sábado, 15 de marzo de 2014

El carnicero

Decidiste abandonar el complejo, muy temprano en la mañana, antes de la clausura por varias razones. Sofía había cometido el lamentable hecho de ver al hombre a los ojos, mientras conversabas con los invitados, con una especie de complicidad por debajo de las ropas. En el trayecto de regreso a la ciudad le comentaste las incidencias de los escritores apostados allí porque andaba en otros asuntos: unos leyeron historias parecidas a la macabra resolución de asesinar y comerse sus víctimas; otros, poetas al fin, sin necesidad les cantaron a la niebla y a la luz. Pero en un recitar de aquellos aedas fuiste persuadido por un extraño presentimiento, te mataban los celos. Sofía no se quitaba al tipo de la boca y continuaba con la perorata de los movimientos excepcionales del tipo en su acto de performance. Cuando a una mujer le coge con algo es mejor dejarla porque si intentas detenerla en seco te dará la espalda, se portará, o se volverá, fría y huraña y ni siquiera podrás notificarle sobre su dejadez con sus compromisos de mujer. Sofía comenzó a portarse de esa manera hasta que te diste cuenta de todo. A veces te asustabas con tus cálculos meticulosos, esa pasión que escondías en el subconsciente, esa insensibilidad macabra. Desde tu infancia tuviste pesadillas, perturbaciones de asesinato, de comerte a ti mismo, eso te excitaba, y nunca supiste por qué, quizá viste el horrendo crimen de un animal, porque frente a tu casa quedaba una carnicería, un matadero de bestias donde después tus padres comprarían parte de la carne deshuesada; y aquellos terribles chirridos de muerte necesitabas silenciarlos, nunca pudiste y te convirtieron en lo que siempre has sido, un hombre que todo lo conjetura con meticulosidad y tal vez en el fondo fuiste un frustrado carnicero.     

El hombre, luego te enterarías de su nombre, se hacía llamar Claudio. Llegaron a la casa sumamente cansados, por lo menos tú estabas abrumado y te metiste a la cama sin darte un baño. Sofía quedó en la sala, puso por pretexto que debía hacer los alimentos que llevarían a los respectivos trabajos, ordenar algunos utensilios de cocina y sacudir el polvo de los muebles. Después, dijo, se plantaría bajo la ducha.

Despertaste en sobresalto y no estaba junto a ti. Miraste el reloj despertador y era preocupante, muy extraño, que se hallara en los quehaceres rutinarios del hogar a esas horas. Titubeaste en si te levantabas o no, aún rastros de sueños persistían anegados en tu conciencia; pero lo hiciste, caminaste hasta la sala con movimientos felinos para no hacer ruidos y sorprenderla in fraganti en lo que hacía. La miraste pegada al ordenador, muy entusiasmada, entreviste su rostro risible, mordisqueándose los labios, lo deducías por los ademanes de cabeza y la forma cómo posicionaba las manos y movía los dedos cuando tecleaba. La llamaste y ni volteó el rostro sino que trató de incorporarse del susto que se había llevado. Trataba con diligencia salir de la página web. Detrás de todo eso pudiste notar un nerviosismo casi imperceptible para que no te dieras cuenta en dónde estaba metida, y, cuando contestó, lo que dijo podía leerse entre líneas lo tan nerviosa que estaba.

Ah, eres tú. Sólo revisaba mi e-mail.

Pero no pusiste mucha atención al asunto. Pensaste que aquel asombro resultó tan desprevenido por llegar así, sigilosamente, y tal vez, por los tres días fuera de casa.

Vamos, ven, métete a la cama para que descanses, faltan unas horas para el amanecer y tenemos que trabajar, no te fastidia hacer tantas críticas y artículos, deberías tomar el trabajo con más tranquilidad; acabaste opinando.

Tienes razón, total, mañana continuaré, contestó apagando el aparato.

Comenzaste a sospechar que algo andaba mal en la relación. No le pusiste mucho caso sino, que frecuentabas su oficina con sorpresas y regalos miserables en cada una de las fechas conmemorativas, y, en esos días, te pasaría por la cabeza que ella te engañaba y aquellos celos que sentías con su amigo te pudrían el alma. En ocasiones se te aliviaba la rabia porque según los comentarios ustedes eran una pareja ideal. En las visitas ella daba a entender indiferencia y apatía como que no le importaba lo de ustedes, porque de buenas a primeras se ausentaba los fines de semanas fuera de la ciudad por cuestiones de labor, y tú, tan ingenuo, siempre le creíste —y esa ingenuidad persiste, aún le crees a fe ciega— como un buen payaso de circo que hace reír a los espectadores hasta por un gesto desafortunado.

