que es incómodo por las imágenes, su modo de ser artista, no hay forma de ver de una sola vez esas imágenes, hay que digerirlas despacio. No sé que estaré diciendo con oscuro, puede que barroco o bizarro y por el uso excesivo de adjetivos y de manera reiterativa del sustantivo, el verbo, sino que a veces se siente como que ahoga y sé que el artista podría ser más limpio, menos oscuro, pero el artista se ha propuesto ser oscuro y le ha dado la gana de ser oscuro. El artista puede ser claro, sin complicaciones, eso dependerá de él, del giro o el rumbo que desee tomar. Puede volver al principio y comenzar desde cero, quitarse eso, qué sé yo, tal vez era más limpio antes de que se fuera del país, aunque usaba más adjetivos, pienso que si quitara la adjetivación de antes y retomara un poco la sintaxis podría ser menos oscuro. Al principio cuando me juntaba con Aparicio notaba sus escritos limpios, (pero hoy son diferentes) como luminosos, y no por el contenido semántico, sino por la estructura, se sentían claros, luminosos y cuando digo claro-luminoso, que son palabras cliché de la gente que hace crítica de arte —me estoy viciando—, es como que eran simples, digeribles y esto no quiere decir que no tenían profundidad, que no sean serios, que no sean diferentes, pero se sentían más cercanos a lo que el artista quería decir, por lo que concibo y no me mortifico mucho, pero hay muchas personas que se apesadumbran por lo que el artista quiso decir en tal o equis obra porque el artista es una madeja de hilos en las garras de un gato. No es un maíz —como se dice— entender lo que desea decir el artista, esa intención del artista, que a fin de cuenta tiene que ver aunque la gente lo entienda a su gusto. Un artista famosísimo ha dicho que el arte difícil o de complicación es el verdadero arte como el Ulises de Joyce, Kafka, las pinturas de Picasso, Dalí, el arte abstracto, entre otras tendencias, y aunque se supone que el gran arte es el complicado, ese artista no posee la verdad absoluta; y quién dijo que las cosas tienen que ser difíciles, es mentira, es falso eso de que tiene que ser difícil el verdadero arte, el verdadero arte tiene que causar emociones, aunque sea de asco o repugnancia, si no te deja igual y ha cambiado algo en ti, ya algo tiene, eso lo importante; y los artistas no deberían preocuparse si todo el mundo se emociona o no, por ejemplo, si es de muerte, todos nos entristecemos, o si es de amor nos sentimos enamorados. No, no, que le cause a los demás los que les vengan en ganas. El arte en sentido general no es ¿malo?, ahora, cuando no causa ninguna emoción o placer no es igual. Cuando no te provoca nada, ahí si es malo el arte; pero si alguien algún día dice que un verso, una línea de narración, un simple trazo en una pintura, un gesto de una escena de dramatización o el concepto de un filme, le brindó algo de placer estético, le produjo algo, algún sentimiento, ya de por sí ese arte está pago. Creo que Aparicio tiene una lucha consigo mismo, por ser difícil