Cuando telefoneaba a la casa que rentaste en las afueras de la ciudad escuchabas su voz pastosa, con oído clínico, queriendo encontrar evidencias al referirse al nuevo amigo, de las veces que lo visitaba y de lo fantástico que se portaba con ella. Llegaron a salir en varias ocasiones, tanto que se influenciaría en eso del performance, porque cuando se encontraban en los conciertos de jazz o blues del teatro no dejaba de actuar como si estuviera frente a un público que sólo la observaba a ella, dueña del escenario, con los grotescos movimientos que hay que hacer para ser mimo sin pintarse la cara de blanco hueso. Pero como el diablo está siempre atento a cualquier acontecimiento, Sofía y tú volvieron, con algunas diferencias: te había jurado que nada que ver con Claudio y que estarían cada uno en sus casas sin compromiso alguno, como dicen por ahí, amigos con derechos, de modo que sólo era acostarse cuando se les antojara y, satisfechos, se podían marchar sin remordimientos.

Sofía continuó con la amistad de Claudio, se telefoneaban dos o tres veces a la semana hasta que un día le sacaste el sí para juntarse en casa de su amigo. Llegaron como a las nueve a eme y Claudio le salió al encuentro con su amplia sonrisa de teatrero maldito, oscuro. No les dio tiempo ni de desmontarse cuando se les echó encima señalándote a ti en donde debías aparcar el ford rojo. Vivía solo y les acomodó una habitación como si fuera para príncipes. Todo el cuarto se sentía húmedo, el ambiente viciado por un olor a muerte, a deseo, a locura, y pensaste que quizás allí se realizaban actos impuros y descabellados.

Les sirvió el desayuno con sumo cuidado. Hacía irritables modales, presuntuosos, dedicados al placer y a la adoración. A Sofía tales cosas le hacían reír sin parar. Perduraron largas horas sentados como imbéciles mirando el rostro de su anfitrión, oyendo sus historias. Te lamentabas de estar junto a ellos y maldijiste en tus adentros el por qué habías insistido en visitarlo. Era tarde para retractarte, no volvías atrás cuando planeabas algo serio y más como aquello. A las dos te cansaste de escuchar y le pediste a Sofía que fueran a ducharse. Habían acordado salir un rato a algún bar de la zona antigua de la ciudad; pero al quedar solo con Sofía:

Estás loco o qué, dijo ella desde la ducha.

Al menos seremos eso, no. Sacar el poquito de sangre caribe que nos queda a flote, opinaste detrás de la cortina de vidrio oscuro.

No te entiendo. Me estás asustando, dijo con algún fastidio.

No deberías, Sofía. Tú mejor que nadie sabes que pretendo encontrar lo sublime a costa de la poesía, replicaste.

Diablos… crees que con eso serás un Rimbaud o un dios. No, no y no. No seré cómplice de esto, contestó, abriendo la cortina del baño.

Ya veo que tú me crees cualquier tontería. Sólo lo he referido a modo de juego cariño, dijiste echándote a reír.

Guardaste silencio, era lo mejor que podías hacer para no armar una pelea, porque notaste que se estaba incomodando. Después que salió te metiste a la ducha. Sofía te observaba de un modo extraño mientras te mudabas de ropas con la lengua amarrada;  también lo estabas y sólo intercambiaban miraditas con cierto temor. Casi al salir del cuarto le comunicaste que no irías a ninguna parte, pusiste de subterfugio que la espalda se te reventaba de dolor. Notaste dudas en el bello rostro de Sofía, pero accedió.

Claudio encendió su laptop para poner música y mientras degustaban del vino y del placer de los blues y el jazz a él le sobrevino la magnífica idea de fumar unos cigarrillos de marihuana, los invitó y no objetaron. Recordaste entonces tu gran temor, eso que no te deja en paz, las perturbaciones. No importa que ahora pienses con detenimiento reflexivo; no importaba que el amigo de Sofía acumulara en sus modales, en su vocecita de ave serpiente el signo de la homosexualidad, aunque eso te proporcionaba cierta calma.

Fumaron lo suficiente como para perder la noción del tiempo y abandonarse a los más bajos instintos. Claudio se lanzó al piso. Sofía tarareaba una de las canciones en inglés. Te incorporaste del asiento, recordaste que debías ir a la cocina a tomar agua, Claudio quiso ofrecerse, pero como sabrás llegar te las arreglaste para que se quedara sentado donde estaba, rascándose la barba que le cubría el rostro. Bebiste un sorbo de agua y viste un esplendido juego de cuchillos ordenados de menor a mayor en la meseta, agarraste uno de gran tamaño. Te aproximaste a ellos con precaución, igual a un animal en asecho de su presa y dentro de ti fluía la maliciosidad, los celos, lo diabólico, el retorcimiento de un ser lleno de sadismo, sed de sangre y locura por comerte lo que sea, porque es algo habitual después que una persona se droga con marihuana que le entre un hambre atroz. Sofía daba señales de estar medio dormida. Claudio cabeceaba; permaneciste agudamente despierto como si el diablo guiara tu alma. Levantaste el cuchillo con las dos manos y lo dejaste caer con todas las fuerzas en aquel cuello, cosa que no sentirá, sólo alcanzaste escuchar un leve gemido. Se iba a desplomar, lo detuviste antes que el cuerpo llegara por completo al piso. Sofía dormía. Agarraste su pelo enmarañado y lo acomodaste de espaldas contra una mesita del centro de la sala, aún no le brotaba sangre por la herida, sino que le chorreaba un hilillo rojo por una de las comisuras de la boca. Cogiste la empuñadura del arma y cuando pensaste extraerla, te pasó por la mente cercenarle la cabeza. Mientras cortabas, empuñando sus cabellos, apoyaste su cuerpo en el piso para mejor facilidad. La sangre era el Mar rojo rodando por todas partes. Sofía continuaba dormida, profundamente dormida, lo sabías por los ronquidos. Ya cercenada su cabeza, la llevaste a la cocina y la colocaste en el fregadero. Lavaste tus manos. Volviste con Sofía y dispusiste tomarla en tus brazos para llevarla a la habitación, quiso como despertar pero le susurraste que sería preferible que durmiera cómodamente en el lecho y no en un sillón porque podía pescar tortícolis. Preguntó por su amigo y le comentaste que había salido a comprar más vino, la despertarías cuando él regresara. La dejaste allí, y entendiste que seguiría durmiendo hasta el amanecer. No sentiste el menor desasosiego, como si estuvieras habituado a hacer aquello. En la sala la atmósfera se volvía pesada con ese olor particular de la sangre humana que iniciaba a coagularse. El líquido encarnado te facilitó arrastrar el cuerpo hasta la cocina. Pasaste parte de la noche limpiando aquel desastre y desmembrando el cuerpo, cortando y fileteando las carnes y de cuando en vez le tirabas un ojo a Sofía. Cogiste partes de un muslo y los freíste al vapor. El corazón te lo comiste semicrudo. Satisfecho tu apetito, te dedicaste como todo un chef a prepararle un bistec con algunas de las viandas del muslo que no pudiste comer. Tomaste una bandeja, adornaste el manjar con café, un vaso de agua y lonjas de pan integral que hallaste en la despensa. Aún se encontraba dormida y colocaste a un lado de la cama el desayuno, querías alardear. La despertaste a besos y dándole caricias en sus grandes senos almendrados.

Hey, despierta Sofi, te traje el desayuno a la cama para que no te quejes de mí, susurraste abrazándola.

Por qué tienen que despertar a una. Déjame dormir otro rato, quieres, después haremos cositas como a las que a ti te gustan, dijo desperezándose.

No cariño, mira lo que es.

Levantó la cabeza con su pelo hecho un lío y se acomodó para que le instalaras el manjar en las piernas.

No todos los días uno no se halla con cosas como estas y hay que aprovecharlas, le dijiste.

Tomó un sorbo de agua, luego el café, después cortó parte del bistec y preguntó:

Y Claudio, aún no se ha levantado.

Sí, hace rato y salió. Dijo que no tardaría y que estábamos como en nuestra casa.

Echó un trozo en su boca, lo masticaba muy lentamente agarrándole el sabor a la carne. Por dentro te morías de la risa. Tú la mirabas excitado; sí, te excitaba enormemente verla comer, cómo sostenía con sus delgadas y doradas manos los utensilios, cómo movía su quijada y se lamía los carnosos labios untados de grasa.