y a veces trae esas dificultades a su vida, debe dejar de hacer eso, es decir, para que tenga que crear difícil no tiene que trasladar las dificultades a su vida a su obra, no tiene caso que se lo haga difícil. Entonces, ¿pasará su vida entera siendo o tratando de ser difícil?, ¿se le va a ir la vida viviendo así? Y aunque es bello para muchos vivir así, pero también cuesta muchas lágrimas y se llevará mucha gente por delante y luego, tal vez, le dolerá llevarse toda esa gente; entonces no tiene sentido que el artista viva llevándose gente que quiere y no quiere por delante y viviendo difícil. ¿Qué le quedará en el camino?, ¿mucha creación para que la posteridad disfrute?, y él qué, ¿difícil toda la vida? Diré algo que he aprendido, y creo que con firmeza, en estos años que he vivido junto al arte: el ser humano no debe dejar que el artista le robe la vida a ese ser humano, los sueños, y no debe poner nunca su vida ni sus sueños por debajo de nada. Sí, el arte es vida del artista, pero eso no quiere decir que tenga que morir por el arte (dejar de vivir por el arte), porque entonces dejaría de ser la persona, y una persona no puede dejar de ser una persona. Tiene que dejar que el arte fluya de sus vivencias pero sin que el arte le imponga vivencias. A veces creo que Aparicio se impone vivencia en pos del arte, de manera inconsciente quizás, como un juego que no le importa mucho, planificando lo espontáneo en su vida, y bien, y eso para la creación es grandioso, pero para la vida como ser humano de carne y hueso no debería ser así, porque si no, si fuera grandiosa le diera un comino que termináramos con nuestras vidas, con la relación de todo lo que nos rodea, si lo importante fuera el arte en sí; pero hay algo que le importa de las personas de hoy, de mañana, el artista no debe dejar que eso esté por debajo de nada; siento que el artista se dejará guiar por esa forma artísticamente macabra de vivir, y eso está bien si desea vivir su vida, no soy quien para exigirle cómo tiene que vivirla allá con la tipa esa. Pero le podría dar un consejo como vidente que soy, o esas propiedades que dicen que tengo: el artista no debe dejar que el arte controle su vida, no debe dejar que las cosas que él tenga que crear haga que viva cosas que quizás ni siquiera pretenda vivirlas. El arte como tal es libre en toda su plenitud. Porque creo que el artista ha vivido bastante, y cuando digo vivirla no deseo decir que no haya vivido, sino que él ha pasado bastante, ha sufrido bastante y ha acumulado experiencias inverosímiles, muchas cosas, y hay personas que son octogenarias por ejemplo, que nunca las han vivido ni la experimentarán, cosas que asombrarían a muchos. Pero si Aparicio ya no quisiera eso, sino otra cosa, si todavía posee sus sueños, que esos sueños estén por encima del arte, porque el arte es un resultado de lo que uno quisiera vivir, no lo que se desee vivir sea el resultado del arte y que la creación artística no le dicte lo que tiene o tenga que hacer en la vida.