martes, 19 de noviembre de 2013

Donde acaba el silencio hundido en la ventana


Durante los estrechos lazos de la noche fui el hijo de Dios persiguiendo magdalenas encalladas en ceremonias, en tarots enterrados en las uñas del perro y los motivos frecuentes del suicidio. Me corté las venas millonésimas veces jugando ser inmortal, bebí ansias atadas a la pata de la mesa de la cocina, pude llamarme mientras respondía a los gritos, me ahorqué en flores desprendidas de los tejados y la lluvia, dije que los tantos como yo ni siquiera sabían de dónde diablos viene esta ventana, que solo estábamos aquí por algún milagro torpe de un espermatozoide y un óvulo. Caminaba las calles sujeto a superficies de monstruos que manipulaban las cirugías, clandestinos, lleno de asombros por la capacidad que poseía en regenerarme las veces de los intentos. Me inventaba cada permanencia, era una locura reinventarse ser dios, travieso y ligero en las azoteas de los edificios. Descalzo, sin la menor preocupación, predije ser lagarto, culebra enredada en ventanas, pájaro sin alas agujerando espejos, murciélago y escribí trayectorias en el viento. Anónimo supe que curarme de esta inocencia pervertida terminaría otra vez obsceno, desollado en lagarto traicionando presas. Lagartear las ranuras giraba en torno a encontrar la vigésima quinta ocasión de arrancarme los ojos para no contemplar las maniobras de ventrílocuos asediando. Como fui hijo de Dios quise ovular las respuestas de todos, quise preguntar por vértebras y la injusta necesidad de crecer oscureciendo las verdades humanas. Y me drogué de huesos, de gusanos, de vida y de muerte. Narcotizaba las cosas que tocaba intencional y otras, lleno de la más grosera perversidad de todo niño arrepentido. Aquel día dentro de la espuma del café iba levantado por reptiles, husmeaban mis vísceras, se lanzaban mi sangre a sus rostros para renovar el mito de Sísifo en mi despojos. El lugar de la fiesta era mi cuerpo en todos los cuerpos, en todos los prisioneros que han intentado escapar de este silencio.      

domingo, 17 de noviembre de 2013

El útero de Anne Sexton


“Esta noche quiero cazar a la muerte…” dijiste en trance de cervezas y hot dog bajo el quiosco del parque Duarte. Hacíamos el filme, era noviembre y llovía lechosamente, llovían simulacros dentro de esta cárcel arrancada de cuajo, desprendida de un tirón como usurpar  golpes de hipocampos en peceras y me superpongo en vomito a los espejos con tu nombre atado a flores amarillas.
Uno tras uno encendías colibríes de la noche, posesa de Safo injuriabas los vínculos ―del sexo, de esa sensación sabor a joderse, castrada de menstruación, menopáusica a los cuarenta como ahora puedo levitar por tus ovarios ambicionando ser tu hijo, tu único hijo dispuesto a sangrar. ―Me reviento en éter las muñecas y tiemblo. 

El útero cuelga de la lámpara del automóvil a media calle en La San Luis. En estalactitas azules vistes de acasos, de embudos y te rompes apretando la impotencia de mírame, te seduce el ritmo y otorgas la demencia a la muerte. Cómo pude acabar con ella aun viva en espejos. Sigo sin ser tu hijo suicida del lavado o el toilet. Hoy se revela tu vientre en las fauces de esta ciudad que se inclina en precipicio que repta tu espalda.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Opúsculo del suicidio




Tú armabas las rupturas de los espejos de Dios en tiempo del cólera, 

dijiste de los patricios la fantasía de las modas y otros especímenes. 
Inventaste los alcaloides, asumiste presencia en los semáforos 
de la tarde sin importarte las caras que miraban tu desnudez de ella 
en oficinas y pasillos de hospitales cuando se perdía la confianza 
de la poesía en el asfalto y las ventanas. Ella y tú dejaron de creer 
en los astros, en la economía de Ares y las lenguas de los reptiles. 
Ven Augusto, escucha el llamado, parte hacia fronteras a encontrar 
tus muertos. Apenas mirarán tus ojos en el café y el postre, 
en el obsequio del amor maldito, en aquellas sombras del arte. 
Aquí el amarillo y el rojo existen en transacciones de sonámbulos, 
en espacios minimalistas por aparatos y estaciones de guagua. 
Augusto, hijo del homicidio y el suicidio, las parteras acunan los planetas 
que hoy se desprenden incalculables, y tú sueñas por el agua.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Balada triste a Pedro Cruz













Compartiste el “día De”
o la hora cero cuando la negrita
fingía ser Poeta de palomas sin alas.

Eran los domingos eternos
que buscabas migas de pan
bajo la mesa, y te convertías
en ternura desde un son cubano
dormitando el polvo de la calle
o la risa de Azul hambrienta
de fuga y continuidad.

Augusto observaba tus pasos,
deseaba estrechar tu mirada
de infante terco yéndose
por las rendijas de la luz verde,
de esa proximidad incierta
que a todos nos roe.