7

Criatura del bosque acunada en mis rodillas, estás como un centauro o como una perra parturienta. Aún no despiertes de la iluminación. Sin temor alguno dejas mis labios sangrantes y el viento alimenta las plantas. Florece esta leyenda al borde de los matorrales. Abre tu espíritu y nacerás inalterable. En tu corazón hay perfumes derramados. Euforia de cimientos y raíces. Los pájaros hermosean espléndidos tu bello rostro de cabra edénica, y son caricias cayendo a mi oído como un bullente espejo aferrándose a la carne. Me desvelo infortunada y deshojo tu torso, la maternidad no es otra cosa que dar sin restarle nada a la vida, creyéndote infiel a mis bajos y altos instintos; quizás cobremos sentido en la intriga de toda la humanidad. Decir la verdad resulta a veces el peor de los castigos: la luz puede cegarnos tibios, mojándonos de verde los corazones y el retorno a la inocencia sucumbe impreciso por amor a esta dicha que nos eleva tiernos y convencidos.

Culpables o no, merecemos el paraíso de los dioses que alguna vez entraron en la hinchada casa de retratos roídos y malogrados. Amantes o no, conquistamos el silencio de la palabra para reventarla y retorcerla con toda su miseria, vacío y grandiosidad. Hoy debería creer en las manos acariciando un gato sin pelos para tatuarle la etérea sombra de los vicios de la humanidad. ¿Para qué soñar en esta irremediable mitad de huesos de tierra? Dormiré a la hora exacta de la apatía y la discordia. Miraré por una vez en cientos y miles de lunas y soles oscurecidos resplandecer la dicha de aquellos y aquellas que humildes levantan pétalo a migaja los restos de la vida. Crean o no, la mezquindad de ángeles blancos cubre cada imagen caricaturesca de los flameantes contrariados y turbios. Las alimañas rojas, blancuzcas y púrpuras han corroído el lastre de ellos por magmas pasajeros. Pero aún algo nos queda por vivir y cantar. La vieja y decrépita esperanza nos roe el pan de cada humano. Sí, algo nos queda por lo que creemos y por lo que vivimos en esta triste historia de monos y polillas. ¿Qué buscamos en negarnos, en mentir ocultándonos en el Edén de los perros? Ellos son la excreción dilatada de un cosmos sidoso y florecido en larvas purulentas. Ellos son los dueños de circos y risas de closet. Ellos los comprometidos en las bocas de las hienas desde sus tumbas morirán otra vez. Culpables o no, merecemos un infierno digno de cielos podridos y de una cobarde mirada de odio, de arrepentimiento, de una mirada mendigante que nos haga sinceros humanos en un abismo a flote y de palabrerías hundidas en lo sombrío. ¿Por qué confundirnos en este océano miserable y pernicioso? ¡Oh!, nuestros nombres de vivos muertos en el espejo de la luz de un jueves castrarán las voces de los injuriosos y los incorregibles duendes de la casa inflada de retratos carcomidos. Al fin seremos dignos de ver la poesía con sus miserias y sus grandezas levitar por encima de nuestras comprensiones como un relámpago verde atravesando nuestros rostros. Debería creer en las manos tanteando un gato sin pelos. Dormiremos a la hora exacta de la apatía y la discordia, así, tiernos infantes sin distinguir un aliento. Pero aún algo nos queda por vivir y amar: la esperanza de que cualquier día todo acabe de golpe sin vernos. Aún algo nos queda por vivir en esta mitad de isla sonámbula, nuestros bríos de sierpes y de sapos rabiosos, de aves y de fantasmas en locura, de asesinos y de papisas patiabiertas.

Es viernes o era martes. ¿Qué se yo si los días poseen la simetría feroz de las retinas abismales? Tu voz. Esa voz sale de todas partes. Una voz de quijote que enluta el día fatal, cruel, macilento, prematuro traspasando la noche con la luz de los labios, abriendo de par a par el pecado de Cristo. Supe del silencio hablador mientras el otro silencio acuchillaba. No vienes a construir los ídolos de sal, vas por el mundo recogiendo las visiones parturientas de los poetas hermafroditas. Te lanzas a cazar los faunos y los arquetipos de cigüeñas. ¡Oh remendada puerta! ¡Oh impulso estrepitoso!, cuando descansas así, así al borde de las escaleras, te dejas rodar y de tanto balancearte que no te desplomas. Esto falta tanto en las proscribes noches al verme el Suicidio que casi no veo mi rostro. Mataste cada fonema, cada forma y hoy vengo a ofrecerte a Morfeo, a Casandra, a Diana en la misma ensoñación posible de las flores que retozan en la azabache menudencia de lo infinito. Debiste contarme la historia, pero no han transcurrido las notas etéreas de la música infernal en la escapada lengua de la humanidad. ¡Oh electrizante lagarto!, el crepúsculo dejó los despojos de tu reptar en el subterráneo de mis huesos. Ya no posees nombre, todos te pertenecen, tan pésimos que la risa en germinación pervive en cada victoria, en cada sombra… qué te vas acordar, Aparicio. Es viernes o era martes. ¿Qué se yo de días si la macabra desolación penetra en todos los objetos? ¿Qué sé de números treces si partimos para no regresar? Tu voz, Aparicio. Tu voz confluye en todos los nacimientos de las amistades desgraciadas, de aquellas que se encuentran en otros mundos para respirar temblores y melancolías. Era nuestra juventud tres veces por encima de las nebulosas, de esa leche nodriza que se descuaja al ser tirada por las calles vacías de las ciudades y los campos. Voraces no tuvimos compasión y asesinamos la fruición de ver las aves levantarse.