Pero todo supo a madera,
sabor a negritud, a cosmos
invadiendo tu esbeltez
de nadador incansable sobre la tierra,
donde las tardes acababan en luna
y otros entonces.

Pedro, el recuerdo no basta
para mermar la embriaguez
de la distancia ni el fondo de una tragedia.

Hoy es tu ausencia misteriosa
que permite abrir la sangre,
el regreso de la vida para salvarnos y amar…

Eran aquellos domingos de comunión
ante tu mujer y tu hija
que amanecían sedientas de ti,
las que lloraron sin lagrimar tu partida,
las que aun creen que andas por ahí
hablando de gallos,
de historias ajenas a este triste poema,
de techos amordazados
para que no vaticinen el dolor
que sigue matando a Augusto.

Sabes ahora la verdad de la humanidad,
sabes volar y pensaste detenerte
cuando las sábanas cubrieron tu rostro,
tu risa llena de violonchelos,
de bigas y nardos,
en casa de Reyna donde Augusto
dejó su cuerpo rendido un invierno
o fuiste a coleccionar trozos de algas
al mar para curarnos las heridas,
esas viejas infecciones
que nos consumen a plazo,
a cambios de piel,
a ritmo de sol por tus manos
callosas que tanto martillaron,
de tanto que sufriste en silencio
los saltos de tu corazón
cuando la negrita llegaba media coja
por las caminatas
o porque no la veías llegar para verla reír
y que te hablara
de la revista y las fotos de sociales.

Ya no eran esos domingos
que estirabas las piernas
bajo la mesa después de comida,
era un demonio que te comía por dentro;
ay Pedro, y a Augusto se le salía la vertebra,
se le salía el mar por las manos
y tú, hombre-niño en alturas,
te volvías lluvia que mordía

los peces de Cristo y sus apóstoles.

domingo, 27 de octubre de 2013

Recitar poético bajo la influencia del vino














Los tímpanos se me destrozan.
Tengo la necesidad de meterme un dedo
por la nariz y vomitar escenarios.
Hasta salirme el dedo por la sienes,
por los ojos de culebras y babosas marchitas.
Herirme, hacerme daño,
prender mis tuétanos hasta desangrarme.
¿Y…?
Sabes a nombre, a ñame y a wendylandia.
Quisiera acaso aprender a vivir por letrinas
y la lentitud del ciberespacio tragándote
los genitales, un culebreo fingido,
análogo y sincopado en las axilas.
¿Y…? ¿Y…? ¿Y…?

¡A veces un poema salva tantas vidas!

OPÚSCULO DEL SUICIDIO. Augusto Bueno

domingo, 24 de julio de 2011

Poemas de segunda mano


Blanda caracola

Aspiro ocres canciones eléctricas, ¿se detuvo el frío en definitiva? No. No canto apetecer el mezquino beso de los miserables, ni los números tibios, canto las canciones dispersas por ausencias y animalismos, por la mitad de los rostros que danzan en las ventanillas proyectadas en los edificios públicos, canto estas canciones para vivirme en sepas y enunciados, para creer en los limos de mi voz al pastar los merengues de Rasputín y Juan Luis. Mañana hubiese de vivir por la espera si conquisto parte de esta noche en los portales de los sueños como un apetecible mimo sin su rostro tintado de neblinas. Se detuvo el frío en la otra residencia de este sur platonismo o en la farsa licencia sintética de las calles, presencia de Odiseo pitando al perro del vecino orinándose en esferitas de plata, cantando este merengue apretado a mi blanda caracola. Redescubro el infante en la sal de los planetas heridos de tinieblas e igual no importa volver a la pianola de mis uñas trenzadas de revés. Esta canción en otredad parará a una distancia prudente y la gente dirá que el ruido de los altavoces enloquece, que morimos multiplicándonos en los conciertos de nadie, en las deformaciones. Busco en mis retinas el reflejo de mis pasos dirigiéndose a la plaza, canto el silencio mientras despierto sin lengua en el sueño.  

Mito de la lluvia

Es tuyo el mito de la lluvia trepando la intuición del agua. Tu silueta inunda la luz y apenas moja tu mano. No, ahí no son tuyas las hojas que en ti se extienden: miembro suave y tibio en mi miembro mórbido y vehemente. He visto la ternura del odio, del amor y susurro el nombre, ese nombre poseído por la noche blanca, depuesto huérfano en el decurso de los males, pero ese pesimismo aún nos salva de esta horrible ensoñación, de ese mito fundado en el crepitar de tus dedos abiertos en el agua y nos retiene insomnes en la siniestra creación tan parecidos, tan diferentes buscándonos para el desencuentro en el atardecer, en la fuente miserable y torpe que guarecida en la margen nos destruye bajo el signo sublime de la poesía.