lunes, 12 de abril de 2010

Poetas de las miserias II


3

En el trayecto pude reflexionar lo de Ulises. En serio, pensé, sería el último plante. Nunca lo citaría a conversar de arte ni de sus comitivas de faldas. Dejaré a la suerte a ver si me llama cuando éramos unos muchachos llenos de misterios por la poesía. Marcos no ha dicho ni una palabra. Incito a que diga algo. Aunque ponga una de mis manos en su muslo ni mira. Continúa manejando con frialdad. Ahora rozo su hombro, voltea y me sonríe tierno, sus hermosos ojos brillan, movió insignificante los labios, quiso decirme o preguntar, eso lo intuyo, alguna cosa, tal vez espera la respuesta que le debo desde hace meses; pero aun no es tiempo. Se lo puse muy claro aquel día, yo había pasado por una relación caótica, que destrozó en pedazos cada materia atómica de mi cuerpo, tardaría lo suficiente en pensar sobre un compromiso serio, y dijo que estaba dispuesto a soportarme hasta una decisión justa, para venir ahora a actuar con desesperación y que tengo que darle una respuesta lo más pronto posible. Pero aun no es el tiempo, eso está claro entre nosotros. Vamos saliendo de la ciudad. Otra vez me mira con brillantes ojos de inocencia, ríe con serenidad y dice detenerse en un motel para estar a solas y hacerlo un par de veces seguidas. Me siento cansada, estresada. El trabajo en la oficina estuvo pésimo y más con el plante de Ulises, le digo. Justifica en meternos al motel, expresa que ya ha transcurrido una semana desde la última vez, que si no tengo ganas de, o será que sigo charlando con ese poeta maldito. No, nada que ver, manifiesto con voz casi apagada. Las ganas me sobran, pero no entiendes, estoy harta de cansancio. Mejor llévame a mi casa, concluyo. Marcos acelera el automóvil. Toma una de mis manos y la aprieta, desea metérmelo sin más que, porque eso es lo que malditamente prefiere, metérmelo, llevarme a casa y se acabó. Pero así no funciono. Diablos, cuantas veces se lo he repetido. Preferiría quedarme jamona a continuar una vida así con un pendejo de mierda. Si tengo una relación seria con alguien es para plantar raíces y no andar de aquí para allá huyendo, escondiéndome de nadie, y la verdad es que no deseo repetir lo mismo que me pasó con Aparicio. Al otro lado de la reja está ese vacío necio asesinándome. Marcos se marchó sin ni siquiera decirme hasta pronto. Tan fuera de humor estoy que me acuesto sin darme un baño. A media noche me despierto con un sabor lechoso y agrio en la boca, con mi pastosa lengua manchosa, con náuseas horribles de embarazada, ¡pero si uso preservativos cada vez que, y las veces que no, llevo en mi bolso Evital! Es extraño sentirse embarazada, con otra vida dentro de una, latiendo, dando pataditas, hinchándosele los senos, abultamiento de vulva, de piernas, de pansa, engordar un poco y los dolores de parto, ¡ay!, y corro hacia el baño y con singularidad está impregnado de un fuerte hedor a vómitos, como si alguien hubiera ido varias veces a vaciarse el estómago. Si acaso lo hice, no lo recuerdo. Estoy tan desinflada, tan derrotada que si estuve desandando los pasos, o me sumergí en un trance de sonambulismo, conociéndome como me conozco, fue lo menos peor que pudo suceder. Expulso litros de cerveza, gramos de papitas fritas, onzas de ensalada verde, libras de carne de soya, kilogramos de jugo gástrico en el lavabo [Es increíble y dudoso ver a una poetisa comer papitas fritas de Burgers King y vomitar. Aparicio siempre lo decía: el vómito es un estado de iluminación y ahora lo entiendo], no me dio tiempo de agacharme en el retrete y estoy vacía por dentro, tan liviana que puedo elevarme, tocar el techo, volar por cada compartimiento de la casa y desde arriba es tan distinto. Mareada, no sé si mi cabeza da vueltas y vueltas o es en realidad que todo en el exterior se confabula en movimientos para confundirme, porque toda la casa se compenetra en bruscas agitaciones, un hundirse sin llegar a hundirse. Casi en los límites de un desmayo, tropezando una que otra vez, entro a la habitación y avisto un bulto en el lecho. Cuando enciendo la luz pongo rostro de petrificación, boquiabierta, y como si fuese algo natural, sin oponerme, me echo a su lado, porque también considero ser posesión de ese cuerpo enclenque, que poco a poco lo voy destapando. Con sus ojazos de perro pastor, con esa respiración entrecortada y a la vez intensificándose, me doy cuenta que Aparicio es mi hombre, que está tan cerca de mí que puedo acariciarlo. Ya no poseo las náuseas. Los síntomas de los mareos han desaparecido por la emoción. Nausear cuesta dolor, dolores que menstrúan espejos e inquisiciones.

—A ahora qué te sucede —dijo con voz espesa de locutor radial de cinco a doce—. No creerás que sea un fantasma o una revelación de siglos que ha venido a cantarte una poesía pasada de moda. Sabes, aquellas personas no merecen que estemos aquí. Gina, por si las moscas, también hay que sacar el acta para dormir tranquilos…

—No sigas, por favor. Es mejor que vaya yo en persona —le dije, abrazándolo a mi pecho—. Además uno de tus hermanos labora allí.

—Pero es que no lo ves ahí, Gina. A pesar de eso no entremos en detalles de que si trabaja o no ahí. Lo importante es el acta y por eso no pretenderíamos agarrarnos en favoritismos de cuarta. Mejor hacer los tramites por el libro, no crees.

—Eso creo, Aparicio. Mejor que nadie sabes cómo son las cosas. Pasar por debajo o por arriba, comoquiera, da igual que sea uno de tus hermanos o no. Entremos a la fila, no perdamos tiempo. La fotocopia verdad que la trajiste.

—No. Pensé que la había echado en tu cartera. Qué tontos somos. Ahora tendremos que regresar y perderemos el turno.

Aparicio, poseído por el Diablo, me observa cabizbajo, reprochándome, encoge los labios, frunce el ceño con dureza; pero cuando paso mi mano por su pelo, todo lo contrario, afloja su rostro de pastor alemán, ríe con malicia, lascivo, con ganas de, y como si nos trasladáramos a épocas glaciares, a remotos incidentes del neolítico, como a la Edad de Piedra, donde no había pudor, donde la inocencia reinaba, nos tendemos en el piso al lado de la fila de la oficialía, sin preocuparnos de nada, a acariciarnos, a darlo todo en cada conjugación de besos, de lenguas enredándose, construyendo sílabas de salivas. Las personas que van a ordenar sus actas y otros documentos pasan sin vernos ahí, revolcándonos, cubiertos de polvo, semidesnudos, él metiéndome mano por la entrepiernas para hacerme gozar orgasmos, sentir mis babas que se escurren zigzagueantes y de pronto ya no quise gozar desde mi clítoris. Retiro su mano de mí, estoy incomoda, avergonzada, por la presencia de uno de sus hermanos que está también echado junto a nosotros haciéndose el dormido. Le doy la espalda, pero el muy terco continua incitándome, manosea pezones, aprieta tetas, mordisquea nuca, omóplatos, hombros, sopla orejas, susurra malapalabras, cosas indebidas, incesto, sodomía, posiciones Kama-Sutra. Los pies de las gentes que llegan y salen con sus actas casi rozan mi rostro. Murmuran que los de allí tardan mucho, otro día no regresarían a recuperar extractos de actas de nacimientos, se irían a la capital, porque allá, aunque había que sobornar por arriba y por abajo las cosas se daban con mayor naturalidad. Aparicio sigue instintos —por lo menos yo he recuperado un poco el pudor aunque continuo en cueros, de espaldas a él y dispuesta a—, y de forma fetal, con ganas de hacer y venirme, sigo inclinaciones de nalgas, abrir un poco, porque siento su dureza caliente hospedada desde hace rato entre mis posaderas. A ritmo de poseía, con esa musicalidad interna en las palabras, con acciones de oficinas y tecleados, con murmullos de personas que si el de la ventanilla no se da prisa demandarán al Estado por emplear a unos maricones que tardan en atender a los clientes y a ciudadanos responsables que pagan sus impuestos como Dios manda, por la raya. Entonces, sin perder oportunidad, me la mete por detrás, con lujos y detalles. Sólo al inicio de los contoneos y fricciones padezco dolor, pero cuando la cosa toma rumbo recto y arremolinado, intensidad de proporciones en ángulos obtusos, la incomodidad desaparece y me viene placer de culo hacia dentro con gemidos de poesía, porque eso es eyacular poesía de óvulos y deyecciones. Aparicio al parecer no ha llegado a, y presumo armar lío de masturba y masturba a tu hombre para que venga; pero mi hombre no se deja, se resiste y concluye diciéndome que es mejor ir a buscar las fotocopias, porque éramos tan tontos que vivíamos para hacerlo donde se nos antojara. Con sus ojazos de perro pastor, con su delgadez de esparrago sufre sudores de fiebre en silencio. Su cuerpo es una sola gota de fiebre en cuarenta o ciento cuatro en escala de Fahrenheit. Cuando acabo de quitarle la colcha y la sábana, están empapadas, no sólo de sudoraciones sino con ese apestoso olor a cigarrillo que tanto me conmueve. El pobre tiembla. Dice sentir contracciones en el pecho, que le traiga agua y el frasco de las pastillas de los nervios, los analgésicos antigripales y… Lo interrumpo porque duele verlo así y le digo haré té de hierbas y limones, la doctora lo ha indicado y mañana te levantarás como nuevo, como si no hubiese pasado una mala noche de calenturas por un simple virus pescado en la oficialía.