A las siete exactamente

Aquí se adornan los pájaros y se posan a picotear el cielo fingimiento espejos. Aquí frente a mí ellas están besándose a chorros inclementes en lésbicas anatomías, mordiéndose los bajos vientres y las sales. Detrás de mí existen los mantras y los mitómanos escurriéndose en la lluvia de enero y otros días idénticos, escuchando asimétricos la levedad de la música y comiendo tostadas gringas. Aquí flotan las cabezas a las siete exactamente de esta noche tibia, en éste o aquel sonrojado enloquecimiento. Aquí los sueños son senos de mujeres machos a las triste siete de esta noche desdoblada en mis manos, aquí son ellos tan ocultos en el celaje de los espejos.

A una niña muda que vi en el parque una tarde

Desde que era niña no sé cuantas veces han clavado en mi cuerpo la sensación de poder oír a los gorriones. Esta sordera gigantesca se traga mi voz y sola de interior me expongo: esta mudez temeraria algún día tendrá que desaparecer. No entiendo desde cuando ha empezado con la vida este infierno agitado en mi lengua, sólo puedo reconocerlo al ver caer la Lluvia y sin saberlo ya estoy durmiendo. Construyo jeroglíficos en el viento indicando una necesidad ultrajada. También sé, con cierta desmesura, rozar con mis dedos el polvo del camino que va a la Catedral y comunico con gestos a mi hermana que deseo ver el rostro de Cristo, que igual a mí, no sabe decir una palabra. Pero algo alivia mi desesperación, mientras esta estatua permanece inmóvil en el Vértice del altar sin hacer alguna mueca, yo puedo moverme como el aire y hacer ciertos sonidos no aptos. Por esto río todo el tiempo. Observo el vuelo de los pájaros y garabateo con mis ojos el hermoso rostro de ella. Es tibia al estrecharme en suspiros y con toda esa extraña peludencia me invade en las noches y jugamos hasta altas horas. Cosa que a mis padres no les agradan mucho; pero aceptan porque hay que ser sociables entre familia. Cuando mis padres supieron mi estado trataron por todos los medios de esquivarme, eso no importa, tengo a Verónica. A veces es tan malcriada; cuando no le hago caso al estar poseída por unos de mis trances su rabia traspasa todo el cielo. Me fascina verla escribir cuando desea algún mandado urgente en la mesa de la cocina, se encontrará con su amada. A duras penas he aprendido palabras. Ya no le cabe una más, ha empezado hacer bosquejos en las paredes, seguro se le ocurrirá algo para que nuestros padres no tomen en cuenta los Heraldos que vienen de las sombras.

Donde me vi un instante

¡Dónde está aquella en donde me vi hace un instante! ¡Dónde aquella que diría tengo la terrible enfermedad Humana! ¡Miseria! ¡Miseria en los suburbios! Mis ojos asumen cada doblez, cada cloacaria sonrisa interna en los puñados de gentes que pasarán y que pasan en aquella donde me Vi. Seré la arpía de lo soles, quien los oscurecerá con las palmas de sus manos, quien castigará el fuste de la discordia amamantada por la debilidad de los hombres huyendo del fuego que devora las imágenes.

Hoy dejo atrás la esperanza de quienes son las bestias enfermas siendo la miserable histeria, virus fecundo, inmune a los achaques. En unas horas seré aquella en donde me vi…perseguida por Ángeles y huestes pacificadoras, derrochándome así en las calzadas y otras cosas similares a una proxeneta como quien le debe el alma al diablo. Aún no consigo entender el por qué me veo asechada por un cuerpo cubierto de ojos como deseando torturarme, desnudándome hasta los tuétanos para descubrir mi secreto.

Mi mejilla arde en lava por la ternura del beso. Mañana me veré en aquella donde me he visto, y estaré dormida, tiernamente terrible, entregada a la astucia del odio, de mi odio enfermo en deber tanta pesadumbre a lo ancho de los cielos.

Posibilidad del suicidio

¡Qué corbatín hermoso, largo! Cometa negro, seductor de vida. Aprieta y desgarra presuroso mi cuello, lo eleva a los astros. En vilo pendo, balanceándome como el tiempo al aire, bajo un árbol teñido en púrpura, y la sangre fluye, se aprisiona y se posa gradualmente en mis ojos, en toda la extraña cabeza amoratada.

¡Asfixia! ¡Qué placer eyacular volando!

Los temblores eternos van buscando el recogimiento, el afecto de las suicidas que encuentran un alivio en el acto. Me socavo en el entumecer de mi Frágil pescuezo. El sol esparce el canto en todo mi cuerpo rígido y escucho las parlanchinas decir del estado catastrófico de mi carne. Las veo abrazarse victoriosas, lamentándose del hallazgo.

¡Qué lazo tan preciso y anudado! ¡Qué hermoso sueño Corto!


La amante

La dejan a la puerta y toca
no ha recuperado la conciencia
y la excitación es dueña de su mover torpe.
Rellena de líquido no desea nada
sólo morder, mordisquear aquellos senos.
Abre la amante que se pregunta
si la vida son flores, rayos y sueños:  
así sería preferible acostarse con la amiga
que le ha propuesto amarla infinidad de veces.
Borra los días y el mañana
que será ave y niña de fábula:
vomita, maldice, llama a dios
a satanás, llama y el grito traspasa el viento
cae, se levanta en busca de los pétalos
ve que todo da vueltas y vueltas.
La amante prepara ropas íntimas
coloca migaja a migaja las caricias
en el vientre de la luz
se aman desentendidas de los golpes
de los pujos y las salivas agrias.
Amarse nueva vez a dentelladas
beberse el subterráneo aroma
y complacer los arrebatos
largarse y no volver el rostro
para regresar a soñar en las sobras
de la mujer que ha estado gimiendo.


Lorraine Will o Eva


Bebo todo hasta reventar de locura
acercar mi rostro a sus ojos verdeazules
y cantar la lluvia de Lorraine Will.


Escogía día a día las flores cantoras
de los bares pusilánimes
se las metía por las sombras
la quise borracha, drogada, de pena
y angustia escribiendo mala poesía
como sus dedos encorvados.


A cada rato bendecíamos al revolcarnos
mintiéndole a la soledad
y apareció la niña en la jungla fría
tiernamente adorable
cuando adolescente emanaba cielo e infierno
y de adulta prefería mojar la vagina
de cuantos penes se topaba en las calles.


Creí en su carne adicta al cigarro, al alcohol
unas veces fuimos a la mar
las olas dejaron de respirar viéndola desnuda
y tirada en la orilla nunca creó un pedazo de feto
si le preguntaba su procedencia
veía Ángeles reaparecer en las ventanas
y me demoraba al ir con ella a la bañera
se meneaba duro y su astro
era el jardín de los amargados.


Lorraine Will tenía acento de pétalos y tortura,
masticaba mi lengua, la volvía verde, adiposa
su balada era dulce e iluminada
pretendía mover intervalos en mi clítoris
y una tarde apareció en un rodaje cinematográfico
llena de troneras con olor a sándalo:
marchó por donde había deseado
y no me sacio de mirar la puta del espejo.


Palabra de deseo


Perderse entre la misma agonía
orgasmar dedos en las arenas de las calles
ausentar la memoria en lo servible
cuando el valor en el objeto deja de ser
cansarse de todo aborreciendo las madres:
Eva, Lorraine, palabra de deseo
con mi mundo en su bajo vientre.

Anónimos

Nos besamos hasta quedar sin equilibrio;
desnudos, consagrándonos al placer
nos abandonamos sin temor de pecar:
los sexos se frotaron arcanos
en la delicia espesa del polvo.


Poblamos el azar de imberbe
deseos escarlatas y amarillos:
era la miel brotando sin pausa
en aquellas babas delicadas.


Desde entonces todas las tardes
regresamos anónimos a lo prohibido.


Parte de nosotros


Con rabia golpean,
lloro y no siento el pecho.
La voz es tierra y semillas aún no germinadas.
Ofenden mis retinas de sangre seca,
me permito morir de alas
y mis tormentos son geografías.


Ensayo ahora el caos
y la promesa del deseo.
Tiemblo con dicha,
río y mis labios están inmóviles,
en algún momento se agotarán sus fuerzas,
ella se irá para no volver
y despertaré plácidamente incierta.

Kavafis*


Llegaste en el mismo estuche,
en saltos de islas improvisándote
en la astucia de un predeterminado
Ulises sin sombrero de mago y su capa,
sin la vacante de bestia compleja y alada,
sin invenciones y Circe.
Desde el hotel Alejandría asomaste de repente,
sin uno estárselo esperando,
con traje de poeta oculto
y reíste al lado de la caricatura
que se burlaba un poco de todo y por todos.
Y ese histrión tendido a tus muslos
rendía y rendía después de una partida,
después  de enloquecer azules
y eso se lo atribuiste a su cortísima edad de silfo.
Así como llegaste,
malditamente desapareciste en el Peloponeso.
Así, así, de a poco en los golpes
de tus padres que se morirían de pena.
¡Oh poeta devastado!,
hay una maga con anillo
al dedo gordo de las manos,
un Circe hombre,
un brujo pirotécnico para acariciarte despacio.