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Por casualidad pude levantarme con esfuerzos indescriptibles. Llamé a Marcos para contarle cualquier cosa por pretexto. El muy Mar no podía recogerme. En la tarde, expresó, tal vez nos encontraríamos en la Plaza junto a la catedral y desde ahí iríamos al Gran Teatro a los Lunes de Jazz. Mar necesitaba buscar algunos materiales que faltaban a la capital para su primera exposición individual en la Galería de Arte Morel de la calle Benito con Máximo Gómez. En pelotas me introduje a la bañera. Abrí el grifo y dejé que se llenara casi por completo. Debía relajarme, tomar con calma aquel día. No pensar en nada. Llevar mi mente a la blancura, a un espacio sin nada. Pero en vano induje estar en blanco, porque vinieron a mí imágenes de las pinturas de Marcos, rememoraciones incongruentes, colores dulces y amargos, cuerpos danzando desnudos, asuntos edénicos y de golpe dije en susurro de burbujas que debía tomarles algunas fotografías y enviárselas a Aparicio por correo como cuestiones postales. Le sugeriría que tendría que comprometerse a hacerles algún comentario, a ver que dice de ellas. Como tardo mucho para higienizar cada hueco de mi mundo, siempre pongo a tono el reloj despertador al meterme al baño. Casi dormía sumergida en la bañera y el timbre me despabiló. De un salto de gata salí corriendo a vestirme. Llegaría otra vez tarde al trabajo. Año por año hago promesa de llegar a tiempo a la oficina. Día por día, cuando me despierto, me digo: Hoy llegaré temprano. Pero por más que me lo reitero nada sucede, como si viviera de los contratiempos a voluntad. A Aparicio, no sé si ahora, le molestaban mis tardanzas. Si me pasaba con algunos minutos demás, me lo reprochaba, decía que no tenía ni el más mínimo sentido de puntualidad, que era una irresponsable con las citas, que lo hacía a gusto para mofarme de su tolerancia; cabrón singamalo, que se creía, que yo no poseía mis compromisos conmigo. Las personas que laboran en la oficina me observaban extraña cada vez que llego tarde. Ni hago caso. Sólo cumplo con mi labor. La jefa del departamento nunca me ha llamado a su oficina para tal motivo. Sin embargo, cuando me manda a buscar con el mensajero y no lo hace por vía telefónica, se me aflojan las piernas. Pero sólo es capricho mío, nada que ver. Son para otras estupideces. El viernes pasado me mandó a redactar una carta invitación para la embajada de Haití. El asunto, según, era altamente confidencial, nadie en la oficina debía enterarse. La jefa dio detalles, que a mi entender parecían excesivos, hasta el presupuesto del evento tuve que cuantificarlo, hacer contabilidad de los alimentos, de mesas y manteles, de los adornos y etiquetas con los nombres de los invitados, de las sillas y de cómo había que ir vestidos. Después de los saludos cordiales, ella recomendó que la notificación debería ir en español y traducida al creole y francés; además, el en cuerpo delito —así lo califiqué— se percibían ciertas anomalías, evidencias que me llevaron a comentar el hecho con Marcos, y con Aparicio a través del chat. Según Mar, sólo eran cosas de diplomacias que no nos correspondía resolver, que si en la invitación mi jefa quiso alterar su contenido, haya ella con sus compromisos de funcionaria gubernamental y que dejara las cosas como estaban, que no me metiera en eso. Pero al contrario, Aparicio estaba con mis opiniones, comentaba desde el chateo que la encargada de asuntos exteriores para la otra mitad de la isla en sus recomendaciones al redactar el documento, le exigía al gobierno de Haití buscar conjuntos soluciones para la legalidad de los indocumentados, el tráfico de armas y personas, la influencia del narco y que cooperara con la solidaridad internacional de los países de la región, que contabilizara la milicia apostada en la frontera, conjunta con las de la ONU y que las visitas realizadas últimamente de algunas ONG sensibilizaban el estado de paz de los dominicanos. Claro, y al final, como sospechaba, Aparicio dijo algo tan macabro, tan inconcebible, tan de terrorismo que se me rayaron los ojos. Al parecer hay una fuerza diabólica que promueve la unificación de la isla, que desde hace mucho tiempo esta malignidad nos ve desde allá como si fuésemos una sola cosa indivisible y que por eso nos han tirado el problema haitiano como una vianda de carne a unos perros sin domicilios para que nos jodamos más de lo que estamos jodidos. A la hora del almuerzo, aquel viernes me fui a reflexionar, como ahora, sobre este asunto pendejo al restaurante de la Calle San Luis. Y no es que sea una xenófoba, no, sé de donde vengo, se quien diablos soy. Existen tantas diferencias que sería impertinente mencionarlas en secreteos para que nadie escuche, sólo yo decírmelas, ni pensarlas siquiera, todo el mundo sabe y más las instituciones y los gobiernos que piensan que somos una misma vaina. Se equivocan, somos dos pueblos, dos razas enteramente distintas cohabitando una misma maldita isla en el Caribe.

En la tarde me encontré con Marcos en la Plaza. Tomamos helados de nueces y ron pasas en Mac Donald’s. Habló de su viaje fugaz a la capital. Trámites de colores y poesías, que según él no es poesía y que para mí sí es plástica poesía. Nos dirigimos al teatro. Decidimos caminar un poco por la Del Sol. Yo se lo exigí. Deseaba acordarme de épocas de lluvias y este era el mejor día. Después iría a buscar su auto aparcado en uno de los centros comerciales de la ciudad. La orquesta de jazz había hecho su primera intervención, el ambiente estaba caldeado y también me enteré por una pareja de mujeres artistas que conocía, pero que raras veces conversaba con ellas. Cuando Mar me iba a dejar frente al bar del teatro, dijo que nunca antes hubiese sido tan feliz. No contesté. No le creí ni una sola sílaba. Sonreía dando hipótesis de que yo lo sabía. Quiso besarme y lo rechacé ofreciendo una de mis mejillas. Trataba de buscar mi boca y al ver que lo esquivaba, desistió de mi ofrenda y no llegó a besarme, me abrazó con mucha fuerza y lo necesitaba, sentía un abismo en la espalda. Mar hacía rato que se había marchado a buscar su carro, y la orquesta iba por su tercera interpretación. El solo de piano, un blues, que luego pasó al saxofón y después toda la orquesta llevaba el ritmo acompasado (ese contratiempo ineludible) y sincopado de la melodía me trajo omnipotentes instantes de Aparicio. Reflexiono muchas veces que hasta cuando viviré con la situación de recordarlo por cualquier nimiedad, y me digo, ya basta Gina de pendejadas, ponte en lo tuyo y borra a ese enclenque tísico. Pero endiabladamente es inútil, viviré con esa carga toda la vida, con ese pedazo de poeta de mierda. A principios que Aparicio se marchó fuera del país, le comenté algo sobre jazz en un correo electrónico y a la semana siguiente me mandó uno sobre la evolución histórica de esa música, dijo que era un artículo, que no sabía de dónde lo había sacado, pero que lo aprovechara porque cosas así no se daban todos los día. Dudaba de la procedencia de tal artículo y comencé a investigar su origen en la red. La duda me venía por la sintaxis tan bien elaborada, como si el escrito fuera copia de una enciclopedia o estratos de documentos relacionados con la historia del jazz. Pasé varias semanas rastreando, haciendo comparaciones de oraciones, preposiciones y conjugaciones verbales, encontrando similitudes en uno que otros compendios. Le comenté algo a Ulises, y me recomendó que no jodiera con el asunto, que lo dejara así porque no valía la pena. En una página web hallé algo. Ahí estaba la historia del Jazz. Leí con detenimiento e increíble, Aparicio o quizá otra persona había copiado casi con exactitud lo que leí con preocupación (podría estar equivocada), salvo algunas cosas que presumían ser parafraseadas y en otros muchos párrafos se notaba que eran totalmente distintos. Nunca le reclamé a Aparicio por esto. No sé si hice bien o mal. Total, si lo intentaba siquiera, Aparicio con su labia de poeta maldito y rabioso, si fue él en verdad, sacaría justificaciones incoherentes y en esa época yo no estaba para pleitos de conyugues, porque eso era lo que parecíamos cuando nos armábamos en discusiones. Mientras escuchaba la música, ah, esa música que me viene en venirme, consideraba oír a Aparicio diciéndome que a quien le iba a importar cosas como esas, que con adquirir conocimientos no se ofendía a nadie, que el articulista sólo quiso dar a conocer, y dar sin recibir es cosa impracticable hoy día, que qué coño si original o no; lo importante era apreciar el gesto, la donación, el desear brindar algo de provecho sin interés, sin la menor contingencia de restarnos, si no de sumar y multiplicarnos para crecer, para descubrir y redescubrir, para abrirnos otras posibilidades de ser otros y no unos monigotes ahí parados al borde del camino. Posteriormente me lancé a encontrar discos compactos en las tiendas de músicas, di con algunos de los nombres que hicieron historias en el jazz, por ejemplo —me gusta tanto escucharlos a solas en casa—: Charlie Parker, Mahalia Jackson, Coltrane, Armstrong y otros. De algunos de ellos no encontré, quizás dejadez mía, pero me las ingenié para bajar del internet algunas canciones. Luego me enteraría que en el bar del teatro daban conciertos de jazz todos los lunes. Desde entonces he ido—casi nunca dejo de asistir, sólo por los contratiempos de trabajo— a disfrutar de la música.