Hiperión*


Caníbal de fuego astral, dios azul, a la gran puerta
estuviste en musgos y hongos esperándome;
pero adelante, la nueva voz allí permanece intacta,
sedienta en forma de renacuajo inmenso, proclamándote.
No somos ni pertenecemos a palabras duendes
y ni a superficies romas, sino a la terrible lluvia,
a esa mujer Pasífae con su boca repleta de serpientes
y en los huecos de sus retinas permanecen peces del Estigia.
A esa niña Circe germinándole desde su bajo vientre
cerezas y fábulas reinventadas.
Los fetiches construyeron el abecedario
de la agitada noche en aquellos seres tuertos
y babeantes en jardines y ellos poseídos por Babilonia,
sus lenguas videntes, evocaron lo no visto.
Titán del cosmos, perro planetario destrozándolo todo
sin importarte la vida de las lesbianas
ni de los hermafroditos, sino la de los travestis,
aborrecí la arrogancia, maldije
y preferí quedarme maldito y sin esperanzas.


Radamantis* 


La urbe devora las retinas
y es cierta la triste creación moderna
sin título y sin río Hudson.
Llegaste de tedio, deseoso de encontrar
pequeñas casuchas de indigentes
y los rascacielos, el bullicio, los negros de Harlem
cubrieron tu cuerpo esteta de pato multiplicándose.
Brooklyn esperaba despierto con fauces de Antíope
para tragarte y defecarte en flores y cine
y al erómano en la balada azul,
en el panorama del infierno,
lo amaste tanto y lo liberaste de las cadenas.
En esta ciudad eras un triste grillo
cantando canciones de caballos,
eras una vaca etérea degollada
y en la reptante noche alegórica y surreal
tanteaste los trenes, el vértigo desgarrante y crackniano.
Naciste inconmensurable al echarte al vacío
de los senos de esta historia;
¡hijo de brujos y gitanos!,
Pan invertebrado de la luz, inmolada sombra, juez errante,
te elevabas por los astros de las aguas del Aqueronte,
por debajo de los dígitos y las manipulaciones de oficinas
y miraste el metal siderúrgico
en el circuito gris dirigirse a ti cayendo,
levantándose de entre los vivos como una cruel desgracia.


Leto*      


Eso dijiste cuando lanzaste los colibríes
por las estrias de las pinturas en hombres
y mujeres necesitando ser hasta un instante la noche.
Ahora creerás en publicidad gringa
y Proserpina por cuestiones ortográficas;
no creíste en aquellas avecillas New York
y no te cansaste de etiquetar verbos
y pronombres de alquitrán colgados de un riñón fauno.
Ya no diste alcance, sino te quedaste
en el tempotránsito de la esperanza de Safo
y esa vez plantaste tus senos de cabra Californiana.
¡Ah!, y ella estaba en Malibú a plena desnudez
como estrella de una revista de sociedad hollywoodense,
lujosa y raquítica con pose de Marelyn teñida de droguería.
Volviste a gritar ahogada
al presentir las aves poblando tus uñas
y con voz de estadista apuntaste los pájaros
en aquellas pinturas deseando ser por un instante la noche.


Ares*


Tomaste la fotografía de plomo y flores,
tirada al polvo sin ningún objeto impreciso
e iluminado de crueldad bajaste
de aquella sombra que sonría sodomita,
miraste pasar el tren, detonaciones y guerras.
Un infierno cabe en tu mano
el cielo pasará de soslayo,
y el tiempo trascurre por tu ojo dopado de asesinos.
Tu corazón estará alegre en el azufre de los mendigos,
de las villas y barcos ebrios,
en orígenes cavernarios y desiertos
y de pueblerinas damas a domicilio.
Homicidaste la palabra,
enalteciste el ego y escribiste el silencio de la noche.
Aquel silencio estaba más allá del silencio,
oh bárbaro destello de gusanos y etnias
diamantinas pastando la terrible
vista de ángeles no alados,
aquellos esclavos dioses enfermos
taladraban la luz y los demonios.
Allí, a la sombra, viviste la tierna imagen alucinógena,
esperaste la muerte y la vida
yéndosete de los huesos,
donde el infierno no cabe
ni un cielo pasa en la punta del ojo.